Día de muertas y la resistencia feminista

 

Quisiera hablar del día de muertas, preguntarnos, por qué incluso en los rituales de memoria seguimos utilizando figuras sumamente patriarcalizadas, si bien es cierto que la figura de la catrina nace como una crítica a las clases altas, también hemos visto, cómo ha perdido su vocación primaria, y la han desvirtuado para la gran festividad, cada año vemos (mediáticamente) más ”catrinas” superficiales y si me permite la amargura; cosificadas, como parte de un entretenimiento y no de una ritual de memoria colectiva.

Me resulta importante, hablar de las muertas, de las víctimas de feminicidio y quizá en otro momento sobre la conversación pausada de las maneras en que hemos entendido la muerte en el contexto de violencia de género.

En un país en el que se asesinan a más de once mujeres al día, es fundamental también tener nuestro día de las muertas, de las asesinadas, las que nos dejaron en pausa el corazón, las que, como lo señala el poema de Bárbara Durán: “ dejaron una pintura a medias, el teléfono sonando, un buzón lleno de mensajes, las que escribieron un poema y le dejaron a medias, un cuento sin ventajas” devolver a las mujeres asesinadas su lugar central en la memoria colectiva, se convierte no sólo en una festividad para recordar y honrar sino en un proceso de resistencia política, un acto lleno de sentido que se transforma en una exigencia de justicia, un llamado a no olvidar, a las mujeres que fueron asesinadas, por el solo hecho de ser mujeres y que los femenicidas siguen libres, quizá, vestidos de catrín, llevando en sus manos una vela, no lo sabemos, un femenicida puede ser nuestro vecino, amigo, hermano, profesor, desconocido, no lo sabemos porque están libres y sin ser identificados, mucho menos procesados y/o con una sentencia, según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública de enero a mayo del 2024 se reportaron 1,425 asesinatos de mujeres, de los cuales solo el 23.2% fueron tipificados como feminicidio.

Lo que sí sabemos es lo que queda en las familias despojadas de sus hijas, de sus hermanas, de sus madres, de nuestras amigas, un tumor, una recamara detenida en el tiempo, un aullido que parece irrenunciable, la hecatombe de lo cotidiano, pero también el tejido roto de la calle, la grieta en la colonia, en las ventanas de día y de noche, en la sospecha, en la pregunta que pocas veces encuentra respuesta ¿quién la mato? O el eco de la desaparición ¿dónde está mi hija? el luto intermitente.

No se crea que no me gustan las festividades que evocan la unión de dos mundos, los colores y el aroma que suelta la posibilidad de abrazar lo incorpóreo, me gusta que las familias y comunidades se reúnen, no solo para recordar a las que se fueron, sino para dignificar su vida. Lo que no me gusta es ver el rostro de amigas, conocidas o no, en las ofrendas, ver sus nombres bordados, lugar y fecha de sus asesinatos, y sí, se sabe que las ofrendas son otro lenguaje para seguir dándoles voz, para que se les haga justicia, y son también junto a las velas y cempasúchil una forma de resistencia cultural y política, un acto de desafío frente a quienes pretenden borrar las huellas de aquellas que ya no están. Y sin embargo no se siente consuelo alguno, ni certeza mínima, lo que se siente es rabia de ver que cada año crece la lista de nombres de conocidas, que deberían estar cantando, armando la batucada, dando clases, probándose unos zapatos nuevos, tomando café con las personas que la aman, que deberían estar vivas y felices.

Le digo que urge despatriarcalizarlo todo, incluso la forma de recordar, como una estrategia de sobrevivencia, para bordar desde otra cosmovisión los rituales que dignifican la memoria, nombrar en femenino el día de muertos, aunque sea más largo, aunque parezca que no importa, que ya es demasiado, colocar el día de las y los muertos, no lo es, lo que sí es demasiado es ver como de pronto nuestras hermanas ya no están, es seguir viviendo en la cabeza de algunas personas heterodiantes, que frente a un “no”, “me voy”, “ya no te amo” crean que tienen alguna especie de derecho para asesinarnos.

Y si me permite la fusión entre las muertas y las brujas, solo diré que es tan 1300 la persecución y castigo de nuestras decisiones, como lo menciona Mona Chollet en su libro Brujas; “La vida de las mujeres ha sido demonizada, vista como amenaza a la estructura moral y de control social del patriarcado, y no como lo que realmente es, la posibilidad de un mundo más justo, más sororo, con mucha más potencia y luminosidad”.

Denisse B. Castañeda