José Manuel Meneses Ramírez*

El discurso oficial es que la gobernabilidad está garantizada. Sin embargo, la gente de a pie podemos decir que no es así. Más allá de la burbuja que protege a algunos cuantos, entre la población se vive miedo, cuando no terror abiertamente. No es para menos, pues se percibe por todas partes la inminencia de una muerte violenta. Lo cual es por sí mismo un despropósito en el contexto de un estado constituido.  

Los hechos derivados del operativo de Tapalpa, Jalisco, son una muestra de ello. En medio de la vendetta del crimen organizado, sobre la cresta del terror la ciudadanía estuvo abandonada. De eso dan cuenta cientos de videos y testimonios ciudadanos. Pensemos en la situación específica de Puerto Vallarta. La gente en este importante destino turístico quedó abandonada a su suerte. El recuento señala 200 vehículos y 33 tiendas de autoservicios calcinados. Frente a esto, como ciudadano, uno se pregunta muchas cosas, entre ellas dónde estaban las policías y el ejército. Acaso el multicitado departamento de inteligencia del ejército mexicano no supo anticipar las represalias del crimen organizado, sobre todo cuando ese escenario ya había ocurrido durante el nefasto episodio conocido como el Culiacanazo. ¿Acaso se trata de una ecuación que muestra lo más abyecto de los daños colaterales? Ya decía Cicerón historia est magistra vitae, es decir, la historia es maestra de la vida y quien no la conoce, está condenado a repetirla. 

Algo queda claro en la percepción del ciudadano promedio, el estado mexicano está superado. Eso se dice en los taxis, en la fila de las tiendas o en el transporte público. Las imágenes que el domingo 22 de febrero ha dejado para la historia son un manifiesto anti-político, es decir, disolutivo de los elementos básicos de un estado. Sobre todo, porque confirman que hace tiempo que no existe un monopolio en el ejercicio de la violencia física en México. Aquí, puedes morir en la carretera, en un restaurante o en la tiendita. Hay zonas, colonias, carreteras que a todas luces están vedadas y es mejor volverse o, de plano, cerrar los ojos. La soberanía está fragmentada y lo que se observa es que nuestras autoridades no atinan a recoger sus pedazos desperdigados por el suelo. Sí, claro, podemos marcar como un extremo lo ocurrido en Puerto Vallarta, ahí se mostró la capacidad destructiva y la impunidad con la que operan los grupos del crimen organizado. No solo son más fuertes, sino que tienen más presencia y control en determinadas zonas de nuestro país, sino que están dispuestos a manifestarlo de acuerdo con el juego de sus intereses a través de la estrategia de guerra de guerrillas con esteroides. 

Una vez más, Jalisco, Guanajuato, Michoacán son presa del caos provocado por años de complicidad y corrupción. Por todo esto, el operativo en Tapalpa es un quiebre. Nada más triste que las condiciones del Código Rojo en Jalisco, ya que contiene una súplica a los ciudadanos de resguardarse y una aceptación tácita del gobierno de la presencia de una fuerza beligerante en su propio territorio. A esto se le suma la alerta emitida por la Embajada de los Estados Unidos de Norteamérica para sus ciudadanos. El mensaje es triste, prácticamente se trata de una entrega del espacio público ante la voluntad herida del crimen organizado, en tanto, los ciudadanos deben esconderse en su casa o, en el extremo, defenderse por sus propios medios. Pero, lo que raya en el surrealismo es que dichas imágenes, con autobuses, tráileres y vehículos en llamas, no se correspondan con el número de aseguramientos, presencia de la guardia nacional, de la marina y del ejército. Por el contrario, las calles humeantes de Puerto Vallarta ahora son una declaratoria gráfica de la incapacidad del estado mexicano.  

Como ciudadano, después de ver gente armada en las calles de las ciudades del centro del país, de sentir el miedo y después de ver ese pánico dominical inédito, pero, sobre todo, de vivir las afectaciones en carreteras, negocios y trabajos, me resultan insensibles e inhumanas las palabras de la farsa que plantea el discurso del gobierno federal donde se reporta para el día lunes un país libre de bloqueos. Para concluir recordemos una vez más a Cicerón y otra de las claves en su noción de historia, además de enseñarnos el pasado, la historia es también manifestación de la verdad del presente, es decir, lux veritatis. En este sentido, la devastación de Puerto Vallarta quedará como un manifiesto para la historia. El trabajo de periodistas y ciudadanos que documentaron los hechos ha exhibido lo peor de la clase política mexicana, sobre todo, esa inexplicable e insistencia en blanquear todo en el discurso a pesar de que México este ardiendo en pedazos. 

* Filósofo y politólogo 

Foto: Redes Sociales
La Jornada Morelos