Estoy afuera de la embajada, al entrar al edificio frio me dan un un formulario para llenar, una hojita que es requisito para la continuación del trámite, siempre que veo el apartado de residencia me da por poner «Mar», sé que no es una respuesta válida, que nadie realmente vive en el mar, que los humanos están hechos para pisar la tierra y volver a ella una vez muertos, pero a mí siempre me da por poner “mar” como residencia última, quizá porque lo ha sido por los últimos años, he pasado más tiempo navegando que caminando sobre tierra firme.

Hace poco descubrí que la palabra “Maresía” se refiere al olor a mar, y yo pensé en el olor a casa, y si algo de esa salinidad se ha impregnado en mis ropas y mi caminar, si alguien percibe mi olor así.

Cuando pienso la casa de la que Cerati habla en té para tres, pienso en mis padres, y yo con ellos comiendo y charlando, y entiendo perfecto lo que él quería dar a entender, decir no hay nada mejor que casa es en realidad decir; no hay nada mejor que estar con tus padres cuando la comida termina y el sosiego te arropa con ellos charlando en momentos inútiles, yo creo que si hoy me pasara un camión encima y San Pedro me diera una última memoria antes de desaparecer en el cosmos infinito, sería una tarde con el sol a media raya y de sobremesa con mis viejos.

Elegiría esa memoria, esos inconstantes destellos de belleza.

Las tazas sobre el mantel

La lluvia derramada

Un poco de miel

Me pongo a pensar a qué huele mi casa, a qué huelen mis padres, mi hermano dice que el recuerdo de olor que tiene de mi padre de niño es el de un saco grande con olor a cigarros cuando volvía del trabajo, para mi, mi viejo huele a maíz tostado y de vez en vez a un perfume de vino ahumado, y mi mamá a crema para cuerpo y esencia de rosas, esos olores arrullaron mi infancia – a la fecha lo hacen.

Vuelvo a la hoja del formulario y me pregunto si la próxima vez que llene una hojita así, por fin podré poner una calle y un número y no una ruta marítima, si la maresía abandonara mi olor a casa, si dejaré de ver el mundo pasar frente a mí, para por fin bajar por esa escalerilla y con decisión última elegir una casa, una parcela que contemplar y una tierra donde morir.

Imagen cortesía del autor

Andrés Uribe Carvajal