¿El sexo es biológico?

 

Desde la infancia, hemos aprendido a pensar en el sexo biológico como un hecho sencillo, binario y estático: XX para las mujeres, XY para los hombres. Esta narrativa, que parece tan simple, es en realidad una versión reduccionista de una realidad biológica inmensamente más compleja. Hace tiempo conocí a la Dra. Lu Ciccia en un evento académico. Inicialmente investigaba la fisiología del sistema nervioso, pero al notar los sesgos de género en la ciencia, redirigió su enfoque hacia la epistemología feminista, cuestionando críticamente el discurso neurocientífico sobre la diferencia sexual. A través de sus estudios, ella motiva a reconsiderar la concepción tradicional y a explorar lo que realmente significa «sexo biológico» en toda su diversidad.

Hoy se sabe bien, aunque haya personas que ciegamente nieguen este hecho, que el sexo biológico no es algo fijo o simple que viene escrito en nuestro ADN. Aunque los cromosomas tienen su importancia, son solo una parte de un rompecabezas más grande que incluye genes, hormonas, órganos internos, características externas y todo el sistema hormonal. Lejos de encajar en dos cajitas separadas, el sexo es más bien un espectro lleno de posibilidades.

En los humanos (como en muchas otras especies) existe la intersexualidad, una condición en la que las personas nacen con características sexuales biológicas que no se ajustan completamente a las definiciones tradicionales de masculino o femenino. Estos casos, nos muestran que la naturaleza no es tan rígida como a veces nos aferramos a creer. De hecho, se estima que hasta un 1.7% de la población mundial es intersexual, ¡un número parecido al de las personas pelirrojas! Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto aceptar que esta diversidad es una parte completamente natural de lo que significa ser humano?

La Dra. Ciccia en su artículo “La dicotomía de los sexos puesta en jaque desde una perspectiva cerebral” publicado en 2018, resalta cómo la biología, lejos de ser una ciencia neutral, ha sido históricamente moldeada por ideologías y estructuras de poder. Desde el siglo XIX, las diferencias sexuales se han utilizado para justificar jerarquías sociales, políticas y económicas. Se han naturalizado roles de género bajo la excusa de que son «biológicamente inevitables,» lo cual tiene implicaciones peligrosas. Estas narrativas biologicistas han perpetuado desigualdades y discriminaciones, especialmente hacia las mujeres, las personas intersexuales y las personas trans.

Es aquí donde surge una pregunta crucial: ¿qué ocurre cuando cuestionamos la neutralidad de la biología? Replantear el sexo biológico no implica ignorar la ciencia, sino ampliarla, reconociendo que nuestras interpretaciones de la naturaleza están profundamente influenciadas por la cultura. En lugar de preguntar cómo encajan los cuerpos dentro de un esquema binario, deberíamos investigar cómo la diversidad biológica contribuye a nuestra comprensión de la humanidad. Esto no significa abandonar categorías, sino cuestionar su rigidez y utilidad.

Además, aceptar la diversidad biológica puede ayudarnos a desmantelar prejuicios, construir sistemas de salud más inclusivos y promover políticas públicas que reconozcan las necesidades de todas las personas, independientemente de cómo sus cuerpos desafíen las normas establecidas.

El artículo nos recuerda algo fundamental: la naturaleza no es binaria, ni en la biología ni en la vida. Las categorías de sexo, al igual que las de género, son construcciones humanas que intentan simplificar una realidad mucho más rica y diversa. Al cuestionar estas categorías abrimos espacio para formas más justas y compasivas de relacionarnos con otras personas.

Repensar el sexo biológico no es solo un ejercicio académico; es un acto de justicia. En lugar de dividirnos en cajas, ¿por qué no abrazar la complejidad que nos hace humanos? La ciencia, al igual que la humanidad, avanza cuando se atreve a cuestionar lo que hasta ahora parecía incuestionable.

Foto cortesía de la autora

Karime Díaz