

Querer nombrar, decir las cosas como son. Colgarle un cascabel al gato que devora la carne de un pepino de mar, mejor conocido como holoturia u holoturoideo, una clase del filo echinodermata que incluye animales de cuerpo vermiforme alargado y blando que viven en los fondos de los mares de todo el mundo. Se considera que existen desde el Silúrico, desde hace unos 400 millones de años. Eso, que dicho personaje vetusto, con su oscura punta, aparezca en cada poema como obsesión, incluso amuleto para conjurar las partes sombríamente marinas de la memoria; eso, que las imágenes pulcras, afiladas, dulces como el pan, las naranjas, el agua de gardenias, las serpentinas de lluvia, sean capaces de convivir con la rajadura, el abuso, la violencia que se inscribe sobre el cuerpo para marcarlo de por vida y para cantar la llaga hasta que el cicatrizante lingüístico haga lo suyo: encender otro fuego, dar luz.
Poetas de gran altura contemporánea como María Auxiliadora Balladares o Esther M. García han roto el silencio macabro con la potencia de una expresión que denuncia sin caer en el panfleto y en cuya pericia poética se juega la verdad de lo soportamos las mujeres, al menos el 80 por ciento de las que hemos sufrido algún tipo de maltrato, una verdad que, según el talento o la escenografía que no toca en la repartición de los destinos es mar o es, de plano, un infierno.
Ethel Krauze, con la maestría de una existencia entregada al oficio literario, conoce muy bien los bordes, los límites. Además de enseñar cómo acercarnos a la poesía la cabalga y no al revés. No hay exceso sino medición. No se cuela un solo ruido en cada poema de este libro orientado, al comienzo, desde el discurso del despojo. Se advierte que antes de la aparición de la presencia oscura u “hombre oscuro” como llama Clarissa Pinkola-Estés, a la amenaza psíquica que angustia el inconsciente de cada mujer, el yo poético de Oscura punta coexistía con soplos de oro del aire, es decir, en la atmósfera idílica de la infancia, un territorio de magias e inocencias que la irrupción del pepino rompe, destruye, absorbe, muerde, penetra:
Contuve la respiración
Pero no se alejaba
se alzó de nuevo

y en picada
se resbaló entero sobre mí
enseguida
me puso opaca
como si un crujido de avispas
me hubiera partido
el tuétano
por dentro,
y el más puro resplandor del agua
que yo era
se secara.
Violación tras violación que se describe, se narra, se vuelve sabiamente metalepsis, es decir, un performance dentro del poema, se canta erotizando el dolor y enfatizando la sobrevivencia, el poder de sobreponerse a ese destino por desgracia tan común con el cual se intenta imponer la idea de un sujeto víctima despolitizado, con la cabeza gacha, en silencio donde se alza la erección falócrata que, se supone, someterá mediante la fuerza, pues es el vencedor para que la mujer construida como hembra dócil o animal que se deja hacer, romper, arrebatar, desposeer de sí, sea víctima, objeto, sierva. Pero, querida Ethel, no contaban con nuestra palabra, la verdadera punta oscura porque no hay tigre ni chacal que no huya cuando el fuego conversa con el aire.
Ese diálogo iluminado que se sobrepone al apetito acuático y perverso del pepino, encumbra el ritmo de esta poesía. ¿Cómo opera? Vía la repetición, un ritornello que, como en el Bolero de Maurice Ravel, por citar un ejemplo, agrega en cada variación una pista, una escena escalofriante más que se repite en distintas edades, que acosa, sigue, de la que no escapa quien enuncia el abuso del cual es objeto. Y no. Escribo esa palabra, objeto, para caer en la cuenta de quien escribe poesía es todo menos una cosa, es un espíritu, más allá de la inteligencia en llamas de la que habló Sor Juan o Santa Teresa, de la lumbre incesante dentro que no apaga ningún animal que no alcanzó la simetría pentarradial de una estrella marina porque sí, los pepinos de mar son informes, algo curveados, pero nada más, nada que ver con la armonía de las estrellas que recogemos de niñas en las playas. Los pepinos se saben imperfectos, limitados. Su complejo es una de las causas de la violencia con la cual tributan presencia y justifican el dolor que, para existir, aprenden a infligir mediante esa pedagogía de la crueldad que se vuelve parte de su goce. Una enseñanza normalizada, un estar en mundo al interior de la sociedad postradas ante el pater familias.
Eso también lo dice de manera tangencial este yo lírico que logra despersonalizarse, tomar distancia de sí y pendular hasta llegar al centro de su propia voz porque si no es de esa manera no se consigue soportar, vivir sin entregarse por entero a la sumisión. Sin embargo, no contarán más con la comodidad de nuestro silencio, pero quiero agregar que les dolerá y arderá todavía más el genio con que ciertas autoras lo expresan, hablo de la confección de un reino poético donde aparece otro sujeto el padre-madre-hermano-hermano, todos siendo uno como el pepino que siempre es el mismo y que cuenta con la complicidad familiar para continuar operando a sus anchas. Hasta que claro, la poesía desobedece ese introyecto, la poesía que salva porque no se arrodilla, la poesía que conjura, abre puertas, es maná de las que huyen, las que saben que la línea de fuga (Deleuze dixit), poque es el camino amarillo o la botellita que dice bébeme de Alicia. La poesía, otra vez que nombra para logremos morir en paz o vivir alzándonos de la única forma en la que sí se existe tal como Simone de Beauvoir consigna: como una existente con proyecto propio cuya libertad es la ofrenda de su responsabilidad y viceversa. La autora de El segundo sexo no se cansa de repetir que es la sublimación, el trabajo, el arte, la voz de las mujeres que transforman el mundo y se transforman escribiendo otra de las posibles soluciones.
He ahí uno de los múltiples aciertos del compás feminista de estas páginas que se abren para medir y trazar una circunferencia completa, cerrada, en cada texto donde lo cierto sobre la vida se pronuncia. Virginia Woolf tenía razón, feminista es cualquier mujer que cuenta la verdad sobre vida. En este caso se trata de una voz instrumentando la nostalgia, el dolor del regreso a lo que ya no está: es felicidad que como decía Elena Garro, se practica en la infancia y nada más antes de que lo peor también se identifique:
Lo peor
es cobijarlo,
tenerle su cerveza en la mano
escombrar el armario
para darle cabida a su maleta,
sollozar en sus manos.
No.
que no lo sepa nunca.
Al borde de rendirnos,
no lo estamos.
Se escribe, por tanto, para no rendirse al embrujo del dolor que cede en el aparato psíquico. Como reducto de justicia, de razón, la poesía conjura al imán del dolor que embiste con su corona de rosas desmayadas un cuerpo que es camino, que es tapiz donde la oscura punta se entierra, sin llegar, quién lo diría, a romper el alma de quien no se quiebra, porque no se dobla ante el dolor ni la memoria adversa. Todo lo contrario, sigue ardiendo sobre el mar donde se ocultan los pepinos, pero como no tienen el poder del canto de las sirenas ni su furor proteico y proteico, se quedan así, encerrados en una sola forma de herir el universo. El poemario de Ethel Krauze, Oscura punta, lava ese rastro en su propia piel y, por supuesto, nos muestra otro camino de emancipación.
*Escritora

Imagen cortesía de la autora

