

A/ Ya estaba casi en los ochenta,
pero pocas cosas le hacían tanta ilusión como platicar un rato con su esposo. Lo disfrutaba. Se sentía escuchada. Con él podía desahogarse, abrir su corazón. Le agradaba llegar a su lado. Barría mientras le hablaba, ya sin rencores, habiéndole perdonado todo, absolutamente todo: la tomadera, las infidelidades, los maltratos, lo mucho que ella tuvo que hacer para sacar adelante a los seis hijos que engendraron. Porque, vaya que luchó. ¿No hasta a un médico había formado? ¡Con lo cara que es esa carrera! Pero ella vendió piñatas, raspados, rebanadas de sandía, jícamas con chilito y limón, géneros… Qué no vendió Paulita. El sueldo de don Jorgito no alcanzaba porque era bien coqueto y bebedor.
Le gustaban los claveles, y ella se los llevaba, rojos como la pasión. Antes de irse les buscaba una sombrita, los acomodaba… que no estorbaran pa leer la lápida.
B/ Por la axila
de Elizabeth bajaba una gotita clara. El marinero dijo que hubiera querido extender la lengua pa recogerla.
C/ Joaquín Armenta

la vio venir desde el otro lado de la calle. Más allá de la funeraria, de la florería, de las nieves, de la oficina de Hertz y del tendido que tenía en el suelo una india que vendía yerbas para enamorar. La vio venir, como todos los días, con ese caminado que partía en dos el día.
Bien a bien, Joaquín Armenta no sabía dónde estaba el secreto de aquellos movimientos. Podía ser, decía, que fuera la forma de lanzar los muslos al frente; o la manera de apoyar toda la planta del pie, del talón a los dedos; o el modo de consentir el balanceo de las caderas, sin apresurarlo ni interrumpirlo ni prolongarlo, dándole la amplitud precisa, como siguiendo el ritmo de una musiquita sabrosa que llevara por dentro.
Joaquín Armenta la vio venir, con la falda negra y volandera que le ceñía la cintura como él habría querido hacerlo. Pasó tan cerca que le sintió el agua de aromas que se había puesto entre las tetas. Pero esta vez Joaquín Armenta la siguió. Quince o veinte pasos detrás de ella. Le gustaba el meneo que llevaba. Le gustaba cómo apretaba las carnes. Le gustaba la forma en que la brisa le alborotaba el cabello. Entonces, Joaquín Armenta pensó qué hermoso sería ser un golpe de viento. Sorprenderla en mitad de la plaza. Entallarle la albura de la blusa, estrujarle los pechos, rodearle la cintura, medirle las caderas, metérsele por debajo de la falda, enredársele en las piernas, subirle por los muslos, hacerle el amor.
Y que ella siguiera sonriendo, entrecerrando los ojos, protegiéndose el cabello de la ventisca, caminando como si no pasara nada.
*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

