

Los cementerios de la nada (a dos años del perro que llevaba una cabeza humana)
Blanca Estela de la Soledad Pedroza Hernández*
Cementerios, camposantos, panteones, lugares donde dejar a los muertos, donde ellos descansan. En algunos casos, depende de la religión, origen o el territorio, incluso se les rinde homenaje, se les visita año con año, se llora por ellos. Sin embargo, en México los muertos no solo van a parar a los campos sacros; también amanecen en calles, terrenos baldíos, colgados en puentes, destazados en bolsas de basura, en fosas clandestinas. ¿Esos muertos descansarán? ¿Serán recordados esos anónimos de la tierra? Sin saber su origen, despojados de su identidad y en ocasiones de su rostro, ¿alguien también los visitará?
Como se repite constantemente, México vive un contexto violento, un conflicto cuyo origen se encuentra en debate: desde que Felipe Calderón declarara la llamada guerra contra el narcotráfico, o desde la desarticulación del cartel de Guadalajara, o desde el inicio de los feminicidios en Ciudad Juárez. ¿Cómo saberlo, cómo datarlo? Lo que tenemos es una continua renovación de escenarios del horror, de formas creativas de torturar y de violentar un cuerpo.
Podría parecer que las cosas cambian, que el mundo moderno nos promete soluciones, que el capitalismo se vuelve cada día más ilustrado, pero entonces alguna persona, regresando del trabajo, mientras va en su auto, en alguna calle de Zacatecas, voltea y ve a un perro llevar una cabeza humana en el hocico. Al cabo de unos segundos se pregunta si es algún truco de halloween, pero no. Afortunado el perro que ha encontrado algo que comer, que no se pregunta dónde fue a parar el resto del cuerpo, que tan solo toma la cabeza y huye a algún lugar donde no peligre su alimento. Y entonces los muertos ya no solo están colgados de los puentes, en bolsas negras o en la cajuela de un coche, ahora añadimos un lugar donde encontrarlos: en el hocico de un perro.
Es así como el imaginario del horror adquiere un nuevo símbolo. Y lo compruebo cada año. Al pasar por las calles de la colonia me doy cuenta de la parafernalia terrorífica y hallowinesca proveniente de tiendas decorativas que venden una calabaza naranja con una sonrisa chimuela, una bruja de piel verde y nariz gigantesca, o incluso un tierno fantasma que tiene aspecto más de bombón que de forma incorpórea. De vez en cuando, noto también, un vecino humorista decide llenar bolsas negras de basura y, con cinta adhesiva, darle forma de cuerpo humano, y colgarlo fuera de su casa o dejarlo tirado en la calle durante la fiesta de los muertos. Parece que a nuestra sociedad le dejan de aterrar aquellas figuras caricaturescas, y que el verdadero terror proviene de encontrarse un cuerpo tirado en la calle, y más que darnos risa nos asusta. La violencia sí que da miedo.

El filósofo Vilém Flusser afirma que en las imágenes que se ven cotidianamente, más que ser símbolos dispuestos para ser descifrados, son síntomas del mundo. Observamos el video de un perro corriendo por las calles de Zacatecas con una cabeza humana y pensamos: qué síntoma estamos presenciando.
*Laboratorio Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

