

Mi padre sale del hospital, “casi sin secuelas”, según me informa en un mensaje: “Solamente me debo tomar una aspirina al día y listo”, me sigue diciendo, y lo imagino satisfecho, relajado, como si me contara otra de sus tantas historias (ficticias o no) mientras conduce con el brazo alargado hacia el volante, sonriendo con la vista fija en el camino. Y es como si lo invocara: de inmediato me propone un viaje en auto a Valparaíso. ¿Puedes manejar? Claro, hijo, cómo no voy a poder. Recuerdo un mito familiar ampliamente difundido entre los primos: hace muchos años un tío se fue caminando desde Santiago al puerto, así nomás. ¿Y si nos vamos a pata mejor, como el tío? No me jodas, te paso a buscar en media hora, concluye mi padre, y cuelga el teléfono.
Le iba a sugerir irnos en bus, pero no sé por qué (quizá por la palabra Valparaíso) me acordé del mito del tío. Es raro, no recuerdo a mi padre viajando en bus, tampoco en metro, ni en trole. Hay gente así, hay gente a la que nunca he visto viajar en transporte colectivo, ¿cómo se comportarán? También pienso en ese “no me jodas” de mi padre; no en su significado, sino en las palabras mismas: una expresión que se le quedó impregnada, supongo, de su vida en Guayaquil durante los años setenta y ochenta, porque en Chile no se ocupa “joder” (aunque sí se entiende), sino más bien “hueviar”, es decir, él más bien me diría “no me huevees” (o “no me hueí”) en lugar de “no me jodas”. En tales reflexiones etnolingüísticas estoy sumergido cuando oigo los bocinazos anunciando su llegada.
*
No fue buena idea. Algo le ocurre en sus brazos, en sus piernas, una vacilación peligrosa al volante. Conduce desconcentrado, ya no tiene la vista fija en el camino, voltea constantemente hacia mí cuando me cuenta algún episodio de su historial hospitalario, desde Ovalle a fines de los años cincuenta (peritonitis) hasta el mes pasado (infarto cerebral), cuando le aparecieron varias anécdotas y personajes de los que creía haberse olvidado.
Antes de meternos al túnel Zapata, por la ruta 68, le advierto que mejor mire hacia el frente. Yo ahora miro hacia atrás, me responde, y se ríe. Por favor, papá, mira bien el camino y deja de mover los brazos, porque si no, cagamos. Tranquilein John Wayne, amigou, está todo bajo control, me responde sonriendo.

Cuando niño, ese túnel de sólo trescientos metros de longitud ⎯obligatorio si viniendo de Santiago quieres sentir la brisa del Océano Pacífico en la jeta⎯, significaba la parte más emocionante del viaje (¿cómo lo habrá hecho el tío?, ¿habrá trepado el cerro para no ahogarse en el túnel?); pero ahora representa una seria amenaza. Los brazos de mi padre tiemblan. Los míos igual, junto a mis piernas, mis manos, todo. Ansío la inmovilidad perfecta y la prisa impecable: recuerdo ese verso de Rafael Cadenas y lo quiero decir en voz alta, ahora mismo, porque tal vez sean mis últimas palabras y morir pronunciándolas sería sumamente poético, o de novela, o de película; pero no hay caso, la poesía no se forma en la boca.
Esto no es nada poético, le digo entonces a mi padre, por decir algo, vislumbrando la oscuridad inminente del túnel Zapata. Me mira otra vez: ¡estai loco!, ¡esto es lo más poético que hay, hijo, no me jodas! Cierro los ojos. Está bien, moriré en la ruta 68, así de simple. ¿Sabís desde cuándo paso por este túnel yo? Abro los ojos: ahí están, como siempre, el cerro, los pinos, el muro de piedras, el hocico negro del túnel, y mi padre al volante, otra vez, contando una vieja historia.

Foto: Túnel Zapata.

