

Por muy incómoda que para muchos pudiera parecer la posición de la Iglesia Católica expresa a través de su doctrina social, tendríamos que reconocerle su vocación por la paz, la justicia, la defensa de la dignidad humana y del bien común.
La relación entre las izquierdas y la Iglesia nunca ha sido sencilla, el conservadurismo mostrado por algunos sectores de la institución religiosa que parecieran evitar la doctrina social con aquella sentencia que la iglesia expresa de “mi Reino no es de este mundo”, y al franco jacobinismo de algunos sectores de cierta izquierda formada más en las doctrinas maoístas que en la realidad de un mundo incluyente, complican mucho en la cancha de la opinión pública cualquier cercanía, abonan a la dificultad los múltiples pecados que deben reconocerse tanto en la institución religiosa como en la militancia política.
Paradójicamente, mucha de la tradición de izquierda en México y Morelos, desde los años setenta, está fuertemente vinculada más a la doctrina social de la Iglesia y a la corriente de la Teología de la Liberación, que al marxismo-leninismo, el maoísmo, o cualquiera otra de las expresiones de la izquierda autoritaria.
Han tenido que pasar casi cinco décadas de aquellas confluencias, que todos conocían y pocos confesaban, para que gobiernos abiertamente de izquierda, y una Iglesia que ha superado su discusión interna entre el inoperante idealismo puro y la rebelión social para ubicarse en una doctrina social sólida aunque prudente, se reencuentren en un punto medio que, aún sin confesar sus muchas convergencias, empiezan a operar en una suerte de alianza por el bien más preciado que tienen las sociedades: la paz.
A ninguna de ambas corrientes de pensamiento les es extraña la lucha por la paz como un medio para conseguir los fines de desarrollo, convivencia y búsqueda de la felicidad de cada persona en la sociedad. Cada una desde su andamiaje teórico, tanto la Iglesia como la izquierda han construido una idea bastante similar de paz, que incluye la justicia, el abatimiento de la pobreza, el tratamiento de las causas de la violencia, entre otros factores. Podría decirse que se trata de una afortunada coincidencia, aunque, en términos más filosóficos podríamos conceder que el llegar a la misma conclusión mediante dos caminos diversos, necesariamente comprueba un precepto como verdad.
La elección del obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro como presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, para muchos podría haber significado un riesgo mayor dada la postura crítica que había mantenido como secretario General del órgano eclesial. No ha sido así, la voluntad de los gobiernos estatal y federal, y de la propia Iglesia por trabajar a partir de las coincidencias, parece permitir, por primera vez en este siglo, que los aportes de la Iglesia y su trabajo a favor de la paz sean reconocidos, considerados, y probablemente replicados en muchas más comunidades, lo que sin duda es una buena noticia para los territorios que anhelan la pacificación con justicia y dignidad.

Favorece, sin duda a la nueva y edificante relación, la presencia en la presidencia de Claudia Sheinbaum Pardo, y en la gubernatura de Morelos, de Margarita González Saravia, dos mujeres que saben escuchar y reconocer los aportes de las instituciones a la construcción de una vida más justa, sin violencia, y en que puedan construirse la felicidad individual y colectiva como el fin último. La suma de esfuerzos es vital para la pacificación de Morelos y de México, la nueva relación entre la Iglesia y el Estado parecen tener ese objetivo, y habrá que concederles el tiempo y espacio para lograrlo.

