

Como mencioné en entregas anteriores, en los Libros de inventario de los sacerdotes jesuitas que llevaron la administración de la Hacienda de Xochimancas, en especial el de 1653, se consignan datos importantes sobre la vida y manejo de los esclavos africanos que pertenecían a la orden de Loyola. En ellos se intuye el celo por la evangelización de sus esclavos y el buen orden en suministrar los sacramentos a los mismos. El padre Andrés Pérez de Rivas, citado por Gonzalo Aguirre Beltrán en su libro fundamental La población negra en México (CFE, 1958), escribía a mediados del XVII que:
No ha sido menos trabajo y glorioso el ministerio de catequizar y confesar a los negros bozales que de Angola, Congo y Guinea y otras partes del África venían empeñándose en caridad apostólica, en doctrinar a estos rudos e incapaces, e inmediatamente cortados de las selvas de su gentilismo; los cuales como eran de tres a cuatro mil cada año y con el hambre y desnudez y otras incomodidades que pasaban en la estrechez de un navío llegaban muchos enfermos y perecían algunos sin confesión y bautismo.
Y esta preocupación, como ya dije antes, se extendió a los matrimonios y bautizos pues en la Hacienda de Xochimancas, al parecer, la adquisición o venta de esclavos no fue una práctica cotidiana sino más bien se sostuvo una población de esclavizados bastante estable que tejió redes familiares sólidas a lo largo del tiempo. Esto se logra descifrar de los distintos datos que se registran en los inventarios de años posteriores en donde las muertes, los enlaces y nacimientos de nuevos esclavos plantean una clara construcción intrafamiliar, un microcosmos que compartía con la también jesuita Hacienda de Barreto. Tampoco se deshacían, al parecer, de los africanos que envejecen y en todo momento parece haber una población infantil en franco auge, con lo cual se aseguraba la continuidad de la mano de obra gracias a la práctica entonces común de que el vientre de negra habría de producir un esclavo más. Por ello, resultaba una alternativa importante para los esclavos varones amancebarse con indígenas o mestizas cuyo vientre era libre y no habrían de traer al mundo a un nuevo esclavo.
De hecho, los hermanos jesuitas han sido cuestionados a la luz de la contemporaneidad por haber sostenido “criaderos de esclavos” para su venta, como infame negocio. Sobre todo en la hacienda de Santa Lucía en Tepotzotlán donde se presumía que se incentivaba la procreación de esclavos con fines comerciales. Recordemos que los africanos sustraídos de su continente natal y traídos forzadamente a las colonias para realizar trabajos pesados eran considerados bienes muebles, oro negro, muy preciados por sus capacidades físicas en la ganadería, la minería y el cultivo de caña y otros productos. Eran propiedad, cosa y no más. Dentro de esas paradojas, pues, en que se les evangelizaba para salvación de su alma y al mismo tiempo eran inventariados al igual que caballos, yuntas o tierras, también se les reproducía. El escritor y viajero italiano Giovanni Francesco Gemelli Careri escribía en 1697 en su libro 1651- 1725, Viaje a la Nueva España (UNAM, 2002):
El sábado 20 salí de Pachuca a buena hora, y hechas siete leguas por terreno llano, llegué a comer a la hostería de la aldea de Tizayuca. De allí, hechas dos leguas, fui a pernoctar a Santa Lucía, hacienda o granja de los padres jesuitas y del noviciado de Tepozotlán. Esta granja comprende muchas leguas de tierras de pastoreo y de sembrados. Habrá en ellas alrededor de cien negros casados, que, viviendo en cabañas, se multiplican con grandísimo provecho para los padres que los venden a trescientos y a cuatrocientos pesos de a ocho cada uno…
El mismo dato de la cría de esclavos lo da por real o posible el historiador jesuita Arturo Reynoso aunque Julieta Pineda Alillo en su tesis Esclavos de origen africano en las haciendas jesuitas del colegio de Tepoztlán y de la hacienda de Xochimancas del Colegio de San Pedro y San Pablo Siglo XVII rebate el asunto mencionando que no hay más pruebas que los dichos del viajero italiano. Lo cierto es que las prácticas de trato, compra, venta, catequización, etc., no eran homogéneos en todas las órdenes religiosas en la Nueva España y mucho menos entre los seglares dueños de esclavonía. De hecho, entre las mismas órdenes había discrepancias serias sobre la licitud o moralidad de tener esclavos y sobre la esclavitud misma. Tal es el caso de los jesuitas expulsados de las colonias portuguesas del hoy Brasil por oponerse a la esclavitud de los negros en el mismo siglo XVII, siendo repatriados a la península ibérica.

Pineda Alillo data la llegada de los jesuitas a las inmediaciones del pueblo de Ticumán: “la hacienda azucarera de Nuestra Señora del Rosario de Xochimancas fue adquirida por el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, con sede en la Ciudad de México, el 12 de marzo de 1639”. No se cuenta con Libros de inventario anteriores a 1653 con lo que no podemos reconstruir, ante ese vacío de 14 años, si la propiedad fue adquirida con esclavos, si estos provenían de otras haciendas jesuitas o si habían sido adquiridas en los centros de venta de esclavos del propio puerto de Veracruz o bien en el que existió en Yautepec, para sorpresa de historiadores.
Sobre el centro de venta de esclavos en Yautepec no hemos podido encontrar más referencias que las que me compartieran Antonio García de León y Gustavo Garibay. Tanto la existencia de este comercio como la del palenque de negros cimarrones que se supone -aunque es también posible- existió en la Sierra de Montenegro, en las inmediaciones del muy antiguo pueblo de Temimilcingo en el hoy municipio de Tlaltizapán, no hay certezas. Qué ganas dan de contar con documentación suficiente para reconstruir esa historia negada del estado de Morelos y de México: la de nuestra palpable herencia afro.


