

Por fortuna, el estudio de las emociones ha cobrado cada vez más relevancia para las ciencias sociales. Tradicionalmente, se consideraba que no debían ser objeto de análisis social dado que formaban parte de experiencias individuales (no colectivas) y, por lo tanto, correspondían a disciplinas como la psicología. A ello, se ha respondido que lo que sentimos también está mediado por los contextos en los que fuimos socializados; es decir, las emociones pueden ser abordadas desde una perspectiva sociológica, histórica, antropológica, etc.
Algunas teorías consideran a las emociones como universales en todos los miembros de la especia humana. Por lo tanto, se expresarían de forma similar con independencia de las características de cada grupo social. Se trata de una de las conclusiones de la perspectiva naturalista de las emociones, la cual es contrastada por una propuesta de corte cultural.
Aunque es común afirmar que hay emociones universales, probarlo empíricamente no es sencillo. Al observar las dinámicas de diferentes grupos sociales es sencillo documentar que las emociones “básicas” en cada uno no son necesariamente las mismas. Así, se vuelve importante incorporar la idea de cambios a lo largo del tiempo y matices entre diferentes sectores sociales sobre sus expresiones afectivas.
La socióloga Arlie Hochschild introdujo el concepto de “reglas de sentir”, el cual describe cómo las emociones son reguladas socialmente. Estas reglas determinan qué se espera que se sienta en situaciones determinadas, dependiendo de patrones culturales aprendidos. Así, las emociones no son solo reacciones individuales, sino también constructos sociales vinculados a las particularidades de género, la clase o la etnia.
Claro que todas y todos podemos sentir miedo, por ejemplo. Se trata de una respuesta natural ante las amenazas o lo que se considera como tal. Sin embargo, el miedo no se siente de la misma forma. Las emociones sí forman parte de nuestra condición como seres biológicos, pero se viven y expresan (se sienten) según parámetros culturales específicos. En ese sentido, es ilustrativo un ejemplo que proviene de los trabajos de campo de Margaret Mead en Bali: la antropóloga estadunidense documentó cómo en la isla indonesia existe —o existía a principios del siglo xx— una relación entre el miedo y el sueño, de tal manera que, si alguien se encuentra temeroso, duerme como una forma de canalizar tal emoción en una práctica concreta. Esta relación miedo-sueño no existe per se y fue construida culturalmente. En otros contextos, el miedo puede generar una reacción diferente, incluso opuesta: tener miedo que se expresa en ansiedad y, por lo tanto, no poder dormir.
Además, las emociones también están en constante disputa. No todas y todos pensamos de la misma forma sobre qué emociones son consideradas legítimas en cada contexto. Esto lo podemos apreciar en la actualidad: hay quienes creen que los hombres no deberían mostrar su vulnerabilidad de forma pública, ya que “los hombres no hacen eso”. En contraposición y como parte de las llamadas nuevas masculinidades, se desafía tal idea promoviendo la aceptación de nuestra vulnerabilidad como un acto de autenticidad y resistencia frente a las normas hegemónicas.

Como señala mi estimado colega el maestro Sergio Molina de la Unidad de Género de El Colegio de Morelos, no es tanto que a los hombres se nos tenga prohibido expresar socialmente nuestras emociones. Más bien, es la expresividad de ciertas emociones las que se nos limita; por ejemplo, aquellas asociadas a la compasión, la empatía o el perdón. La rabia y el coraje, en cambio, sí están bien asimiladas como parte de lo que podemos decir y hacer.
Creo que buena parte de estos problemas proviene de una división dicotómica entre razón y emociones. Se dice, por ejemplo, que una respuesta “racional” es lo contrario de una emotiva. Tal división no tiene asidero en la complejidad propia de los fenómenos sociales. En realidad, las emociones forman parte de los mecanismos a través de los cuales racionalizamos el mundo y nuestras experiencias.
En resumen, reconocer las emociones como parte esencial de las dinámicas sociales ha enriquecido significativamente la comprensión de nuestra realidad. Éstas no sólo explican cómo los individuos entienden el mundo, sino también cómo construyen sentido colectivo y actúan en consecuencia. Este enfoque nos permite analizar los fenómenos sociales desde una perspectiva más integral, una que considera la complejidad de las relaciones humanas y cómo estas están moldeadas por su contexto histórico y cultural.
*Profesor de Tiempo Completo en El Colegio de Morelos. Doctor en Estudios del Desarrollo por el Instituto Mora.

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