(Primera de dos partes) 

Gabriela Videla

Como periodista y miembro del proyecto de Prensa popular María Liberación del Pueblo y Correo del Sur, en Cuernavaca, entre los años 1976 y 2010 estuve como testigo y a veces colaboradora en tareas sencilla o difíciles en la colonia Lagunilla del Salto, especialmente en los grupos de mujeres. Esta cercanía y relación me enriqueció de muchas maneras y me hizo parte de su sueño.   

El presente relato hace un corte a los 21 años de quehacer colectivo de los habitantes de esta colonia, situada en una amplia loma, muy cerca del centro de Cuernavaca, cuyo ascenso comienza en el Río del Pollo, única fuente de agua en los inicios.  En otra entrega llegaremos a tener la visión de un rico proceso de 50 años, mismos que se cumplen el 28 de febrero y se celebran el domingo 1 de marzo. Dos libros, cuyos autores son parte de nuestra universidad se han publicado recientemente y pronto daremos cuenta.   

Este relato es parte de la historia de la Colonia Lagunilla del Salto, ubicada al poniente en el Municipio de Cuernavaca, Morelos.   En 1997, habían transcurrido 21 años del inicio de las acciones de lucha por la vivienda digna y por una comunidad organizada y desarrollada en la tierra que perteneció a sus antepasados.   No los había derrotado la desunión, ni la complacencia. A 21 años de su fundación, también luchan por hacer de la tierra la base de su sustentabilidad alimentaria y por conservarla como barrera al despiadado crecimiento urbano, mediante el desarrollo de proyectos productivos y ecológicos.  Una tarea demasiado grande y con fuertes intereses sobre la tierra y la economía.  

El poblado o pueblo de San Antón donde se origina el proceso data oficialmente desde los tiempos de la conquista española, aunque ya un siglo antes era uno de los trece asentamientos tlahuicas. Al tiempo de la toma de la tierra ya existían 14 colonias alrededor del ejido del Salto de San Antón, mismo que se extendía en lomas y barrancas de difícil acceso al poniente de Cuernavaca. Con esta topografía no era fácil su urbanización, como tampoco el desarrollo de la agricultura. 

Como narran los testigos de esta historia, sus padres, campesinos que recibieron sus títulos ejidales luego de la reforma agraria, en 1936, envejecieron y dejaron sus tierras sin trabajarlas; igualmente, sus hijos formaron sus familias y se convirtieron en habitantes de cuartos en vecindades de colonias pobres, mientras las tierras de sus padres quedaron abandonadas.   

Cuando los hijos de estos ejidatarios formaron sus propias familias se percataron que vivían de allegados o no tenían dónde vivir y sin embargo eran herederos de esa tierra, que por la vía de la corrupción o de la apropiación por parte del gobierno, estaban a punto de perderla. La decisión de tomar sus propias tierras se gestó también en la reflexión de algunas de esas familias que eran   miembros de comunidades cristianas y que habían visitado las faenas dominicales de la colonia Rubén Jaramillo junto con el Obispo Sergio Méndez Arceo, quien ya predicaba sobre la justicia social.  

Nos acercamos a una realidad que involucra al mismo tiempo al campo y a la ciudad, que enfrentaba el irreversible proceso de urbanización de Morelos. En menos de treinta años, la entidad se había transformado de rural en urbano, con un precio muy alto para los sectores campesinos que vieron desaparecer sus tierras cultivables y transformarse en un paisaje de fraccionamientos de lujo y de invasiones de gente pobre que de la noche a la mañana levantaban sus chozas. 

Esta es la experiencia de esos colonos pobres que carecían de vivienda. Convergían la necesidad, la influencia de la reflexión cristiana en las comunidades de base, el aporte de los universitarios y sobre todo el reencuentro con la identidad de hijos de campesinos a punto de ser despojados de sus terrenos, tanto por fraccionadores como por políticos.  Esta contingencia los moviliza, los organiza, les da valentía para enfrentar aún el riesgo de la muerte en la toma que organizan en su propia tierra. Así se formó la Colonia Lagunilla del Salto.  

Eran treinta personas los que empezaron, luego ochenta, hasta completar cuatrocientas familias.  Hoy, más de 10 mil personas habitan en esta colonia y otras aledañas. Es la única colonia popular en Morelos que colectivamente previó su crecimiento, que organizó sus espacios y servicios y puso las bases para una vida digna y una convivencia a un nivel humano. El impacto de la urbanización y sus secuelas también están allí, pero existen oportunidades y liderazgos para enfrentar los nuevos problemas y retos.  

La estrategia seguida por sus líderes apuntó: no al aislamiento, sino al reconocimiento, a las relaciones sociales, económicas y políticas en diferentes niveles. Su trabajo de capacitación interna, de manejo de ciertas tecnologías y métodos cooperativos, su trabajo de gestoría ha rendido importantes resultados para el desarrollo local. 

Antonio Bello destacado dirigente.

Esta es una historia de las relaciones entre los propios miembros de la comunidad, de ésta con las instituciones del Estado; es la historia de la solidaridad entre los pobres y la guerra entre los pobres, como lo documenta la prensa. Es la historia de la relación entre las micro realidades y las realidades macroeconómicas y políticas.   

Pero en el centro de esta historia nos encontramos con los sueños que traen algunos hombres y mujeres; un porfiado sueño por la justicia para los desheredados que van logrando hacerse realidad a través del tiempo y que va incorporando a otros hombres y mujeres que tienen sueños de días mejores: estos borran barreras políticas e ideológicas y los hace ser fuertes ante la adversidad y los desafíos. 

Por eso hay continuidad. A 21 años de los inicios, algunos de los mismos actores de la toma de la tierra y otros nuevos – ejidatarios todos del Ejido el Salto- insisten en prohibir la venta de tierras., Quieren plantar una barrera de milpas, árboles frutales y hortalizas para que la ciudad de Cuernavaca no crezca más hacia el poniente, quieren defender a toda costa las hermosas barrancas y las corrientes aun cristalinas donde anidan animales y plantas ya extinguidas en la ciudad.  Y todo esto, mientras el trabajo es cada vez más duro, los créditos más difíciles, las ayudas del gobierno son inoportunas u oportunistas. Para estos ejidatarios la seguridad alimentaria y ecológica son   tan importantes como la seguridad de la vivienda. 

A veintiún años de los inicios, hombres y mujeres del ejido, de distintas edades, se mueven como hormigas laboriosas en diversos comités y múltiples tareas. Cuando la mayoría de los ejidos se han desintegrado y los campesinos son peones de los fraccionamientos, ellos insisten en los comités para diversas tareas y proyectos, y en las asambleas mensuales y en el uso común de las tierras comunales, están listos para las innovaciones tecnológicas basadas en sus usos y costumbres que los lleven a la sustentabilidad. 

Sus proyectos sociales (para apoyar a los más necesitados), sus proyectos económicos (infraestructura, proyectos productivos) y sus proyectos ecológicos (protección de las barrancas, mejoramiento del suelo, agricultura sin químicos, etc.) están en los escritorios de los burócratas, en las embajadas, en las agencias internacionales, que empiezan a percibir algo distinto y valioso. Algunos de ellos, con su apoyo, quieren ser parte de esta aventura. 

Como en aquella etapa de la construcción y desarrollo de la colonia, los profesionales y las ONGs más cercanas que han trabajado con estos colonos y campesinos empiezan a hablar de «modelos» que esta comunidad crea e implementa.  

Y como hace veintiún años… de nuevo subsiste el obstinado sueño. Cuando estos campesinos-colonos explican sus proyectos que pretenden abarcar a los 108 ejidatarios del núcleo ejidal lo dicen así: «es nuestro sueño hacer un parque turístico.  La presa sobre la Barranca Tilapeña que tiene agua clara todo el año es otro sueño, y las parcelas integrales sobre la loma del Literero… para que los compañeros no se vayan a sufrir “al otro lado” y porque debemos preparar el futuro de nuestros hijos que no tienen cabida en el mundo de la economía globalizada…» 

En la formación y organización de esta colonia también participaron ejemplarmente universitarios y profesionales en el diseño de una colonia popular adecuada a las necesidades y opiniones de los pobladores. Fue justamente la organización democrática y el método participativo que permitió pensar en los espacios habitacionales y comunitarios, y en servicios a la escala de la dignidad humana. La solidaridad en este caso tiene múltiples expresiones y actores, entre ellos, los periodistas, los arquitectos, la universidad, los movimientos políticos, los religiosos, los colonos y ejidatarios, las ONGs, las agencias de desarrollo y más voluntades… y en estos días, esta colonia celebrará 50 años de existencia. 

La Jornada Morelos