El pasado 21 de noviembre Carlos Alberto Hernández Temamatla me invitó a dirigir un breve mensaje a los asistentes al “Taller: Registro Nacional de Archivos de los sujetos obligados” coordinado por la Dirección de Gestión de Archivos – UAEM y el Archivo General de la Nación (AGN).

  • ¿Qué digo?, pregunté angustiado a Erick García de la Vega, subdirector del Instituto Estatal de Documentación.
  • No te preocupes, preparo una tarjeta informativa —respondió.

La tarjeta, entre otros datos, contenía lo siguiente:

“Palacio de Gobierno. Diciembre 6 de 1995. Jorge Carrillo Olea, gobernador del Estado, crea por decreto el Instituto Estatal de Documentación de Morelos (IEDM) y nombra a don Valentín López González director del mismo (periódico oficial Tierra y Libertad Número 3773). Previamente la XLVI Legislatura aprobó la innovadora Ley de Archivos que mandata concentrar ordenadamente la documentación producida por el gobierno estatal y municipios”.

Los anteriores datos dieron pauta a mi breve y paradójica intervención:

“Qué curioso, somos dados a catalogar a los gobernantes como buenos o malos y es el caso que a don Jorge Carrillo se le consideró tan nefasto que fue obligado a separarse del cargo cuando le faltaban dos años de gestión. ¿Cómo es que un gobernante de ese talante propiciara el resguardo de la memoria histórica de su estado?”. O sea, después de todo, no era del todo malo pues hizo cosas buenas como esta de proteger nuestro patrimonio histórico. Entendí que la realidad y los gobernantes son parte de ella, no es bicolor (blanco y negro) ni color de rosa, sino que tiene numerosos tonos de grises y es de tantos o más colores que los del arcoíris. Así que a la hora de querer entender la realidad más vale no ser constreñido por el fanatismo ideológico.

Días después el tema siguió en mi cabeza y el eco de la paradoja retumbó: en 1999 pasé largos días sumergido en la Hemeroteca del Instituto Estatal de Documentación rastreando información para escribir el libro: “¡Fuera, fuera! Cómo y por qué cayó Jorge Carrillo Olea”. Una ocasión que absorto consultaba periódicos, llegó alguien a decirme que me llamaban del comité nacional del PRD (yo fungía como presidente estatal) y urgía que me reportara. Una acomedida secretaria del IDEM enterada de que yo no usaba celular, ofreció:

  • Llame del teléfono de don Valentín. Él no está.

Me introdujo al estudio del ausente director. Tomé el negro aparato de disco y lo giré para marcar.

  • Tome asiento, no creo que don Vale vuelva pronto —sugirió. Marqué de pie.

De pronto aparece don Valentín. Me miró furioso, pero me dejó concluir.

  • ¿Y usted qué hace en mi oficina? —gritó.
  • Fue una emergencia, yo le di permiso —respondió la secretaria.
  • Discúlpeme —expresé apenado. Salí con la cola entre las patas.

Hoy, veintiséis años después, por las vueltas que da la vida, la gobernadora me puso a cargo del IEDM desde el cual persigo la huella de don Valentín López González e intento tan siquiera llegarle a los talones.

Un letrero de color blanco

Descripción generada automáticamente con confianza media

Imagen cortesía del autor

Julián Vences