Lloramos cuando nacemos al darnos cuenta de que hemos llegado a este inmenso escenario de dementes.

William Shakespeare

Frondosa selva

Vivimos es una selva. Entiéndelo bien y de una buena vez por todas, porque de otra manera seguirás estrellándote con la cruel realidad. Ya no hay lugar para romanticismos. La esperanza de un mundo menos atroz cambió de piel. O, en realidad, su piel siempre ha sido áspera y rugosa, pero nos la hemos pasado creyendo lo contrario. Este es el país del sálvense quien pueda y como pueda. Frondosa selva donde son legión quienes no se dan cuenta de que no se han dado cuenta. Pero qué más da, si el poder lo tienen en sus manos y eso es lo que rifa, hasta que nuevas generaciones los reemplacen, como prueba fehaciente de lo que es vivir en una selva.

No dejemos títere con cabeza

Aquellos dicen que los otros no tienen razón. Los otros dicen que aquellos están equivocados. Pero no se trata de observaciones que aludan a matices, puntos de vista que puedan llevar al buen puerto de encontrar soluciones y disipar las desavenencias. Aquellos son implacables y no le reconocen nada a los otros. Lo mismo les pasa a los otros, que no dejan títere con cabeza, despiadadamente. Ese nivel de irracionalidad es lo que prevalece y la humanidad entera se siente dueña de la verdad. La culpa es de los otros y las otras, eso está clarísimo, y así nos va.

Cuando la mentira es la verdad

Ese hombre cree ser lo que no es. La mentira es su certeza. Pero nada, absolutamente nada, le hace pensar que está equivocado. Además, vive en el lugar adecuado. Ese hombre no está solo. Su tribu controla y domina al mundo. Los encuentras en los gobiernos, en tu lugar de trabajo, en las calles, y en tus más intensas pesadillas.

Murnios y eglambios

Los murnios, pretenciosos, agoberados, gobazones, ocrabotes, famosos por su estupidez ahíta y perfectamente impermeable, como los agros y los cordobos lo son por su envidia, los orbuses por su lentitud, los ridiosos y los ribobelios por su poca virtud, los arpedros por su dureza, los tacodiones por su economía y los eglambios por su talento musical.

Coge a un eglambio al azar, silba cualquier tema y te lo repetirá exactamente cundo quieras, añadiendo (pues ellos creen sinceramente que toda la música proviene de ellos) que es una de sus viejas melodías, aunque silbes un tema del “Oro del Rin”. Pero lo silbará a regañadientes, como si perteneciese a una época ya pasada, de la que los eglambios se han desligado hace tiempo.

Henry Michaux, En otros lugares

El silencio es un grito

No me crean, pero tampoco echen al saco del olvido este relato. Había una vez cierta comarca que llegó a ser gobernada por un austrolubios bastante dotado para ciertas cosas, pero evidentemente inútil para gobernar. Eso lo comprobaba una y otra vez la realidad. Además, por si fuera poco, era muy hábil para decir exactamente lo contrario de lo que quería decir. O quizá lo que decía era precisamente lo que quería decir y nunca lo comprendieron. De su ascenso al poder, por supuesto, fue responsable el pueblo, que mordió el anzuelo que un gobernante más poderoso le lanzó, en una elocuente muestra de crueldad. Tristemente, las atrocidades que pulularon durante su gobierno nunca alcanzaron para que el pueblo se sublevara. Su indignación era un grito que se ahogaba en la oscuridad.

Fotografía de Raúl Silva de la Mora

Raúl Silva de la Mora