

Las reflexiones más interesantes sobre la amistad vienen del mundo antiguo. ¿Y por qué? Pues porque en la Antigüedad la gente no consideraba la actitud filosófica como una actitud inherentemente escéptica, y por consiguiente no daban por sentado que la amistad tenía que ser algo distinto a lo que parecía ser; o bien, al revés, llegaron a la conclusión de que si la amistad era lo que parecía y nada más, entonces no podía ser tema para la filosofía.
Cordialmente,
John.
Mucho hay de indiscreción cuando nos asomamos a la correspondencia ajena. Estrictamente, los únicos lectores de las cartas tendrían que ser los remitentes y los destinatarios, pero la curiosidad suele ser más poderosa que la cordura y siempre mata al gato. En el mundo de la literatura, las cartas han adquirido un carácter de género y, con frecuencia, se han convertido en huellas para descifrar el camino de quienes las redactaron.
Las cartas, estrictamente, no se escriben para ser publicadas. Son intercambios con diversos grados de intimidad y confianza, complicidades que muy probablemente no existirían si quienes las compartieron hubieran sabido de la futura intromisión de metiches. Aunque, no lo olvidemos, siempre han existido esos seres que redactan sus cartas mirando fijamente a la posteridad, sobre todo quienes tienen su ego bien cimentado.
Se podrían escribir tratados filosóficos, sociológicos, científicos sobre las motivaciones y el valor que pueden tener las cartas. De hecho, seguramente existe un arsenal de disquisiciones y todo tipo de literatura que las diseccionan.

Por lo general, la naturaleza de las cartas es intima, así bien su contenido sea profundamente revelador o de lo más inocuo y banal. Puede ser terreno fértil para el autoconocimiento, porque escribirlas entraña comunicarse con uno mismo, sobre todo cuando se hacen revelaciones casi indecibles y se busca reflexionar profundamente. Pero también pueden ser territorios donde los lugares comunes, la hipocresía y la pésima redacción se explayen sin pudor. Nada del otro mundo.
Hace unos días terminé de leer un sabroso y apasionante intercambio epistolar entre dos escritores, Paul Auster y J.M. Coetzee. Su título: Aquí y ahora – Cartas 2008-2011. Se trata de un proyecto común que Coetzee propuso para que “podamos sacarnos chispas el uno al otro”, y vaya que desde el principio se manifiesta ese propósito, a partir de una reflexión sobre ese enigma insondable que es la amistad, cómo surge y cómo es que puede ser más duradera que los compromisos pasionales. Eso es precisamente lo que está en el centro de este libro: las infinitas formas en que la amistad se manifiesta. Auster y Coetzee dialogan sobre el deporte, sus familias migrantes, Palestina, el olvido, la memoria, las minucias de la vida cotidiana, el incesto, el frío en Nueva York, de la capacidad de la ficción para influir en la realidad, entre tantos otros tópicos encauzados por la amistad.
De ese intercambio del que nació Aquí y ahora, también se originó un documental con el mismo título, de la cineasta argentina Teresa Costantini. Cuando se presentó en abril de 2018 en Argentina, con la presencia de los dos escritores, Auster le dijo a Coetzee, refiriéndose a su intercambio epistolar: «Fue un proyecto curioso y muy placentero. De pronto, en mi cabeza me encontraba hablando de algo contigo, como si fueras un amigo imaginario. Te convertiste en mi otro yo ausente, algo que no me había pasado nunca».
En tu carta haces una distinción entre amistad y amor. Cuando somos
pequeños, antes de que se inicie nuestra vida erótica, no hay diferencia.
La amistad y el amor son una misma cosa.
Con calurosos recuerdos desde la tórrida Nueva York,
Paul.

Imagen cortesía del autor

