Invasión silenciosa de la barranca

(Segunda parte)

 

Históricamente le hemos dado la espalda a las barrancas. Las enunciamos, pero no las habitamos. Hemos construido de tal forma que son desagües, fosas, tiraderos, focos de enfermedad, picaderos, refugio de indigentes, cementerio de perros, guaridas clandestinas. Si lo pensamos, la manera en cómo hemos tratado a estos ecosistemas se extiende a toda la ciudad.

¿Qué hacemos con este toque de queda de la violencia que asola esta ciudad de muchachos encajuelados y mujeres furiosas que matan en las lindes del Puente sin Fin, con esta fosa sin fin de cuerpos desaparecidos? ¿Qué hacemos con este paraíso saqueado? ¿Con esta proliferación de casas sedientas que drenan el Bosque de Agua? ¿Con estas calles, en otras épocas dominadas por árboles que reventaban el concreto, que ahora se extienden estériles como espejos clausurados del sol? ¿Con estas barrancas necróticas, con el interior expuesto y reventado?

La respuesta está en las revueltas de la barranca, en la invasión silenciosa de la vegetación que resiste la devastación, en re-habitar las cañadas y crear parques y sanear ríos; en sembrar huertos y jardines públicos y comunitarios. La respuesta está en el concilio de los seres: dejar que todos reclamen su espacio: árboles e insectos, tlacuaches y pulgas de agua, niños y adictos al cristal, mujeres y verdolagas, musgo, tlacuache. Todos tienen voz en el concilio de la barranca.

Hace unos años soñé que todos los huesos de perros muertos al fondo de la barranca y los viejos fósiles de criaturas imposibles y ancestrales y los diminutos esqueletos de los pájaros que caen de los nidos y las mandíbulas de tlacuache, que toda esa materia ósea hallaba la forma de unirse de nuevo con lianas y mugre y ramas creando una criatura inmensa que emergía de la barranca.

Si hay una respuesta, está ahí, en la inmensidad de las barrancas. ¿Qué hacemos? Escuchar las revueltas de la barranca. La abeja y el murciélago, la bruja y el musgo. Lodo y silencio en la huella de un mar antiguo y primordial. Pequeñas semillas que se abren paso hacia la promesa del cielo en la confusión de la noche. La luz del sol es un sonido lejano en el fondo de la barranca, pero si pudieran ver que incluso aquí, en la oscuridad total de esta habitación todavía crece una flor.

 

Davo Valdés de la Campa