La evolución del crimen organizado en México es una historia compleja que revela las intersecciones entre economía, política y sociedad, en un inicio, la actividad de los primeros narcotraficantes estaba ligada al cultivo y distribución de marihuana y amapola en zonas rurales marginadas, aprovechando la demanda de drogas en Estados Unidos. Estas actividades se desarrollaban en un ambiente relativamente pacífico, bajo un sistema que mantenía ciertos “códigos de honor” entre los involucrados, sin embargo, con el paso de los años y el debilitamiento del Estado en áreas críticas, estas organizaciones se transformaron en entidades poderosas que ejercen una violencia desenfrenada. Hoy, el crimen organizado no solo se ha consolidado como una industria multimillonaria, sino también como el principal problema que afecta la paz y el desarrollo en México.

El primer gran cambio en la estructura del narcotráfico mexicano ocurrió en la década de 1980, con la consolidación del Cártel de Guadalajara, liderado por Miguel Ángel Félix Gallardo, bajo su liderazgo, el cártel estableció rutas internacionales de tráfico de drogas y forjó conexiones con organizaciones criminales de otros países, sin embargo, su detención y el desmembramiento de la organización dieron lugar a un fenómeno que marcaría la historia del narcotráfico en México. Surgieron múltiples grupos que, en su intento por dominar territorios y rutas estratégicas, comenzaron a recurrir a una violencia sin precedentes. El “código de honor” se desvaneció, y con él, el periodo en que el crimen organizado no afectaba a la sociedad mexicana de manera tan directa.

La corrupción institucional jugó un papel determinante en este proceso. Desde los primeros días del narcotráfico, las autoridades permitieron su operación a cambio de sobornos o favores. Esta colusión entre el crimen organizado y las autoridades se profundizó con el tiempo, debilitando al Estado y permitiendo que los cárteles operaran con una impunidad alarmante. En lugar de perseguir y desmantelar a estas organizaciones, algunos sectores de las fuerzas del orden se vieron beneficiados de su existencia, mientras que el gobierno central perdía control sobre vastas regiones del país. La corrupción no solo facilitó el crecimiento de los cárteles, sino que también alimentó un ciclo de violencia y desconfianza en las instituciones públicas.

El conflicto escaló en 2006, cuando el gobierno mexicano lanzó una guerra frontal contra el narcotráfico, los cárteles respondieron al embate estatal aumentando su poder de fuego y adoptando tácticas militares que incluían el uso de armas de alto calibre y estrategias de combate similares a las de ejércitos regulares. La violencia, que antes era un medio para proteger sus negocios, se convirtió en un fin en sí mismo, los cárteles encontraron en la violencia una herramienta para el control territorial y para enviar mensajes de poder tanto a rivales como a las autoridades. La militarización de los cárteles transformó a México en un escenario de guerra no declarada, donde las bajas civiles y la brutalidad se convirtieron en parte del paisaje cotidiano.

En su búsqueda por diversificar sus ingresos, los cárteles expandieron sus actividades delictivas y el tráfico de drogas dejó de ser la única fuente de ingresos; secuestros, extorsiones, robo de combustible, tráfico de personas y otros delitos comenzaron a formar parte de sus operaciones. Esta diversificación incrementó el nivel de violencia en el país y generó un sufrimiento constante para la población, que quedó atrapada entre la brutalidad de las organizaciones criminales y la ineficacia de las autoridades. Los ciudadanos en varias regiones del país, especialmente en las zonas rurales, han sufrido el control territorial de los cárteles, quienes cobran “derechos de piso” o secuestran a aquellos que se niegan a colaborar. La presencia del crimen organizado ha impedido el desarrollo de estas comunidades y ha generado desplazamientos internos, obligando a familias a abandonar sus hogares y buscar refugio en otros estados.

Es importante señalar que la marginación social y la falta de oportunidades han nutrido el reclutamiento de jóvenes por parte del crimen organizado, las regiones rurales de México, históricamente olvidadas por el desarrollo económico, han proporcionado una fuente constante de jóvenes sin alternativas de vida. La pobreza, la falta de educación y de servicios básicos, así como el desempleo, han creado un caldo de cultivo donde el crimen organizado se presenta como una opción de progreso. Los cárteles no solo ofrecen un empleo, sino una identidad y un sentido de pertenencia a jóvenes que, de otra manera, serían ignorados por la sociedad. Este fenómeno ha hecho que estas organizaciones se vuelvan casi endémicas en algunas zonas del país, con generaciones completas atrapadas en su influencia.

Además, las políticas gubernamentales han sido en su mayoría ineficaces para enfrentar este problema, las autoridades han fallado en abordar las causas estructurales del narcotráfico, como la pobreza y la falta de oportunidades. La corrupción, en lugar de disminuir, sigue siendo uno de los grandes obstáculos para lograr una paz duradera.

La respuesta militar, si bien necesaria en ciertas circunstancias, no puede ser la única estrategia. México necesita programas de desarrollo social, que brinden educación y empleo en las áreas más afectadas por el narcotráfico, los apoyos sociales son insuficientes, se requiere una estrategia que atienda el problema de manera estructural y que brinde oportunidades de desarrollo a la población. Asimismo, es crucial combatir la corrupción en todos los niveles de gobierno y fortalecer las instituciones del Estado. Solo a través de un enfoque integral que considere tanto la represión del crimen como el fortalecimiento del tejido social se podrá comenzar a revertir esta espiral de violencia.

*Profesor de El Colegio de Morelos

Fuente: elaborado con Inteligencia Artificial / cortesía del autor

Jorge Enrique Pérez Lara