El local de videojuegos que estaba hace muchos años en donde hace menos se ubica un Mc Donald’s era una galería de buen tamaño donde conocí GalagaCentipede, máquinas de pinball diversas y, no tal al fondo, el simpatiquísimo Donkey Kong.  

Era un juego en que el gorila tenía atrapada a una princesa que debía ser salvada por un monito, que muchos años después me enteraría iba a ser Popeye pero por algún asunto de derechos de autor se cambió por el conjunto de pixeles de gorra y overol rojos y bigote, cabello y camisa azul (cosa de los ocho bits y el fondo negro que obligaba a ese contraste). 

Para rescatar a la princesa el plomero tenía que avanzar por una serie de plataformas saltando y subiendo escaleras ayudado apenas por un martillo casi de su tamaño mientras el gorila le lanzaba barriles y enormes flamas amenazaban la vida del pequeño monito.

  

Entonces éramos muy niños para dimensionar la importancia que el pequeño plomero tendría en el mundo de los videojuegos. Tampoco podríamos saber que esa industria se convertiría en un motor económico mundial con un volumen de transacciones proyectado en más de 300 mil millones de dólares en el 2026; un nuevo medio para construir narrativas artísticas, de inclusión social, de entretenimiento, educación que ha resultado en las últimas décadas más importante económica y culturalmente que el cine y la música. 

México, por cierto, es el principal mercado de videojuegos en América Latina y el décimo en el mundo. 

En el centro de ese mundo, Mario una creación de Shigeru Miyamoto para Nintendo es el personaje más icónico entre los millones de caracteres que se han diseñado.  

Mario rebasó pronto a Donkey Kong como protagónico de su propia serie, se convirtió pronto en una franquicia que es pilar de la videojuegosfera, a la que ha impulsado, junto con otras sagas (Zelda, Pokemon, GTA, Resident Evil, Final Fantasy, Doom, Metal Gear, Pac-Man, Street Fighter, Fallou, The Sims, Call of Duty) como cimientos, columnas y hasta ornamentos de la cultura digital. 

Mario apareció, decíamos, por primera vez en 1981 en aquél famoso arcade del gorila. Entonces tenía un nombre bastante genérico (Jumpman) que evidencia la cautela con que las compañías japonesas realizan sus apuestas en la industria del gaming. Ellos no sabían aún la repercusión que tendría el personaje que pronto sería repensado con una osadía. 

En un mercado lleno de shutouts protagonizados por comandantes de flotas estelares; grandes atletas que conquistaban marcas; karatecas y otros combatientes que derrotaban a los más variados monstruos. Era notorio que algunos oficios muy de la gente común como los jardineros y los hamburgueseros, tenían empleos más o menos exitosos en juegos de galería. 

El Jumpman se redefinió pronto como un plomero italiano que se llamaría Mario (el oficio, la nacionalidad y el nombre le quedaban muy bien al conjunto de pixeles que le parecía tan simpático a niños y adolescentes). 

La redefinición tenía un objetivo bien calculado, Mario sería la estrella de un nuevo juego de plataforma, Super Mario Bros. que sería el emblema de la consola Nintendo Entretainment System (NES) lanzada en 1985. 

En esa consola lo vi por segunda vez. Francamente yo era bastante inútil para el sistema que era controlado por dos botones y una cruz para el movimiento y dos botones más para seleccionar e iniciar. El dispositivo era pequeño para mis manos acostumbradas a los joystick de los arcades y Atari, y hasta para el largo y más complejo control del Intellivision. Además, el juego era mucho más rápido, el pequeño plomero se movía a alta velocidad mientras uno sufría para controlarlo. Lo odiaba tanto que decidí acabar el juego pronto… Nunca lo logré, pero ya me había vuelto un fan del monigote.  

Luego vinieron nuevas versiones y nuevos juegos de Mario. Hoy se cuentan por cientos. Los más famosos, Super Mario World, Mario Strikers, Mario Party y mi favorito personal, Mario Kart. Es una saga intergeneracional, por cierto. Conocí la mayoría de los juegos de Mario por mi hijo. 

Salta ridículo fontanero, hop, hop, hop, hop 

Sheldon Cooper en The Big Bang Theory juega Super Mario Bros en su consola manual en la escalera y anhela “Oh, Mario… si pudiera controlar a todo el mundo tal y cómo te controlo a ti”. 

Mario es un símbolo global de los videojuegos y lo saben incluso quienes se alejan y hasta detestan esa cultura. Madres y padres controladores que no comprarían una consola a sus hijos los visten con playeras, adquieren peluches, muñecos, los llevan a las películas que protagoniza o en las que aparece el plomero italiano más simpático y famoso del mundo. 

Palabras como Mario, mushroom, Koopa o block son parte del lenguaje popular. La música del videojuego Gound Theme, es reconocida inmediatamente por la mayoría de la gente. 

La temática, la forma del personaje y sus adversarios, el desarrollo de la historia, permitieron que este videojuego en particular, y luego muchos otros, sean aceptados como parte del entretenimiento familiar. 

Además, el videojuego no solo rescató a Nintendo, también le abrió una puerta enorme a la industria digital en todo el mundo. 

Un plomero que educa 

Mario ha sido utilizado en la educación como ejemplo de diseño de videojuegos, por sus niveles claramente definidos, la progresión de dificultad y otros elementos de jugabilidad. La estructura de sus niveles permite evidenciar la curva de aprendizaje de los usuarios. 

Otro uso educativo es el desarrollo de habilidades como la resolución de problemas, la memoria espacial, la coordinación mano-ojo; y hay estudios que relacionan el jugar con Mario con mejoras de atención y planificación en contextos controlados. 

En las aulas se ha utilizado al personaje para la motivación lectora, la escritura de historias, proyectos de investigación, aprendizaje de la física, recompensas motivacionales y módulos lúdicos. 

El día de Mario 

Un consenso de la comunidad gamer fue nombrar el 10 de marzo como el Día de Mario. La designación de la fecha deriva de una simpleza: march 10 = mar 10 = Mario. 

Con ello se honra a la saga de videojuegos más vendida del mundo.  

Mario Kart 8 Deluxe vendió alrededor de 62 millones de copias. Super Mario Bros (la versión 8 bits) logró 50 millones de copias. 

En total, la saga ha colocado 262 millones de copias en el mundo. Nada mal para Jumpman convertido en plomero italiano.  

Por cierto, hoy, Mario es mucho más conocido que Popeye. 

Daniel Martínez Castellanos