Unos lanzamientos biográficos de un jugador de cuadro 

Para Toño Ávila y Juan Eduardo Martínez, por la pasión compartida 

Mi primer guante de beisbol me lo trajeron los Reyes Magos. Era una manilla, como se les llamaba en esos tiempos a los guantes de beisbol para jugar el cuadro, no una mascota de catcher ni un Newman de primera base. Era de piel color café y de la marca Seyer. Para entonces, el beisbol ya era la pasión de mi infancia. Las razones de ese sentimiento son varias raíces que se entrecruzan en mis recuerdos. Mi memoria, afortunadamente sin respeto por el orden cronológico, lanza su primer pichada: la afición por este gran deporte viene de la parte materna. Aunque íbamos junto con mi padre a los partidos de beis al Parque del Seguro Social, era mi mamá, la maestra Carmelita Luna Arroyo, quien sabía más de la pelota; conocía a los peloteros y me hablaba de algunos de sus ídolos que ya se habían retirado como Ángel Castro o “Mamerto” Dandridge —tenía ese apodo por su forma de caminar con las piernas arqueadas, igual que un personaje de un cómic de sus tiempos. 

No recuerdo cuál fue el primer partido que presencié con mis padres, pero seguramente fue uno en el que jugaban mis Diablos Rojos del México. Para esa época, como niño, recorrí muchísimos diamantes, empezando por el imaginario que se construía frente a mi casa sobre la calle Laguna de Guzmán donde se jugaba con bola de esponja y se le pegaba con la mano. En esa colonia muchos de los niños y jóvenes que practicamos ese deporte callejero tuvimos la suerte de tener un vecino —un mulato, hijo de padre cubano— que era un gran beisbolista y mánager de equipos de ligas organizadas. Así, gracias a Virgilio Diago, pisé campos de verdad. 

Mi primer diamante reglamentario, con caja de _home_ y líneas pintadas con cal, fue el del INJUVE (Instituto Nacional de la Juventud) que quedaba por los rumbos del aeropuerto, y mi primer uniforme de pelotero era azul con letras rojas que decían “Pepsi Cola”, según la fotografía que conservo en la cual a mis ocho años estoy sentado en primera línea. Mi recorrido por los campos de beisbol me llevó a jugar en las ligas pequeñas; primero en la Azteca, que tenía un precioso campo con césped natural y dugout, y en la que fui titular de la tercera base con el equipo Nahuas. Al cumplir los 12 años, ya como estudiante de secundaria, subí de categoría y llegué a la liga del Colegio Americano en cuyos impecables campos, durante dos temporadas, fui el mejor shortstop de la liga. Fildeaba tan bien que jugaba todos los juegos, a pesar de mi paupérrimo porcentaje de bateo. De aquellas temporadas no puedo olvidar algo que ocurría fuera del diamante. Resulta que a los padres de los jugadores se les pedía, si lo deseaban, que prepararan algo de comida para el público. Mi mamá, que no se perdía ninguno de esos sábados, decidió preparar unas tostadas de pollo que aderezaba con chorizo de Malpaso, un toque de orégano y chipotles al gusto. Eran un éxito, tanto que pienso que el público de los sábados no asistía a ver el juego, sino a probar las deliciosas tostadas que mi madre elaboraba una por una. 

Más tarde, ya como estudiante de preparatoria, regresé a la liga al ser invitado como _coach_ de mi antiguo equipo. Ese paso por el beis me hizo entender la angustia de estar en el campo dando instrucciones y no poder jugar, sobre todo en una ocasión en la que el mánager fue expulsado y tuve que tomar las difíciles decisiones de sustituir al corredor de primera, mandar robar una base y cambiar al pitcher que tenía la casa llena. Afortunadamente ese juego lo ganamos, si no hubiera sido así no lo estaría escribiendo.  

Por un largo tiempo dejé de practicar el beisbol porque mis hermanos Óscar y Martín me alejaron para llevarme al “deporte blanco” el cual practiqué por 20 años. No obstante, debo agradecerle al tenis que, cuando regresé a vestirme de pelotero, lo hice con mi bateo sustancialmente mejorado, avance que atribuyo a dos factores: la larga práctica del tenis me enseñó a ver y medir el ritmo de la pelota lanzada por los pitchers y, aún más importante, los consejos de mi amigo Ramón “el Abulón” Hernández quien logró —aunque no del todo— corregir un interminable número de defectos que tenía al intentar conectar la pelota.  

Con dichos progresos mi regreso a los diamantes fue, sin modestia alguna —y para mi sorpresa—, buenísimo. Con el equipo representando al D.F. colaboré en el triunfo de cuatro de los cinco campeonatos nacionales organizados por el IFE y después por el INE. También, en la representación de ese equipo, ganamos otro campeonato en un torneo nocturno en los campos de la Liga Olmeca. En todos ellos mi porcentaje de bateo estuvo arriba de .300. De estos lanzamientos biográficos los mejores fueron dos inimaginables para el niño que fui alguna vez. En mis fantasías deportivas pensé en muchos momentos, pero en ninguna surgió ni de cerca lo que ocurrió una mañana: es el juego contra Sinaloa en el torneo del INE, estamos empatados a una carrera en la quinta entrada, es el partido que definirá el campeonato; con dos outs le dan base intencional al Capi Narváez, nuestro catcher y tremendo bateador, con el fin de poncharme a mí y cerrar la entrada. El _pitcher_ es un lanzador experimentado e hijo de una leyenda del beisbol profesional, Daniel “la Coyota” Ríos. En una bola con cero strikes el pitcher lanza una pelota baja a la equina de afuera, voy por ella con los movimientos enseñados por “el Abulón” y se produce el milagro… al conectar esa curva veo al Capi salir corriendo despacio, al dar vuelta por la primera base observo al ampáyer que levanta la mano derecha y muestra cuatro dedos. Yo sin entender esa señal sigo corriendo apresurado hacia la almohadilla de la segunda base hasta que escucho en el sonido local algo que no creí posible: ¡se fue, se fue, home run! Aún recuerdo con claridad las palabras del “Abulón” —quien dirigía desde el cajón de coach de tercera— cuando pasé por la base y me dio la mano para felicitarme: “La botaste, ¡ahora a ver quién te va aguantar, pinche Biólogo!”, me dijo con su acento alvaradeño.  

El otro momento fantástico, pero también real, que quiero compartir lo viví no en sueños sino en un diamante de verdad y me habría gustado que hubiera sido narrado de la siguiente manera en la voz de Óscar “el Rápido” Esquivel: “Desde la loma lanza la leyenda Alfredo «el Zurdo» Ortiz una curva que es bateada de rola por el shortstop, con la elegancia inconfundible de sus manos la levanta su paisano Ramón “el Abulón” Hernández que tira a segunda base donde “El Biólogo” cubre, pivotea con agilidad y hace un tiro exacto a primera base al guante de Rubén Esquivias, ¡sí, señores, fue doble play!”. Sí, queridos lectores y aficionados al rey de los deportes, en los libros de mi memoria está registrado con letras de oro el recuerdo imborrable de la tarde en la que hice un doble play con estos inmortales del beisbol mexicano. 

Nunca —ni cuando me alejé de practicarlo en mi época de tenista— he abandonado la pasión y el placer de seguir en vivo el beisbol desde la adolescencia cuando me iba solo al Parque del Seguro Social, al menos una vez a la semana, hasta su dolorosa desaparición muchas décadas después. En ese parque de Avenida Cuauhtémoc y Obrero Mundial viví buena parte de mi biografía, muchas veces rodeado de afectos primero familiares; luego con otra compañera, la soledad adolescente; y después con grandes amigos. En ese diamante creció mi amor por el beisbol, el único deporte —he ahí una de sus maravillas— en el que la defensiva siempre tiene la pelota. 

El lanzamiento con el que cierra este juego no es propio, lo encontré en las palabras del gran escritor Philip Roth quien describe como nadie lo que significa llevar en la biografía al rey de los deportes. Aquí les comparto algunos _strikes_ lanzados por su pluma (publicados en “My Baseball Years”, en National Geographic, en 2002): “Entre la primera vez que vi a los Newark Bears y los Brooklyn Dodgers a los seis u ocho años y la primera vez que leí _Lord Jim_ de Conrad, ha crecido algo, lo que quiero decir es que mi descubrimiento de la literatura y la ficción en particular se deriva en parte de ese embrujo por el beisbol de mi infancia. O, más precisamente, el beisbol y su sabiduría, su leyenda, su poder cultural, su relación con las estaciones, su autenticidad nativa, sus reglas simples, sus estrategias transparentes, su emoción, su espaciosidad, su suspenso, su peculiar tedio hipnótico, su heroísmo, sus matices, sus personajes, su lenguaje y su mítico sentido de sí mismo, fue la literatura de mi niñez”. 

Pero el juego continúa, como diría Yogi Berra: “no acaba hasta que se acaba”. Esperen algunos extra innings en otras Vagancias. 

*Bailarín tropical apasionado de viajes, bares y cantinas, que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad. 

Foto: Cortesía del autor
Jorge “El Biólogo” Hernández