La imagen televisiva no parece dejar duda de lo que ocurrió en la cancha. Todos lo vimos. Es un juego de alto nivel, en el que uno de los protagonistas (Vinicius Jr.) forma parte del equipo de enorme tradición y arrastre mundial. Se trata de la competencia anual de futbol de mayor competitividad y máximo atractivo entre los aficionados al futbol, la champions league. En ese contexto, cualquier aficionado daría su veredictoel jugador que se sube la playera para tapar su boca, lo hace para que no se lean sus labios y se acerca a quien metió el gol para agredirlo verbalmente con expresiones racistas. Hay premeditación en su actuar. 

Quienes hemos jugado futbol (así sea llanero, como en mi caso) sabemos que dentro de la cancha se dicen muchas cosas y se recurre a artimañas para desconcentrar al rival, sacarlo de quicio o provocarlo para que cometa errores. Es parte del juego. En ocasiones, aunque es ilegal, se busca “ablandar” con una patada de más, a quien se identifica como el mejor del equipo rival, hay ejemplos en mundiales, en ese sentido. Asimismo, es normal que el autor del gol lo celebre con mucho más que la mera euforia y que tenga un fondo de burla deportiva. Así es el futbol, al igual que ocurre en otros deportes colectivos. Es una falacia pretender justificar tan reprochable acción racista en que hubo provocación por la forma del festejar.  

A propósito de lo ocurrido en el estadio portugués, se pueden distinguir tres situaciones visibles que se presentan en el futbol actual:  

1) La transformación, con el devenir del tiempo, del apoyo por parte de los aficionados, al equipo de sus preferencias con gritos de aliento y de ánimo a los jugadores, a la actual agresión deliberada, acordada y uniforme, por parte de los propios aficionados, con insultos y lanzamiento de proyectiles a la cancha, en contra de los jugadores del equipo rival. El ataque puede ser dirigido a alguien en particular, como ocurre en contra del portero rival o contra quien hace goles al equipo que apoyan.  

2) El escalamiento del grado de agresión del público, de mera burla y recordatorios familiares, sin afectación grave, a la actual actitud malintencionada que se convierte en un ataque a la dignidad de los jugadores. Se ha rebasado el límite. Ahora el ataque se dirige en contra de la persona per se y no del jugador por sus aciertos o errores deportivos. Esto ha derivado en los recurrentes y, casi imparables, gritos homofóbicos y racistas.  

3) En la línea de escalamiento de las agresiones, viene algo todavía más inquietante y preocupante, la de que sean los protagonistas en el campo de juego los que rebasan la línea común de provocación, para incurrir en conductas violatorias a la dignidad de su compañero de profesión. Eso, a todas luces es inadmisible. Ya no se trata de alguien anónimo que se oculta en la muchedumbre, sino de un jugador (o entrenador) que es visto por todos, entre ellos jóvenes y menores que buscan emular a sus ídolos.   

En los dos primeros supuestos, las autoridades deportivas han buscado esquemas preventivos y sancionatorios. Se cuenta con protocolos de actuación ante situaciones de actos y gritos racistas. Hay sanciones a los equipos (veto de estadio, jugar sin público, entre otras). Por su parte, un tribunal de Madrid impuso sanción privativa de la libertad, por delito de odio, al agresor del propio Vinivius Jr., en un juego de la liga española. 

En el caso por resolver, es obligado que haya ejemplaridad de sanción por actos racistas de un jugador en contra de otro jugador. Creo que además de la suspensión de juegos (debe ser la pena máxima en ese rubro), hay que agregar la disculpa pública por parte del agresor, en la que se cumplan un mínimo de condiciones, por ejemplo, transmisión en vivo del evento en medios de comunicación y en redes sociales del club del que el agresor forma parte, como del club del jugador agredido; en ese acto se requiere hacer referencia explícita a la conducta racista que se cometió. 

Igualmente, propongo que el jugador agresor tenga que acreditar cursos teórico-prácticos de sensibilización en temas de discriminación, homofobia y racismo. Pero no solo acreditarlo, sino de que haya seguimiento sobre el impacto a futuro, que tiene en la conducta del jugador sancionado.  

Ante el Mundial que tenemos a la vuelta de la esquina, se debe ser contundente para cortar de tajo conductas violatorias de derechos humanos, cometidas dentro de un campo de juego. ¡Alto a la violencia verbal!, ¡alto a las agresiones discriminatorias!, ¡alto a conductas racistas en el deporte! Queda en manos de las autoridades deportivas mostrar firmeza. Los ojos del mundo están puestos en ellos.  

* Investigador Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII) / eguadarramal@gmail.com 

Enrique Guadarrama López