Entre los 35 sitios de México que han sido declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO, todos ellos vitales para comprender la identidad y disfrutar de la historia y herencia prehispánica del país, el más cercano a todos los morelenses es Xochicalco, en parte por su ubicación, entre los municipios de Miacatlán y Temixco en el estado; pero también porque la declaratoria emitida hace 25 años distingue al estado como primer custodio obligado de uno de los apenas mil 223 sitios distinguidos como valores incalculables de la humanidad por su importancia cultural.

De las más aproximadamente 500 mil ciudades y millones de poblados y comunidades del mundo, Xochicalco ha sido reconocido por lo que significa para la especie humana en términos de grandeza, conocimientos, cualidades estéticas y otras características que la vuelven única entre las muestras de la grandeza a que puede aspirar cada uno de los miembros de la humanidad. Así de importante resulta la pequeña ciudad indígena que tuvo su apogeo hace más de mil años (entre los años 650 y 900) y a la que sus fundadores decidieron trazar cuidadosamente en terrazas artificiales aplanadas sobre los cerros de La Bodega, La Malinche y Xochicalco.

La zona arqueológica tiene edificios que se han convertido en los consentidos de los aficionados a las culturas prehispánicas de todo el mundo: el juego de pelota más grande del conjunto, en La Malinche, es el más grande de tres en la ciudad y su estado de conservación permite entender y admirar a los atletas xochicalcas; el Templo de la Serpiente Emplumada adornada con motivos de hombres maya, observadores del cielo y sacerdotes que funcionan como indicadores de los días y hasta recuerdo de un eclipse ocurrido en el año 664; el drenaje pluvial que permitía el almacenamiento de agua en cisternas; y por supuesto el observatorio astronómico, cuya edificación mediante la adaptación de cavernas evidencia el conocimiento empírico de los habitantes de la ciudad respecto del movimiento de los astros y su utilidad para labores tan vitales como la agricultura.

Xochicalco demuestra también las formas en que el conocimiento científico puede impulsar el desarrollo y esplendor de una ciudad, y por supuesto, el bienestar para sus habitantes que, durante los más o menos 250 años que duró la mejor época de la ciudad, fue la más importante de la región.

Así que una buena conmemoración del reconocimiento de Xochicalco como Patrimonio Mundial hace 25 años, obliga a los morelenses a dos tareas fundamentales. La primera es rescatar del olvido local a una zona de la que podemos aprender mucho y que debiera significar el mayor de los orgullos de Morelos, mucho más, incluso que su pasado combatiente en las guerras de Independencia y Revolución. Mantener a la región donde se ubica la zona arqueológica como una de las de mayor marginación en Morelos evidencia lo poco que parece importar a los morelenses esa pieza gloriosa de nuestra historia. La conservación adecuada de la zona arqueológica pasa, necesariamente, por el rescate de las comunidades cercanas.

La segunda misión sin duda, es aprender de Xochicalco la importancia de conjuntar el conocimiento con el ejercicio de gobierno, el rediseño de las ciudades, la sustentabilidad para, a partir de ello redefinir tanto las políticas públicas como las actividades y relaciones sociales.

Estudiar el pasado nos ayuda no solo a evitar repetir errores, también podemos recuperar los aciertos e interiorizarlos para que se vuelvan parte de nuestra vida cotidiana que probablemente sea la mejor herramienta de conservación.

La Jornada Morelos