Existen roles sociales implantados en lo más profundo de la mente humana, un sistema de reglas no escritas pero que brotan dibujándose en el comportamiento y toma de decisiones en la vida cotidiana de todo individuo; se traducen en emociones de culpa, frustración y tristeza a lo que la ciencia se aferra a colocarles un nombre y tratamiento olvidando que el contexto social frente al sentir humano puede volverse un verdugo que dicta sentencias día a día, imparables y muchas veces dolorosas.

Cuando una mujer comienza a gestar se pueden producir una lluvia de ideas y dudas que jamás son pronunciadas sobre todo por el miedo a la respuesta de una sociedad hambrienta del poder de juzgar con la bandera de la moral y las buenas costumbres, callada y temerosa inicia un proceso lleno de cambios fisiológicos en el que continuamente genera modificaciones corporales a las cuales debe de reaccionar con peculiar alegría ¿Por qué no sería así?

Ante el miedo del aumento de peso explicado por el desarrollo de una vida humana dentro de ella, aparece un intento en el que su inconsciente grita su inminente miedo a la perdida de una composición corporal en la que se sentía cómoda, sin embargo, la respuesta médica siempre se dirige a la vigilancia del crecimiento del feto así como al mantenimiento del cuerpo materno fuerte para continuar con la creación de vida; los cuidados alimenticios tienen como fin un bebé sano, la madre debe de ver con felicidad los cambios en su cuerpo quedando plenamente prohibida cualquier queja porque a su alrededor se escucha un discurso motivacional: “toda mujer embarazada es hermosa”, y aunque la sensación personal no coincida, es preciso callar.

Después del parto todo se complica, la lactancia materna se vuelve una prioridad complicando la vida laboral, buscando maneras de cumplir con el mandamiento de alimentar a un ser que creció dentro de su cuerpo, sin quejas ni reproches se busca la manera de lograrlo porque es imperdonable no hacerlo y cuando la fisiología parece no lograrlo el campo médico diseña estrategias para hacerlo posible porque una respuesta negativa es traducida en una irresponsabilidad y desamor maternal. La prioridad de alimentación se enfoca solamente a los hijos, pensar en un cuidado nutricional y planificación de ejercicio para regresar la comodidad frente a su cuerpo, es un síntoma de mala maternidad tachado de egoísmo y vanidad innecesaria porque primero son sus hijos y su familia, su cuerpo puede esperar.

Así pasan los años, los hijos dejan de ser embriones, bebés, niños y adolescentes, pasan cada etapa llenando a la mente materna de preocupaciones e intentos de cuidado que entre más sacrificado y doloroso es percibido como una madre excelente; observar a una madre fuera de las escuelas con un semblante cansado pero orgullosa y tranquila de levantarse temprano, preparar desayunos, lunch y llevar puntualmente a sus hijos a la escuela, es categorizado como acciones propias de una buena madre.

Aquella mujer que decide priorizarse, realizar actividades de autocuidado como la vigilancia de sus alimentos y el tiempo de actividades recreativas como ejercicio o un tiempo en spa, no serán reconocidas en su rol maternal por lo que cada mujer tiene implícito esta sentencia provocando que pocas se atrevan a desafiar el condicionante social incluso aunque la lógica nos lleve a entender que una madre con buena salud física y emocional es capaz de desempeñarse en su papel maternal de manera amorosa y cálida pues la pérdida de salud no debería de ser la condición de aprobación social frente a la maternidad.

Existen pocas mujeres valientes que retan al dictamen de la moral pagándolo con un constante señalamiento y rechazo no solo de la sociedad en la que se desenvuelve, si no también dentro de su propio hogar; los reclamos de los hijos y la pareja son manipulados y procesados como sentimientos de culpa y algunas de ellas prefieren desertar. Poco a poco su salud se deteriora, el miedo a ser mala madre las lleva a situaciones extremas y cuando llegan a la tercera edad con una serie de complicaciones entre las que destacan las enfermedades crónico-degenerativas acompañadas de sintomatología como sarcopenia (pérdida muscular), osteoporosis, alteraciones cardiacas, entre otras, se enfrentan a la declaración de los hijos que muchas mujeres en esta edad llevan con dolor en el corazón: “No tengo tiempo de cuidarte, tengo una vida”.

Mujer mayor sentada en un sillón

Descripción generada automáticamente con confianza media El dolor físico se acentúa con la cicatriz emocional, el recuento de lo sucedido desde la gestación entristece al alma materna, queda el único camino de entender que su familia puede tener una vida propia, una salud cuidada por ellas desde el instante que comenzó su crecimiento dentro de su vientre quedando para ellas la agonía del resultado del miedo a ser llamadas “mala madre” y el confort las acompaña en la soledad porque nadie tiene tiempo de cuidar a mamá.

*Psico nutrióloga Elsa Azucena Alfaro González

Elsa Azucena Alfaro González