I

Silencio, sólo silencio. O, por lo menos una sensación de silencio, de oquedad. Un hueco que se manifestaba como un grito inconmensurable. Contradictorio, sí. Como la vida y cada uno de sus habitantes. El silencio es un grito. El vacío, la nada. Como si se tratara de una premonición. Una advertencia que desde los tiempos más lejanos, perdidos ya en ese viaje circular e implacable, que el tiempo se encargaba de tejer sin pausas, avanzaba sin tregua hacia un destino que nadie, sólo él, tenía muy claro.

II

“No lleven a los burlones al espacio”, advertía con gracia Wislawa Szymbrorska. Los burlones en el espacio son un peligro, “prefieren el jueves a la eternidad”. La vida puede ser un camino hacia la desesperación, o una senda hacia el asombro. La vida puede ser muchas casas, por eso conviene que los burlones se queden entre nosotros. Cuando era niña, a Wislawa le costaba sorprenderse con lo que transcurría en su vida, hasta que una tarde lluviosa tomó el riesgo de asomarse a la vida a través de sus insignificancias: una hoja volando en el camino, el canto de un pájaro solitario, el recuerdo de una sonrisa. ¿Cómo es posible que en lo más inasible se sostenga el mundo?

III

A lo largo de su vida, 47 años en que su corazón palpitó con cadencia y plenitud, Daniela Mora fue creando en silencio su muerte. No era una actividad a la cual le dedicara esmero, porque eso le habría significado una incesante mortificación. La vida y la muerte eran, para ella, las caras de una misma moneda. Entre una y otra se mueve ese acertijo que a cada quien le toca resolver. Daniela permitió que la música le encantara el deseo, y tuvo que enfrentar el mal agüero patriarcal, una y otra vez. Nunca se entretuvo en dar explicaciones. Si acaso, de ellas se encargaba su música. El silencio no es la ausencia de música, es el murmullo del infinito, creía con fervor Daniela Mora.

IV

Déjame abandonarme y sentir que las nubes no son esos borregos que se amontonan en el cielo, buscando con su lana apaciguar el frío. No le hará daño a nadie ese abandono, y entonces yo podré muy bien ejecutar ese deseo que hace tiempo comenzó a hacerme cosquillas en las plantas de mis pies. Se que todo esto te parecerá absurdo, porque absurdo es. Pero no pretendas que el cauce de mi juicio tenga que ver con este mundo, que no es precisamente un muestrario de la cordura.

V

En el fondo de ese baúl anidan toda clase de alimañas y un aroma a naftalina que me hace recordar a Don Filemón Barrera, el más festivo de mi estirpe, hombre dedicado a no dejar ningún cabo suelto en la vida. Telegrafista en tiempos de la Revolución, a bordo de un tren recorrió el norte del país enviando noticias de aquí para allá. Un manojo de hojas amarillentas, con anuncios que ya nada anuncian, permanecen al fondo de ese baúl y yo de vez en cuando me asomo a ellas, buscando rastros de mi país.

VI

Ludmila Gutiérrez se enjuaga el rostro con agua del manantial, todavía absorta en los residuos de su sueño, que esa noche fue habitado por el vuelo de un ganso asiático que le hizo merodear por lo más alto del Himalaya. “Qué extraño”, se dijo a sí misma, tratando de encontrar una señal que le ayudara a comenzar el día.

Foto: Raúl Silva

Raúl Silva de la Mora