Al llegar al primer cuarto del siglo XXI, los mexicanos ya hemos padecido dos pandemias, varios ciclones, un terremoto devastador, y hemos probado el poder del voto democrático sin alcanzar a tener un país democrático. Entre catástrofes naturales y políticas hemos visto diluirse la esperanza de tener un México moderno. El nuevo gobierno ha prometido hacer de México una potencia científica y tecnológica, y un país justo atendiendo a su frase máxima “primero los pobres”. Pero bien sabemos que en México hay una discordancia muy grande entre el discurso político y la realidad.

En este cuarto de siglo los científicos mexicanos han tenido logros sobresalientes en la astronomía, en medicina, en la ecología de la conservación, en la genómica humana y en la paleo genómica, entre otras aportaciones al conocimiento universal. También, en este lapso, se ha puesto en evidencia la debilidad del sistema científico mexicano. Las pandemias de influenza del 2009 y de la COVID en 2020-2022, pusieron en duda la capacidad de los científicos mexicanos debido a consideraciones políticas bien conocidas. Aún hoy las padecemos pues dejaron poco o nulo aprendizaje sobre la importancia de contar con instituciones científicas fuertes para responder a estas emergencias. Hasta hoy, el país sigue comprando en el extranjero las vacunas -y otros medicamentos- contra estas infecciones virales. Lo mismo ha sucedido en otras áreas donde la competencia científica de nuestros investigadores se ha visto comprometida por la falta de instrumentación tecnológica y apoyo a proyectos de monitoreo, como ha sido el caso de huracanes atípicos como el Otis que devastó Acapulco. Los desatinos políticos mezclados de apariencia científica contribuyeron a profundizar los efectos de estas calamidades.

Recientemente, el gobierno de México perdió la controversia sobre el maíz transgénico con Estados Unidos y Canadá. La documentación pública del proceso mostró la falta de evidencia científica sólida para validar el daño a la salud por el consumo de este alimento modificado genéticamente. Expertos biotecnólogos mexicanos señalaron repetidamente esta carencia. Realmente nos hemos ocupado poco de estudiar el problema de los transgénicos y el efecto de los herbicidas en la salud, y eso que el maíz y la tortilla son los alimentos de mayor consumo en el país.

Aurora Gómez Galvarriato, historiadora del Colegio de México, puntualiza el lento desarrollo de las tecnologías asociadas al maíz y la tortilla, desde su domesticación por los pueblos mesoamericanos hace 6,000 años hasta nuestros días. Pasando de la nixtamalización al metate, del molino de mano a tortillerías semiautomatizadas, la tecnología de maíz ha tenido que desarrollarse en nuestro país a cuentagotas. Este ejemplo muestra el poco interés que la ciencia y tecnología ha tenido en México a lo largo de cientos de años. Hay que tener presente, como atinadamente nos recuerda la Dra. Gómez-Galvarriato, que el desarrollo de la tecnología va aparejada a las ideas de una sociedad igualitaria. En el caso de la tortilla, la tecnología ha sido también un instrumento cultural para acrecentar la autonomía de las mujeres, aunque esto sea apenas un hito moderno.

El desarrollo científico y tecnológico debería ser una prioridad si es que deveras queremos una sociedad igualitaria económica y socialmente. De otra manera, seguiremos siendo un país colonizado científicamente, mucho menos soberano, y dependiente. Los yerros cometidos por la falta de coordinación entre quienes toman decisiones políticas y los científicos no deben repetirse. En el siguiente cuarto de siglo, esperemos que la ciencia sea entendida integralmente. También que sea apoyada sin adjetivos ideológicos, y sobre todo fortalecida en su núcleo más básico que son los estudiantes de ciencias y jóvenes investigadores, garantizándoles un espacio de trabajo, seguridad laboral y libertad de investigación.

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Víctor Manuel González