

Sucesos del 24
Aún recuerdo cuando me topé por primera vez con la Web, navegar por ella en los años noventa del siglo pasado me parecía adentrarme en un río caudaloso, incierto y me generaba un desasosiego por la sensación de estar en medio de torbellinos ingobernables. Conocer las bifurcaciones del ciberespacio, moverse en medio de esas aguas tan cambiantes, como dimensiones lúdicas hacía que uno deviniera en infante, en donde explorar sus aguas era como estar inmerso en un juego, hundirse en lo dudoso, en donde no existían buscadores para guiarse, era caminar a tientas entre sombras; pero ir a salto de mata tenía un sabor que se extravió con las nuevas herramientas de navegación surgidas con el correr del reloj. Pero, paradójicamente, aún queda la sensación de que en ocasiones uno es arrastrado por corrientes impetuosas que llevan a «misteriosos» territorios de información.
Eran los tiempos en donde navegar por el ciberespacio era ser un explorador digital, en donde armado solo con la curiosidad y el deseo de descubrir lo desconocido uno se la pasaba muy bien. Cada clic era como lanzar una pequeña ancla en un océano vasto, esperando que el ciberespacio, con su infinitud, condujera a uno a islas de conocimiento o desviaciones absurdas y divertidas.
A pesar de que los años han transcurrido, que muchas tecnologías e interfaces han aparecido, esa idea del río o el océano sigue siendo apropiada para describir los tiempos que corren en la red, aunque ahora en vez de zonas calmas tenemos mayoritariamente cataratas más estruendosas que el Niágara. Si echamos una mirada a lo que ha sido el año que está a punto de culminar, hay algunas cuestiones que reflejan esa consideración, que sus caminos no son para nada claros.
En 2024 se produjo una súbita aceleración de fenómenos que son motivo de múltiples estimaciones éticas. Tenemos la explosión de las herramientas de inteligencia artificial (IA), en particular la IA generativa, que ha dado paso a una multiplicidad de engaños, de simulacros. Parece que cada tecnología que se afianza de inmediato es socavada (o aprovechada dirán algunos) por usos cuestionables, en tal sentido los deepfakes pornográficos o de ataque se han vuelto moneda corriente.
Mientras que las activistas feministas llevan tiempo advirtiendo de la constante renovación del ciberacoso, los riesgos y daños de estas nuevas herramientas sólo han recibido un vago encogimiento de hombros por parte de la industria. Se ven como un efecto secundario inevitable, al mismo nivel que las «alucinaciones» de este tipo de software o su huella ecológica. Con el auge de los chatbots protagonizados por mujeres virtuales, nuestra insensibilidad no se frena. ¿Por qué detener el progreso?

2024 ha sido un año marcado por controversias y polarizaciones a escala global. Los Juegos Olímpicos de París estuvieron en la picota de las turbas digitales por prohibir el uso del velo islámico para las atletas olímpicas francesas, lo que generó un debate sobre los derechos de las mujeres y la libertad religiosa en el contexto deportivo. Pero, también, la postura secular que se tomó en esos juegos llevó a ríos de confrontaciones y vituperios digitales en la clausura por el uso de íconos alusivos a temas religiosos, o hasta la contaminación del río Sena derivó en una acalorada refriega sobre la salud y seguridad de los atletas.
Este año también hubo elecciones en muchos países, lo que dio paso a un incremento significativo en la desinformación en redes sociales. Esta situación ha exacerbado, entre tribus de creyentes, la polarización política y ha generado desconfianza hacia las instituciones democráticas. Esto se ha traducido en la manipulación —real o ficticia— del voto a través de redes sociales, derivando en mayor fragmentación. México y Estados Unidos no escaparon a tales cuestiones.
En el caso de las redes sociales por un lado tuvimos una falsa postura del mesías de la libre expresión en el ciberespacio, Elon Musk, que desde que se hizo de la otrora Twitter (hoy X) terminó por potenciar a esa red como uno de los espacios sociales digitales más cuestionables por el caudal de información falsa que circula en X. Al mismo tiempo, se ha dado a escala mundial un aumento en la regulación de plataformas como la misma X o Telegram, evidenciando las posturas encontradas entre libertad de expresión y la responsabilidad de esas empresas en el manejo del contenido. Las acciones legales contra estas plataformas han sido vistas como un intento por parte de los gobiernos de controlar la desinformación y el contenido extremista, pero también como un indicio del control que pueden ejercer los gobiernos sobre las mismas.
A escala planetaria el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca y la reelección de Nicolás Maduro en Venezuela alimentaron las divisiones políticas, generando reacciones polarizadas en redes sociales. Lo mismo se ha vivido en México, en donde ejército de troles tanto del oficialismo como de los opositores avivaron el proceso electoral, incentivando los desencuentros en las plataformas sociales digitales. O hasta sucesos recientes como la ley marcial decretada en Corea del Sur le agregaron ingredientes acalorados a las discusiones en las plataformas.
El mismo Instituto Reuters da a conocer un estudio en donde refiere que mucha más gente percibe que las aplicaciones de mensajería y motores de búsqueda son herramientas que la gente considera que unen. Pero las redes sociales, los periodistas, los medios de comunicación y los políticos son quienes nos dividen. Al mismo tiempo, el referido Instituto da a conocer una encuesta realizada en seis países, que refleja la existencia de más personas pesimistas que optimistas sobre el efecto de la IA generativa en el periodismo.
Está claro que hay una tendencia a la polarización, algo que no tiene que ver sólo con las cuestiones políticas —sería ingenuo pensar que la mayoría de usuarios de internet estén interesados en tales aspectos—, sino con aspectos culturales, el momento epocal en que nos encontramos. Además, es una situación en donde los desencuentros ya no resulta tan fácil decir que son culpa de los algoritmos y sus impenetrables formas, son para decirlo con claridad expresiones de lo que somos y nos inclinamos a practicar como humanos.
Pero una cuestión fue innegable en este 2024. La tecnología, esa herramienta que prometía abrirnos caminos hacia el entendimiento, ha revelado ser un mar de dualidades: por un lado, permite compartir momentos efímeros y dulces, pero por otro alimenta el resentimiento, haciendo normal que unos se enfrenten a otros con una vehemencia lamentable. Nos creímos que los dispositivos, los constantes flujos de información, nos acercarían, que nos unirían en una gran comunidad global. Sin embargo, aquí estamos, en un laberinto donde las conexiones son cada vez más superficiales y las divisiones más profundas.
@tulios41

