Un Santa Claus no hace verano

 

 

Esta travesía tuvo lugar durante una breve estancia en Nueva Orleans, ciudad que vi a vuelo de pelícano -el ave emblemática de Luisiana. De cada gran ciudad siempre existe una percepción personal; por ello, apoyándome en la máxima de un amigo trotamundos que me dijo un día “cada quien su Nueva Orleans “, los invito a acompañarme en este vuelo de pelícano de cuatro días.

En la primera mañana fui al encuentro, a la hora del desayuno, de las maravillas culinarias de Luisiana, en las que ocurre ese rico y múltiple mestizaje de los sabores franceses, españoles y africanos, y esa otra mezcla ancestral llamada Creole. No tuve que ir muy lejos para encontrarlas; a pocos metros sobre Canal Street, la calle de mi hotel, me atrajo un lugar por unos amplísimos ventanales que mostraban mesas elegantemente puestas. En ese restaurante no sólo disfruté la comida, sino otra característica distintiva de Nueva Orleans: la calidez y amabilidad de su gente.

Después, con el estómago lleno, mi corazón contento me hizo ir en busca del Misisipi, “ese río amigo de los negros”, como lo describió Nicolás Guillén en su poema “Elegía a Emmett Till”. Iba feliz y gustoso porque mientras caminaba pasó a mi lado al icónico tren The New Orleans Streetcar, el más antiguo tren eléctrico de una ciudad, que sigue funcionando como cuando recorrió sus primeros rieles. Así, llegué a las orillas de ese histórico río del que también escribió Pablo Neruda, en su “Oda a la Manzana”, donde dijo que “debería estar lleno de manzanas”.

Frente a esas aguas recorridas por la historia encontré el bello edificio del acuario de la cuidad. Las reminiscencias del biólogo y profesor que sobreviven en mi interior me invitaron a entrar.

Queridos alumnos, perdón, quise decir lectores, les comparto estas tres imágenes que gocé en ese lugar. La primera fue sorprenderme al ver a través del cristal a un grupo de medusas, de un intenso color amarillo-naranja, bellísimas, y cuyo tamaño, sin contar su cauda de flagelos, era mayor a mis dos manos juntas. La siguiente impresión fue al recorrer un largo y sinuoso estanque que simulaba aguas del Amazonas, custodiadas por sus árboles tropicales; allí nadaban, despreocupados, numerosos peces de varias especies endémicas de ese caudal, y cuyas dimensiones impactan porque son casi inimaginables. Esos peces de agua dulce pueden ser incluso más grandes que un delfín o un atún.

Después de admirar los hidrozoarios y los enormes peces de agua dulce vino la tercera emoción, causada por el fantástico resultado de la evolución de los vertebrados: aves nadadoras que, en su movimiento, permiten admirar una danza en el agua. En una escenografía que perfectamente simula el Ártico, para que se sientan en su hábitat natural, observé a unos quince o veinte pingüinos antárticos, algunos bailando dentro del estanque y otros caminando elegantemente hacia sus cuidadores, quienes los llamaban por el nombre con que los habían bautizado. A solas me reí cuando supe que el más inquieto y activo, al que en ese momento alimentaban lanzándole peces que él capturaba con agilidad, era mi tocayo; lo llamaban George.

De regreso a tierra después de ese paseo acuático, fui recibido por la magia de las calles de esa ciudad. A sólo dos esquinas de mi hotel, caminando por Rue Decatur, entré al barrio francés, conocido mundialmente como el French Quarter de Nueva Orleans, y de donde, hasta la fecha, no he salido; sigo envuelto en las fantásticas sensaciones provocadas en sus tiendas, casi íntimas, esos pequeños lugares rebosantes de máscaras, antifaces y guirnaldas con los colores tradicionales del Mardi Gras, el púrpura, el verde y el dorado. También quedé sorprendido de ese barrio por la interminable aparición de bares y restaurantes que se aparecen uno tras otro y, sobre todo ello, por el bullicio amable de su gente.

Ese recorrido, que repetía todos los días, me regaló el encuentro con tres de mis pasiones. La primera se repitió dos veces, en calles y en días distintos, ya que me encontré con sendas sombrererías, cada una mostrando en sus estantes, perfectamente colocados, más de trescientos sombreros de modelos y colores diferentes. Imaginen la emoción que esto produjo en este biólogo y bailarín tropical que ha portado con elegancia es prenda por años. Mi mirada de pelícano me llevó por esas cuadras al Parque Jefferson, el que crucé para encontrarme en una avenida peatonal con la música callejera: cinco hombres tocaban los ritmos y acordes de esa música construida por la fusión de la vieja África y la vieja Europa, como fue definida en un espléndido documental titulado: “Martin Scorsese, A Musical Journey”. Es decir, sentado en una banqueta escuché un blues interpretado por una trompeta, un sax, teclado, percusiones y un bajo. Esos músicos, al terminar, sonriendo, nos dijeron a los espectadores de ocasión: “lo que escucharon, lo llamamos New Orleans home cooking music”. Casi bailando continué mi caminata, sin saber a dónde me llevaría, pero admirando la arquitectura de las casas con esos balcones que yo solamente había visto en películas.

Para no olvidar la influencia francesa de la cuidad, un letrero me recordó que caminaba por Dauphine, donde me aguardaba otra maravilla: la librería Dauphine Street Books Old & New, donde fui atendido por dos libreros de verdad, es decir, esas personas que conocen y aman los libros. De la conversación que sostuvimos decidieron poner en mis manos dos libros -que mientras escribo veo sobre mi mesa como tesoros. Uno es una colección de baladas, poemas y muy antiguas fotografías de beisbol, publicado en 1967, con el título Casey at the Bat, y el otro es un ejemplar de The Bell Jar, la única novela que escribió la gran poeta norteamericana Sylvia Plath. Con esas maravillas en mis brazos caminé de regreso al hotel, no sin antes ser sorprendido por otro músico callejero que tocaba su guitarra cantando otros blues; dejé unos dólares en su sombrero, que estaba en el piso, marqué unos pasos bailando a su ritmo y seguí mi camino, contagiado por la fantástica intensidad que irradia Nueva Orleans.

Para la última noche Laura, que sí había ido a trabajar, pensó que una buena despedida de ese viaje sería ir en busca de la música. De los muchos sitios que existen para escucharla decidimos ir a Frenchmen Street. Para ir ahí pedimos con el celular un Uber, que se acercó a nuestro hotel por la acera de enfrente, así que tenía que dar vuelta en U para recogernos. Laura alcanzó a ver a la distancia la cara barbada del conductor, y dijo sonriendo, sin saber lo que nos esperaba, -mira, nos va a llevar Santa Claus. Al subirnos a esa camioneta nos encontramos con un corpulento hombre de unos setenta años, con cabello largo y blanco, y con una barba igualmente crecida y blanca, que nos saludó amable. Confirmamos la dirección a la que nos llevaría y de inmediato él empezó una conversación increíble. Nos habló de su pasado como policía y de su vida actual, como jubilado, haciendo presentaciones en fiestas navideñas, y también en cumpleaños, eventos especiales y desfiles. Y, subrayó, -las hago como lo que soy, Santa Claus. Al llegar a nuestro destino nos dio su tarjeta y nos ofreció presentaciones grabadas o por videoconferencia para sorprender a los niños en navidad. Nos bajamos en Frenchmen con la certeza de que quien nos había llevado ahí era el mismísimo Papá Noel, y que nos había dado como magnífico regalo de navidad en pleno verano, caminar esas calles, a Laura, una cantante de jazz y blues, y a mí, un vago tabernario, que a cada paso que daban se les aparecían lugares donde se escuchaba música en vivo.

En las dos cuadras que recorrimos alucinados contamos once bares, de donde salían tonalidades y voces. Decidimos entrar a uno de ellos, el Favela Chic, a escuchar bossa nova impecablemente bien jazzeada. Laura decidió que esa noche y ese viaje debería terminar yendo a cenar al Compére Lapin, es decir el Compadre Conejo. Ahí fuimos atendidos por la generosidad de Toray, el bar-tender, un hombre negro de dos metros de altura, oriundo de Antigua, y por Roxi Narváez, la gerente, puertorriqueña; ambos, maravillosas y divertidas personas que nos despidieron de esa gran ciudad con un brindis final. En el camino al hotel, al ver el cielo de esta ciudad, se me apareció un relámpago literario: recodé un haikú creación de un amigo que está tocado de por vida por Louisiana. Jaime López, que en alguna noche en Nueva Orleans -quiero pensar-escribió para su libro Paramecio & El cantar de Casimiro los siguientes trazos:

Irá llenando

La negra luna nueva

El lobo blanco. **

** Jaime López, Paramecio & El cantar de Casimiro, Ciudad de México, Katakana Editores, 2023.

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Jorge “El Biólogo” Hernández