

A propósito de Alain Touraine
Alfonso Valenzuela Aguilera
Hace unos días falleció el sociólogo francés Alain Touraine a los 97 años, quien fuera analista crítico de la post-industrialización y los movimientos sociales, autor de 50 libros y tutor de influyentes académicos como Manuel Castells, recibió el premio Príncipe de Asturias en la categoría de Comunicación y Humanidades en 2010. A lo largo de su vida mantuvo vínculos cercanoscon México y otros países de América Latina –en donde vivió en distintos momentos– siguiendo de cerca los cambios políticos, económicos y sociales en la región.
En sus investigaciones abordó los cambios en el espacio urbano de distintas regiones francesas argumentando que el mundo moderno habría empezado con la creación de la ciudad como un acto político fundamental. En distintos momentos reiteró que la modernidad se manifiesta primero como objetivo político antes que una realidad económica, lo cual va a ser un punto de partida importante, toda vez que en sus orígenes, las ciudades se caracterizaron por la apertura, el potencial de cambio, la libertad, y la capacidad de organizar intercambios económicos o culturales.
Aprovecho para resumir una entrevista que le hice hace algunos años en el Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales en París, en donde Touraine sosteníaque el concepto de democracia en América Latina se encontraba todavía en proceso de naturalización, ya que en un inicio se consideró como una idea importada de otras latitudes, pero que empezaba a enraizarse en la región. En el caso de México, consideraba que después del terremoto de 1985 habría surgido un movimiento social espontáneo a través de comités ciudadanos que finalmente no derivaron en un cambio democrático inmediato, pero que sentaron las bases para cambios posteriores.
Un punto que consideraba de la mayor relevancia para el desarrollo de la democracia en el continente era evitar la captura del Estado por la corrupción, ya que de lo contrario, esto significaría un control del aparato político sobre los recursos, además de la destrucción del interés general que podría llevar a la disolución del Estado. Es así que los países en donde abundan los recursosnaturales como el petróleo, tienen que enfrentarproblemas de corrupción mayores como ha sido el caso de México, Venezuela y Brasil, en donde ésta se ha convertido en uno de los principales obstáculos para eldesarrollo de estos países a lo largo de la historia.

A pesar de todo, Touraine mantendría una opiniónpositiva con relación a las perspectivas de desarrollo denuestro continente, vislumbrando algunos avances –como la amplia cobertura del sistema de pensiones y del sistema de salud chileno– y en donde se apreciabanimportantes ejemplos de la capacidad de los grupos sociales para sortear las presiones económicas, argumentando que “[…] si no hay resistencia, es que no hay organización adecuada.” Al respecto comentaba que muchas veces se exagera el poder de los grupos económicos transnacionales, y que un Estado con determinación puede hacer frente a dichas tensiones alestablecer el marco y los límites de sus operaciones en el territorio.
Analista de movimientos sociales en América Latina y en el mundo, Touraine consideraba que la propuesta contestataria de los Zapatistas en México había sido un hito altamente original, que incorporaba reivindicaciones indígenas dentro de un esquema democrático fundamental. Sin embargo, y aún enmarcando procesos de innovación política inéditos, el movimiento no pudotrascender el aparato político-económico para conseguiruna apertura inclusiva de las distintas realidades del país.Comentaba en otra entrevista que “La importancia simbólica del zapatismo justifica la trascendencia del fracaso de su postura. La gran novedad de la acción zapatista hizo nacer la esperanza de una profunda renovación de la vida política en el continente. Pero ha sucedido lo contrario.”
En ese mismo sentido, argumentaba para el caso de Brasil, que el gobierno de Lula da Silva había sido unagran decepción debido a su renuncia a elaborar un proyecto a la vez político y social de cambio. Al respecto, señalaba que el rasgo más importante del sistema político latinoamericano había sido la constante incapacidad de crear tanto una democracia real como una revolución social más allá del populismo. Es por ello queno ha sido posible generar una política fundada en los derechos democráticos que permita emprender reformas estructurales profundas. Parecería entonces que su análisis sigue vigente tanto para México como para el resto de América Latina.

