

¡Oh dolor, sin tu vino acedo
ni la píldora de opio de la luna,
ya estaríamos en lo eterno!
Gilberto Owen
Unamuno, Zambrano y Vasconcelos, además filósofos, tienen algo en común: rechazan la filosofía como una actividad exclusiva del intelecto, expresable sólo mediante el concepto, el esquema o la forma; y defienden, en su lugar, que la filosofía es una actividad cercana a la vida: “lo concreto” (en Unamuno), “la generosa inmediatez de la existencia” (en Zambrano) y “el panorama inefable del mundo ante el espectáculo del conjunto” (en Vasconcelos), lo cual, más que concepto, exige expresión poética.

Pero, “¿por qué?” –dirían mis alumnos-, ¿por qué la filosofía cercana a la vida necesitaría, más que concepto, expresión poética? ¿Qué proponen Unamuno, Zambrano y Vasconcelos? Para ninguno, podemos anticipar, la vida se agota en el lenguaje y quizá sea ésta una limitante que la expresión poética sí asume, pero, el concepto, no. Veamos a Unamuno.
En su obra Del sentimiento trágico de la vida, Unamuno denuncia la sospecha que guardan los términos ‘humano’ y ‘humanidad’: “ni el adjetivo simple, ni el adjetivo sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre”, dice.
El bípedo implume de Aristóteles, el contratante social de Rousseau, el homo sapiens, no son, para Unamuno, de ningún modo, íntegras denominaciones de lo que somos; en todo caso, son sólo eso, nominaciones que excluyen lo que de particular tiene cada persona: un íntimo sentimiento.
Pareciera, pues, que en la elaboración de semejantes conceptos, algo que le es consustancial al hombre concreto se perdiera; como si se le negara algo que de suyo le pertenece: qué pasa con la emoción, el deseo, el querer; afectos que no pretenden universalidad alguna, sino que impulsan a ese hombre, a éste, a la acción o inacción.
Dice Unamuno, “donde hay que poner en pie hombres concretos, de carne y hueso… Les sucedió lo que dicen sucede con frecuencia al examinar y ensayar ciertos complicados compuestos químicos orgánicos, vivos, y es que los reactivos destruyen el cuerpo mismo que se trata de examinar, y lo que obtenemos no son más que productos de su composición”.
Sin embargo, aun siendo lo anterior, motivos para que Unamuno demerite el concepto como medio de expresión, su rotundo fracaso lo encuentra en su insuficiencia para dar cuenta de la contradictoria condición del hombre, a saber, el sentimiento trágico de la vida.
Porque ni razón ni concepto pueden siquiera simular la gran paradoja de saberse finito y aceptar, a pesar de la incertidumbre, lo pasajero de la existencia; esa empresa atañe, según Unamuno, aquello que deja fuera el concepto, a saber, lo vital, lo que hace vivir, lo sustancial, la cardiaca misma.
* Profesor de Tiempo Completo de El Colegio de Morelos.

