

Ah, que tú escapes en el instante
en el que ya habías alcanzado tu definición mejor.
Ah, mi amiga, que tú no querías creer
las preguntas de esa estrella recién cortada,
que va mojando sus puntas en otra estrella enemiga.
José Lezama Lima

A Matías Caloch le alcanzó el tiempo para terminar de leer una novela en su lecho de muerte. A ratos fue tortuoso. A ratos un remanso que le hizo olvidar que sus días estaban contados. A ratos sintió que ya estaba muerto, pero que había tenido que resucitar para terminar la lectura. Alguien, no se quien, y no importa, dijo que en el lecho de muerte sólo hay tiempo para leer un micro relato, pero no una novela. Matías, es preciso decirlo, emprendió esa tarea titánica cuando su salud parecía de hierro, al grado de que no hubiera sido insensato augurarle la lectura de una buena dosis de novelas de grosor desmesurado. Pero la muerte siempre tiene otros planes.
Las lunas del sol, ese último libro que leyó Matías Caloch, tenía 822 páginas y su autora no era muy generosa con los puntos y aparte. Svea Awiakta escribía, siempre, descarrilada, con una respiración fogosa que no admitía pausas, como si quisiera llegar antes de tiempo a una cita. Pero a Matías, esa desmesura, no le impidió establecer con ella una misteriosa comunión, como si todos los días de su vida encontraran eco en ese racimo de historias, tejido portentoso donde el estilo llano, la trama insólita, y a la vez tan terrenal, hizo posible un oasis en su vida. La verdad es que se lo merecía.
El argumento de Las lunas del sol no es sencillo y requiere de bastante memoria para asimilar lo que Svea Awiakta trató de construir: una arboleda donde el canto de 277 pájaros busca reproducir 277 estados de ánimo en la vida de una mujer. La historia transcurre en una comarca ficticia, fundada a partir de los recuerdos que Svea guardaba de su infancia en Upsala, Suecia, donde conoció a la poeta Karin Boye, que se convirtió en una profunda inspiración. No es exagerado decir que el principio de uno de sus poemas, “Idea”, desencadenó la búsqueda de ese yo que Svea nunca encontró:
Ahí no voy. Eso no soy yo.
Eso es sólo el falaz reflejo del espejo,
interrogando y preguntándose dónde debo estar,
deseando encontrarse algún día con su realidad.
Una poeta cubana, Aleisa Ribalta Guzmán, que mora en Suecia desde 1998, disecciona así la vida y la obra de Karin Boye:
“A Karin le duele todo, los brotes del árbol que despierta al fin de su letargo, la primavera aún en ciernes, su sexo despuntando inquieto al deseo. Y a Karin le duele, más que nada, que la ninguneen, que no le reconozcan su talento, que tenga que defenderse por ser diferente. Por eso un día, cansada y muy golpeada por la culpa, un día muy triste de sus escasos cuarenta años, Karin acaba con el martirio. Se toma todos los somníferos que encuentra y se queda dormida junto a una roca alta y lejana. Niña dormida en una ladera, así dice adiós a este mundo. Se va por fin, para poder ser Karin, más Karin que nunca, Karin ya para siempre.”
Esta digresión no brota de la nada. Providencialmente, es una coincidencia misteriosa, que entrelaza lo irremediable de la muerte con la fiesta que siempre propone la vida, aunque para ello requiere de nuestra complicidad. La enfermedad terminal de Matías Caloch, la desmesurada narrativa de Svea Awiakta y el suicidio de Karin Boye, están tejidos por la inmensa certeza de que ese destino implacable que nos espera no puede, no debe, suceder sin que labremos con nuestra vida una estela imaginaria, como polvo de estrellas que por los siglos de los siglos nos hará vagar en el Cosmos.
Matías Caloch fue un autodidacta que nació en Tlaxcala, México, y migró a Suecia en 1957. Se ganaba la vida sin tener trabajo fijo. Ofreció su mano de obra en buena parte de las fábricas y bodegas de Upsala. Los 40 años que vivió en Suecia los pasó demasiado ensimismado. Amaba al mundo, pero le costaba mucho relacionarse con cualquier terrícola, de cualquier género. Leer fue una adicción que lo mantuvo a flote. Escribía y destruía lo que escribía. Temía dejar huellas. Su polvo de estrellas vagará eternamente.

Fotografía de Raúl Silva

