Al principio sólo es una muy vaga intuición: ¿se viene el diluvio otra vez?, ¿nueva pandemia?, ¿más elecciones? Luego, en forma de nube, la amenaza comienza a materializarse. Hay algunas otras señales, ciertamente: las palomas desaparecen, las puertas de Correos se azotan, el vendedor de rosas se espina, el bolero ni te mira los zapatos.

¿Qué pasa? Ya es demasiado tarde: desde el Palacio de Cortés, a paso lento, lo ves venir. El traje gastado, cabeza blanca, los anteojos culo de botella. Su cara enrojecida, manos temblorosas, pantalones embarrados. Ni modo: es él, indefectiblemente él: prepárate para resistir. Esconde los libros de Martin Heidegger, quita de ahí a los filósofos presocráticos, procura hacer desaparecer cualquier indicio de Johann Gottlieb Fichte y, de paso, huye.

Aunque toda precaución, con él, resultará una pérdida de tiempo. Te alcanzará igual. Olerá a Heidegger y lo encontrará. A los presocráticos los vio desde lejos. Y junto al libro de Fichte hallará lo que andaba buscando: a Lev Chestov. ¡Lev Chestov! Él entonces comenzará a respirar con dificultades, las manos le temblarán aún más y, dirigiendo su hipermetropía hacia el cielo inapuntable, exigiendo quizá alguna explicación sobrenatural, soltará un bufido antes de examinar el libro tan de cerca que tú verás cómo los pelos no del todo impolutos de su nariz chocarán contra las ocres páginas mientras él mueve vertical y horizontalmente su alba cabeza blanca, como si en realidad se estuviera persignando con el bendito libro. Y a ti se te podría ocurrir decirle algo tipo: “Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento”*; en cambio, sólo murmuras: cálmese, es sólo un libro de filosofía, por favor. Pero él ni te mirará ni te oirá porque él no se entera de tu existencia, ni del sublime externo, ni del viento. Sólo le interesa ese libro, nada más, y tú te preguntas cómo fue que viniendo de tan lejos, ambos, él y tú, coincidieron en este pueblo quieto donde han tenido lugar cruces mayores, mezclas explosivas, como la de Lowry y Rivera, Carrington e Illich, Puig y Mingus.

Pero eso a él no le importa. Le importa Lev Chestov. Le importa denunciar en voz alta quién es este Lev Chestov, cuándo y cómo lo conoció, y por qué finalmente se trata de un charlatán —¡otro más!— dentro de la vasta gama de charlatanes llamada historia de la filosofía. Y seguro, para darle más peso a sus palabras, gritará algo en alemán, en su alemán, una lengua realmente única, con la cual logrará espantar incluso al inmaterial cóndor que cada día pasa y pasa y no deja de pasar por las bocinas de la cantina aledaña a esta innombrable librería. Y después doblará el libro de Lev Chestov (un libro que ha surcado mares, desiertos, ¡cielos!) y de mala gana lo introducirá en uno de los bolsillos de su roído traje, desde donde también extraerá un billete de dos dígitos que, con displicencia, dejará caer al suelo y que tú, miserable piojo de pupila contraída, recogerás, pues con tal de ver la tormenta alejarse, todo se vale. Y cuando la tormenta en efecto se haya alejado a paso cansino, mirarás el billete, harás un somero análisis introspectivo y hasta te sentirás libre. Aunque no por mucho tiempo.

*Altazor, Prefacio.

Foto: Martín Cinzano.

Martín Cinzano