Un diamante en Cuernavaca

 

Esa brillante joya la vi por primera vez al pasar, hace 44 años, cuando iba rumbo a la casa donde vivía cuando trabajé como un biólogo que producía peces de colores en el estado de Morelos.

La colonia sigue teniendo el mismo nombre: la Carolina. En esos años solo se veía en una gran esquina una imagen ligada a mi biografía y que me ha acompañado desde mi infancia: un diamante de béisbol, dibujado con su “home” como vértice y sus jardines limitados por líneas de cal blanca.

Este primer domingo de abril decidí acercarme a ese parque para saber qué sorpresas me deparaba. Tomé un taxi, acompañado de esa emocionante sensación de ir al parque de pelota. No olvidé llevar mi libreta de apuntes, ya que tenía la intención de hacer, de ser posible, una crónica beisbolera de un juego en Cuernavaca. Queridos lectores, no es una errata, escribí beisbolera y no de ningún otro deporte.

Ahora, en comparación con aquel tiempo cuando lo veía al paso, me encontré con un estadio en forma, con sus tribunas de concreto cómodamente dispuestas, con capacidad -según mis cálculos- para mil quinientos aficionados. A mi llegada, que fue como a las doce del día, estaba por empezar el juego. Durante el calentamiento previo de los jugadores me disfracé de reportero, lo que me permitió entrar al diamante, hablar con los managers, peloteros y los dos ampayers. Hoy se enfrentaron, en uno de los juegos de playoff por el campeonato de segunda fuerza, Los Llaneros de Cuernavaca contra Los Laguneros de Jojutla.

La Liga Municipal de béisbol de nombre Manuel Cortez Conde está organizada desde hace cinco décadas y, para mi asombro, está compuesta por equipos que juegan en una gran parte de la geografía morelense. Quién hubiera imaginado que el rey de los deportes se practica al lado de los bellísimos paisajes del Lago de Tequesquitengo. O bien pensar que uno puede ver lanzar y batear una bola blanca tejida con costuras rojas por beisbolistas de Temixco, no muy lejos de otro, mucho más antiguo y diferente juego de pelota, que practicaban los Olmecas, en lo que hoy es el sitio arqueológico de Xochicalco.

Tampoco creí que se podía ver por otros rumbos, hacia el sur oriente, vestir sus uniformes a los jugadores que soportan por nueve entradas los extremosos calores de las zonas cañeras de Cuautla. Me sorprendí al saber que en otro diamante, de clima más templado, donde seguramente se conectan más jonrones, gracias a su altitud de 2,810 metros sobre el nivel medio del mar, que permite que la bola vuele mayor distancia ante la menor resistencia del aire. Sin embargo, en ese campo los peloteros, sobre todo los visitantes, se tienen que concentrar al máximo para evitar las distracciones producidas por las esporádicas neblinas de la zona montañosa, y de los omnipresentes aromas tentadores de la cecina, la longaniza y el huitlacoche que llegan en cada juego al diamante de Tres Marías.

Invitado por las imágenes de esas pelotas fildeadas en esos paisajes, regresé al diamante de la colonia Carolina, al Estadio Miguel Alemán, también conocido coloquialmente por los aficionados como, el de La Leona.

Este segundo domingo de abril fui en busca de algo de su historia. No hay parque de beisbol -que yo conozca- donde no esté documentada, o sea transmitida de boca en boca. En esta visita me fue contada parte de la historia del parque de La Leona, escuché las voces de un veterano ampayer, Fermín Valencia, de Abel Hernández, tercera base y Secretario de la Liga, y de Eleazar Méndez, un manager que la conoce desde hace cincuenta años.

En los estadios de este maravilloso deporte he visto su historia reflejada en fotografías, en pinturas, o en pendones. En el Miguel Alemán, este diamante de Cuernavaca no es la excepción; en sus pasillos se hace honor a su pasado en 24 placas metálicas que dan testimonio de parte de su vida. Dos me llamaron más la atención: una donde aparecen en letras doradas los nombres de los pioneros del béisbol de Cuernavaca y donde se lee Manuel Cortez Conde, nombre con que fue bautizada la Liga, y otra firmada por La Liga de Softbol de Cuernavaca, en la cual se reconoce a las primeras jugadoras que iniciaron este deporte en 1962.

En esta segunda visita no podía dejar de reparar en otra característica de los estadios beisboleros -los que yo conozco al menos-: las ofertas gastronómicas, tanto dentro como en sus alrededores. Solo les antojo con algunas: enfrente de sus puertas uno puede decidir entre pozole guerrerense o gorditas al comal, de frijol, chales o requesón. Así mismo se pueden disfrutar deliciosos tacos de cecina o chorizo verde, y si el antojo es otro, hay un gran puesto de carnitas, donde no faltan las quesadillas tradicionales de sesos. Al retirarme del juego, ese lugar me regaló una fantástica sorpresa, casi poética. El nombre del local dentro del estadio, donde se ofrecen hamburgueses, hot-dogs, y también tacos acorazados, tiene un nombre que hubiera valido por sí solo este viaje beisbolero: La Esférica.

El beisbol y sus diamantes siempre me llevan a recuerdos gratificantes y placenteros, pero también, fantásticamente, crea otros nuevos que algún día aparecerán en mi memoria sin previo aviso.

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

 

 

Un grupo de personas jugando béisbol en una cancha de pasto

Descripción generada automáticamente con confianza media

Imagen cortesía del auor

Jorge “El Biólogo” Hernández