

El Solsticio de Invierno en la época prehispánica
Durante milenios, el cambio de la hora celeste ha despertado fascinación y ha sido objeto de celebraciones para las culturas de todo el mundo. La palabra solsticio deriva del término latino sol-sistere (sol quieto).
En el mundo maya, las comunidades incorporaron el calendario solar al diseño de sus ciudades. El templo de Kukulkán en Chichén Itzá, Quetzalcóatl, dios azteca del sol y el viento que emerge durante el equinoccio de primavera son sólo algunos ejemplos de la relación de los mayas con el universo. Dicha relación fue consecuencia de la observación que hacían de la naturaleza, los astros y sus repeticiones cíclicas, lo que llevo a los mayas a ser reconocidos matemáticos y astrónomos. Los pueblos mayas celebraban el solsticio de invierno como un cambio en sus cosechas, el comienzo de algo nuevo y un momento para conectar con los grandes espíritus del universo.
Así, mientras en Europa se celebraba el nacimiento de Jesús, nuestros antepasados prehispánicos llevaban a cabo lo propio con el nacimiento del niño Sol, Piltzintecuhtli (Pequeño señor o guía), se le llamaba así al sol del primer amanecer del invierno que es pequeño y muy brillante. Los nueve días posteriores, al sol se le denominaba Huitzilopochtli que simbolizaba la fuerza de voluntad, en el mes de Panquetzaliztli, durante el solsticio de invierno. Esta fuerza de voluntad representada por Huitzilopochtli era necesaria para reiniciar su recorrido (el del Sol) después de haber permanecido aparentemente inmóvil durante tres días. Por lo que la gente celebraba ese vigor y lo tomaban como modelo de fortaleza para transitar esta estación del año.
La celebración del dios del Sol era de gran importancia para los aztecas debido al interés que daban a los fenómenos astronómicos, los cuales asociaban no solamente con los ciclos agrícolas sino también con el paso del sol a una renovación de la vida, del mundo, a una nueva generación que representaba el principio y fin de un período repetido indefinidamente y una oportunidad de continuar la vida y celebrarla; en el solsticio de invierno, la luz alcanza un mínimo, el sol cambia muy poco su posición en el cielo dando la apariencia de estar en un lugar fijo. Esta fiesta duraba varios días y contemplaba danzas religiosas, rituales, convivios, comida, bebida y estatuillas o ídolos pequeños hechos de maíz azul, tostado y molido, mezclado con miel negra de maguey.
La ceremonia de agradecimiento contempló para muchas culturas una serie de deidades como Taandoco -también conocido como Ñuhu Nchikanchii-, la personificación del sol para los mixtecas, su principal benefactor, pues son la luz y el calor del sol los que permiten la vida en la tierra.

Copijcha Tlatlauhaqui, señor zapoteca del sol, las armas, la cacería y la guerra, a quien se honraba en la ciudad de Monte Albán en Oaxaca, y se hacía presente 65 días antes del solsticio de invierno y 65 días después, cuando el sol se alineaba con el llamado “edificio enjoyado”.
En la actualidad muchas de estas festividades se han transformado o perdido por completo, aunque no podemos negar que estos eventos naturales continúan teniendo impacto sobre nosotros, ya que como seres humanos estamos vinculados intrínsecamente a la naturaleza, a sus procesos, sus ciclos y sus ritmos. Así como esta época se caracteriza por la muerte de plantas, el resguardo de los animales; así nosotros podemos aprovechar este tiempo para retraernos, evaluar nuestros errores y aciertos, encontrar nuestra fuerza de voluntad y prepararnos para un nuevo florecimiento en la siguiente estación.

Kinich Ahau señor maya del sol / Cortesía del autor

