
“…Y los sueños, sueños son”, escribió Pedro Calderón de la Barca y la naturaleza parece darle la razón pues, después de respirar y alimentarse, dormir es imprescindible para vivir. Parece un acto pasivo: cerramos los ojos, el mundo se apaga y el cuerpo se abandona. Sin embargo, bajo esa apariencia de quietud ocurre una de las actividades biológicas más complejas y decisivas para la sobrevivencia. El sueño no es una pausa, es un laboratorio nocturno donde el organismo se recompone y la mente se refresca en el ensayo de sus metáforas más profundas.
En el ser humano, el sueño es una función biológica regulada por el sistema nervioso central y por el ritmo circadiano, ese reloj interno sincronizado con la luz solar. Como explica el neurólogo Matthew Walker en Why We Sleep, dormir no es una opción evolutiva secundaria, sino uno de los procesos centrales del ser humano.
Durante la noche se alternan dos grandes fases: el sueño No REM (de ondas lentas) y el sueño REM (movimientos oculares rápidos), asociado a la ensoñación más vívida. El cerebro no se “apaga” al dormir, sino que cambia su patrón de actividad para cumplir funciones específicas, además de disminuir la frecuencia cardiaca y la presión arterial, se regulan hormonas como la melatonina y la hormona del crecimiento, se reorganizan circuitos neuronales vinculados con el aprendizaje, y se activa el sistema glinfático, encargado de eliminar desechos metabólicos del cerebro con el que se desechan proteínas asociadas con enfermedades neurodegenerativas.

Por si fuera poco, los científicos han demostrado que durante el sueño de consolidan memorias y aprendizajes. El sueño REM cumple un papel crucial en el procesamiento emocional. Investigaciones muestran que en esta fase el cerebro revive experiencias con menor carga de estrés, permitiendo asimilar vivencias difíciles.
Todos dormimos… bueno, casi
El sueño es un estado adaptativo presente en prácticamente todas las especies, mamíferos, aves, reptiles y peces muestran fases de inactividad regulada y disminución de respuesta a estímulos, casi como los humanos pero con sus propias características: los delfines duermen descansando un hemisferio cerebral a la vez; las aves migratorias pueden mantener microsueños en vuelo. Incluso la mosca de la fruta presenta ciclos comparables a los humanos.
El sueño no es un lujo humano: es una estrategia biológica, y aunque en el reino vegetal no se duerme en sentido neurológico —ahí se carece de sistema nervioso—, sí hay ritmos circadianos. Se ha demostrado que las plantas poseen un reloj interno que regula apertura de flores, crecimiento y actividad metabólica. No es sueño en términos cerebrales, pero sí una coreografía biológica que responde al ciclo de luz y oscuridad.

Dormir poco es factor de riesgo para la salud
La Organización Mundial de la Salud subraya que la privación del sueño está vinculada a trastornos de salud mental. La falta crónica de sueño se asocia con mayor riesgo de hipertensión, enfermedades cardiovasculares, obesidad y diabetes tipo 2.
En México, la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición ha identificado que una proporción significativa de adultos reporta descanso insuficiente, mientras que especialistas de la UNAM han advertido que el uso nocturno de dispositivos electrónicos altera la producción de melatonina.
A nivel mundial se han identificado por lo menos 80 trastornos relacionados con el sueño, entre los que se encuentra la Apnea Obstructiva del Sueño que afecta a alrededor del 4 por ciento de la población adulta mundial.
Un dios que modela los sueños
Antes de que la neurociencia explicara las fases REM, los antiguos imaginaron al dios que daba forma a los sueños. En la mitología grecorromana, Morfeo —cuyo nombre proviene de morphê, “forma”— era hijo de Somnus (el Sueño) y uno de los encargados de aparecer en las ensoñaciones humanas adoptando rostros conocidos.
El poeta latino Ovidio describe cómo Morfeo podía imitar voces y gestos humanos para transmitir mensajes oníricos. Sus hermanos, Ícelo (o Fobétor) y Fántaso, adoptaban formas animales u objetos. La tradición cuenta que Morfeo habitaba una caverna rodeada de amapolas, símbolo vegetal del adormecimiento.
Y, cuando Morfeo está de malas, vienen las pesadillas que son sueños perturbadores que despiertan al durmiente con miedo intenso o ansiedad. La clínica médica las clasifica como parasomnias asociadas al sueño REM y su repetición frecuente es también un trastorno del sueño pues alteran la calidad del descanso que el organismo busca al dormir.
¿Hay sueños proféticos?
Ya sea por los dioses o por lo que se acostumbra cenar pero, desde tiempos inmemoriales y en todas las culturas, el sueño también se ha revestido de magia. Desde la Antigüedad, es generalizada la creencia de que ciertos sueños anuncian acontecimientos futuros. En la tradición griega se distinguían sueños verdaderos y engañosos; Virgilio, en La Eneida, menciona las puertas de marfil y de cuerno como metáfora de visiones oníricas falsas o auténticas.

Pero en la actualidad, para la ciencia, el futuro en una bola de cristal o sobre la almohada es algo que sencillamente no se puede saber, aun así, algunos psicólogos sugieren que el cerebro procesa información y patrones complejos de forma inconsciente, generando escenarios que después parecen coincidir con la realidad. Muchas supuestas profecías podrían explicarse por esta interpretación retrospectiva, así, el sueño profético, más que anticipación literal, puede ser metáfora del poder intuitivo de la mente.
Apague la pantalla y encienda el sueño
En una época marcada por pantallas encendidas y jornadas extendidas, dormir ocho horas puede parecer un lujo. Sin embargo, es una necesidad profundamente humana para cuidar el cerebro, restaurar el cuerpo y preservar la imaginación.
Desde Morfeo hasta la neurociencia, desde la pesadilla hasta la supuesta profecía, el sueño sigue siendo territorio de preguntas. Biología y símbolo. Ciencia y mito. Descanso y revelación. Pero sus efectos son tangibles y decisivos para la salud y los procesos de nuestro organismo, en pocas palabras dormimos por sobrevivencia, no por ocio. Dormimos para recordar y también dormimos para seguir imaginando.







