Gabo imprescindible: Tres obras Gabriel García Márquez que debes leer

 

(segunda y última)



A propósito de la inminente aparición de la serie en Netflix el próximo miércoles presento la segunda parte la experiencia más completa de mis atropellados encuentros con un premio Nobel que hablaba español.

La tercera ocasión que saludé al Nobel fue en agosto de 1994. Trabajaba yo en la Dirección de Comunicación Social de la Presidencia de la República. Luis Donaldo Colosio Murrieta había sido asesinado unos meses antes. El vocero presidencial José Carreño Carlón me llamó a su despacho y me ordenó en cosa de segundos: el jueves tienes que ir a recoger a una persona al aeropuerto. El pasajero llega en un vuelo procedente de Nueva York de la línea Aeroméxico. Aterriza a las 14:00 horas. Nadie debe hablar con él al bajarse del avión y debes traerlo aquí mismo a Los Pinos. El presidente Salinas le estará esperando. Repito nadie debe hablar con él hasta que lo haga con el señor presidente. El pasajero viene de sus entrevistas con Fidel Castro y con Bill Clinton. Se llama Gabriel García Márquez. (Al principio pensé en que se trataba de un homónimo del escritor mundialmente conocido). Para que no quedara duda rápido me aclaró mi jefe que era el original.

“Sus órdenes, jefe” dije cual patrullero 777 y salí de su oficina con la orden lista a ser acatada cual soldado. El breve trayecto de la oficina de Carreño a mi escritorio estaba lleno de soldados con estrellas y barras militares. Compartíamos paredes con el extinto Estado Mayor Presidencial.

Coordiné con Aeroméxico que nuestro pasajero secreto descendiera primero – sin problema pues volaba en primera clase- y que haríamos cargo de recoger el equipaje en la banda asignada. Llevaron el aeroplano hasta la última sala internacional en la ampliación que todavía estaba en obra. Los pasajeros de ese vuelo tuvieron que brincar ladrillos y costales para llegar al pasillo que llevaba a las salidas de migración. Así fue la llegada de los pasajeros. La del Nobel no. Él bajó por la escalera de caracol que tienen los gusanos que abren hacia las salas. Por esa escalera suben los operarios que surten de alimentos y verifican los detalles últimos en plataforma. Hasta ahí me permitieron colocar mi automóvil. Nadie excepto esos operarios verían al pasajero secreto. En cuanto abrió la escotilla una amable sobrecargo le indicó al escritor que ya podía salir. De inmediato yo me presenté:

– “Vengo de Presidencia de la República maestro, por aquí bajamos -escalera de caracol- deme sus contraseñas de equipaje. El señor David Martínez, mi asistente las llevará directo a su casa”. Le comenté.

– “Gracias” dijo el escritor acicalando sus cabellos chinos, y desamodorrándose y apoyándose en mi hombro, lo que sugiere que despertó recién tocó pista el avión. “Gracias” repitió y me adelanté a bajar primero y sostenerle un brazo para prevenir una caída.

Le abrí la portezuela derecha y marqué a Los Pinos.

– Soy Fernando González le dije al secretario particular de Pepe Carreño, el hoy laureado economista Aníbal Gutiérrez. “Te paso al jefe” me dijo apurado. “Pepe buenas tardes, te paso a Don Gabriel” reboté y le pasé mi celular tamaño gigante de esa época, al autor de Noticias de un Secuestro entre decenas de obras.

– “Quihúbole Pepe aquí llegando. Vengo molido pero contento tú me dices qué hacemos”.

– “Salgan del aeropuerto. Marco en un minuto para consultar”. Me dijo que le dijo el vocero presidencial.

Gabo imprescindible:  Tres obras Gabriel García Márquez que debes leer

Gabriel García Márquez. Foto: Especial

En menos de ese minuto recibí la instrucción de llevar a Don Gabriel a su casa de San Ángel y no a Los Pinos como estaba establecido en el programa inicial. El presidente estaba retrasado en su gira por Zacatecas y recibiría a su amigo hasta la noche a su regreso. Yo feliz pues mi misión se duplicaba en tiempo. Plan B. Yo a solas, por más tiempo, con el periodista, novelista y Nobel de literatura. Ni en mis sueños.

Adoré lo intenso del tráfico que me permitió iniciar la conversación. El maestro pidió ir de copiloto y no atrás así que la charla era más obligada que si se hubiera puesto a leer un diario en el asiento posterior. Detalle de caballero, pensé.

– “Maestro en dos ocasiones lo he saludado. Hace tiempo en Ixtapa tuvo la gentileza de darnos una entrevista para Canal Once. Un tiempo después también me permitió grabarle unas preguntas en la Cineteca por lo que le estoy muy agradecido. Ya dejé ese programa hace unos años y hoy me dedico a los temas de difusión en Presidencia”, me introduje.

A diferencia de las ocasiones anteriores su tono era muy gentil y poco a poco fuimos platicando con más soltura a pesar de mis nervios por tener temas que comentar. Le conté que cuando el presidente Salinas visitó mi pueblo en Veracruz le dije que me parecía un pueblo como los de García Márquez. Un Macondo real en donde la lluvia, los chismes y la magia merodean todo el día, todo el tiempo mientras los milagros y las historias ocurren. Sonrió Gabriel García. Le pareció simpática la comparación. Si hoy mismo estuviera en mi pueblo jarocho Coscomatepec tendría la sensación de que estamos en Macondo. A mí y a otros lectores de su obra también les parece que la casona de mi familia puede ser la de los Buendía. Sus amplios corredores, su jardín, su huerto, sus nueve habitaciones y sobre todo la oscuridad total al cerrar puertas y ventanas seguro confirmarán ese parecido con la serie que estamos por ver en Netflix. Este episodio de la vida real (Salinas-García-Clinton) mereció publicaciones periodísticas en su tiempo. Una precisión: el Nobel no usó un avión militar proporcionado por Salinas para esa gira literaria-diplomática como se ha fantaseado. Usó aviones comerciales. ¡Que se los digo yo!

Una amiga común Aracely Cepeda me presentó a uno de los biógrafos más acuciosos de García Márquez. Es autor del “Viaje a la Semilla”. Dasso Saldívar se enteró por ella que había tenido ese encuentro de automóvil, y me “acosó” durante algunas semanas para que le contara lo que hablamos. Para mi nada relevante entonces. Nunca hablamos de su misión secreta de buena voluntad Cuba-EUA. Tampoco de técnicas literarias. No tenía por qué haber revelaciones entre nosotros. Fue una conversación casual, aunque muy sabrosa. Cada vez que me contaba algo Don Gabo parecía que en lugar de oír estaba yo leyendo.

Nada qué contarle a Dasso. Nada que yo creyera trascendente de un personaje muy público por él mismo y por su obra. Creo que decepcioné al biógrafo, pero no iba a inventar. Me pidió también gestionar una entrevista con el presidente Salinas, amigo del escritor. Esta petición fuera de mi alcance -conservo copia de la solicitud- nunca prosperó.

Gabo me agradeció que recuperáramos su equipaje pues había comprado -y olvidó declarar- una video casetera múltiple que leía el sistema Pal y el NTSC que eran lenguajes de video europeo y americano respectivamente. Le llegaban muchos materiales de Europa y no podía verlos en su sala. Le desesperaba no saber que querían en Europa que él se enterara.

Cuando Gabo abandonó su Smith-Corona

Me dijo que el día que tocó una computadora mandó al rincón del olvido a su preciada Smith-Corona eléctrica que después de cinco diferentes máquinas de escribir anteriores todas mecánicas, esta sÍ le había “acomodado”. Confío que el que la computadora le permitiera hacer las correcciones y afinar sus borradores con la velocidad le permitía tener más tiempo para lo esencial: las ideas. De la Smith-Corona salieron millones de letras entre ellas las de los “Cien Años de Soledad” escrita totalmente en México. Como pocos a su edad se adaptó rápidamente a esas nuevas máquinas que eran las primeras computadoras. Nunca rechazó aprender su uso y utilizarlas de inmediato.

Me dijo que le aburrían mucho los eventos, comidas y cenas con políticos. Cuando eran con el presidente lo sentaban siempre junto a Fidel Velázquez “líder” de los trabajadores por muchos años. Creo que como cien. También lo sentaban junto a Luis Donaldo Colosio con quien sí se podía platicar. Llegamos a San Ángel y le pedí que esperara a que le abriera yo su puerta cual chofer digno de un Premio Nobel. Accedió sin darse cuenta de que era para tomar mis ejemplares y abordarlo con los libros que llevaba para su autógrafo antes de que él corriera a tocar su puerta en graciosa huida como los toreros. De cámaras fotográficas para el recuerdo ni hablar. Los celulares eran muy elementales y las selfies no existían. Alguna vez el teléfono sólo sirvió para hacer llamadas (acoto para las nuevas generaciones).

– “¿Cuándo se enteró que iba a buscarme al aeropuerto?” preguntó extrañado.

– “Hoy mismo maestro pero tengo algunos de sus libros en mi oficina. Leo en tiempos muertos o de descanso”, mentí creo que sin lograrlo.

Obtuve cinco firmas del Nobel incluidas dos para el doctor González, Ricardo mi hermano lector intenso como muchos latinoamericanos y de todo el mundo que tiene a Gabo entre sus autores favoritos.

Le abrieron el portón y me despedí oteando al interior de su garaje. Sólo pude ver muchas flores amarillas en racimos.

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La Smith Corona de Gabo. Foto: @CentroGabo

Gabo y Chespirito

El cuarto encuentro fue nuevamente en Los Pinos. El presidente Ernesto Zedillo recibía a la comunidad cinematográfica a propósito de iniciativas legales en el sector. Fue una comida de cortesía con actrices, actores, directores, guionistas y productores que departieron con Nilda Patricia y Ernesto, pareja presidencial diría un clásico años después. Recuerdo a la actriz de telenovelas Edith González (+) y al novelista conversando con ellos en la sala también presidencial. Ella ya no está con nosotros. Él tampoco hace diez años. Ella partió muy joven (otros datos: uno de los capítulos más memorables de la Familia Peluche de Eugenio Derbez lo grabó con Edith. No tiene desperdicio. Búsquelo en Vix. Ríase un rato. Qué le quita).

Me acerqué a Don Gabriel García Márquez para saludarlo en espera que se acordara del día que charlamos largo y obligados por el intenso tráfico en la ruta Aeropuerto-San Ángel y Anexas. No mostró recordarlo hasta que le comenté que ya había leído su biografía con la firma de Dasso Saldívar de 1997. Le confié que me buscó sin yo poder aportarle nada de interés sobre esa charla entre el Nobel y quien esto escribe.

“Soy mucho más que eso” me dijo altanero y orgulloso como La Bikina de Rubén Fuentes. Supongo que porque él ya venía preparado su autobiografía “Vivir para Contarla” editada en el 2002.

Siguió su camino hacia una escalinata de la residencia oficial de entonces para unas fotografías. Saludó y abrazó con fuerza a un colega y productor de tv : Roberto Gómez Bolaños, Sheakespere en chiquito. Chespirito, el autor del Chavo del Ocho el programa más popular del continente. “Toma esa foto, no la pierdas” le dije a uno de los compañeros fotógrafos que cubrían el evento. Son los dos personajes más populares de la cultura latinoamericana pensé para mis adentros.

1984. El escritor y el cantante se admiraban mutuamente por la manera en la que narraban historias - crédito Pedro Valtierra/Cuartoscuro

Carlos Fuentes, Rubén Blades, Gabo y Carlos Monsivais. Foto: Pedro Valtierra/Cuartoscuro

Una edición comentada

No hay quinto malo dicen los taurinos. Asumo tal premisa.

En octubre del año 1997 regresamos intempestivamente a México de una gira con el presidente Ernesto Zedillo por Francia y Alemania. Volamos en helicópteros militares de Berlín a Hamburgo. Maravillados por esos bosques rojizos y anaranjados Alemania nos tenía extasiados. La cena era en un lujoso hotel de la ciudad en donde nació la beatlemanía. Todos de corbata elegantes fuimos anunciados de ese regreso intempestivo. Las maletas ya estaban en “la panza” del avión pues seguíamos a Múnich. No se nos hizo el October Fest tan deseado por los viajeros mexicanos. La nueva orden era que debíamos bajar en avión en Acapulco y sobrevolar en helicópteros ese puerto y el Escondido en Oaxaca y las costas que unen a esos estados. Un huracán categoría 4 había impactado con fuerza esos litorales. Trajeados, arrugados y con mucha pena conocimos las tragedias de gente más que pobre que acababan de perder muy poco porque muy poco poseían.

Sin nada que leer en el vuelo de al menos diez horas de regreso con escala en Halifax Canadá, el puerto más cercano a la tragedia del Titanic, por cierto, me empecé a angustiar por un vuelo largo y ocioso. No abriríamos las maletas hasta el final de las escalas a México. A un lado del hotel lujoso había una pequeña estación de metro a donde acudimos Guillermo Ferrer, director de Relaciones Públicas y Antonio Ocaranza, director de Prensa Extranjera y su servidor a comprar periódicos y revistas para el viaje. En la puerta un policía aburrido tomaba café y a sólo unos metros un adolescente greñudo forjaba un pitillo. Un churro. Lo fumó al ritmo de los sorbos del policía que ni se inmutó. El consumo lúdico era ahí una realidad callejera. En esos años eso en México hubiera sido un escándalo. Descubrimos una librería enorme a unos metros de la estación del subterráneo. Había libros de todas partes. Lo sabía porque no reconocía las tipografías y las palabras. En español había libros de Rulfo, García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar. Elegí una edición curiosa de “Cien años de Soledad” comentado. A lo largo de todo el libro página por página lleva notas que aclaran dudas describe escenas y presentan sinónimos por si no le entiendes al español colombiano. Durante todo el vuelo devoré sus páginas con gran apetito literario. Conservo esa joya y me propongo releerlo una vez concluida mi serie de Netflix. Los comentarios y las notas al calce son tan extensas como el propio texto de la novela (por cierto, lo pagué en marcos que me prestó Toño Ocaranza porque no recibían dólares. No existían los euros. Todavía le debo. ¡Me acabo de acordar!).

Lectoras y lectores: preparen sus horas de televisión y dispóngase a devorar en tiempo récord los “Cien años…” que Netflix le presenta a partir del once de diciembre próximo. Seguro para la Nochebuena y la Navidad ya los vio y puede ser tema de comentario en la cena familiar. Seguro será un exitazo de taquilla, aunque es más propio decir de pantalla.

De remate le recomiendo para esta época los tres cuentos navideños que Alfonso Cuarón ha producido para Disney: La Pupille, El Pastor y el más reciente Casi un cuento de Navidad. Entre los tres apenas suman lo que una película promedio. Ideales para mirar en familia. Dice Alfonso Cuarón que en su condición de productor pudo trabajar con directores que le gustan mucho. Excelente resultado. Véalos.

*Director General de Factor D Consultores

Fernando González Domínguez