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Una invitación a la lectura 

Omar Alcántara Islas *  

Siempre es un buen momento para invitar a la lectura, sobre todo ahora, que está iniciando el año y no falta quien tenga como propósito comenzar con esta actividad. El primer paso, el más importante, para quien no tenga el hábito o quiera cultivarlo, será ese, reunir el tiempo, el valor, la voluntad o lo que sea necesario, y aventurarse, poco a poco, por uno de los caminos más extraordinarios que ha inventado la humanidad y, por lo cual, habrá siempre que celebrarla, aunque esta misma especie, de repente, también nos arrebate, por su terquedad e imprudencia, los motivos para enorgullecernos de pertenecer al género humano.  

Ese logro fenomenal es la invención de la palabra escrita y la posibilidad de conservarla durante siglos, o milenios, en esos artefactos llamados libros que, con asombro para nuestros tiempos, no necesitan baterías (o un enchufe) para cumplir con su función –aunque haya, por supuesto, algunos que sí–. Y aunque existen ejemplares que pueden ser pesados por su gramaje, cuando uno descubre el placer de la lectura, el número de páginas que pueda tener un libro, no se compara con la levedad del alma, del espíritu, de la conciencia, o como quiera llamar uno a esa capacidad de la mente con la cual, sin tener máquinas individuales para viajar en el tiempo y el espacio, podemos experimentar que las tenemos.   

Tal vez, para quien da sus primeros pasos en este universo, pueda resultar apabullante el no saber qué camino elegir habiendo tantos, ya que cada libro –se ha usado la metáfora hasta la saciedad, pero no por eso deja de ser cierta–, es una puerta abierta a un mundo único. Pero, también es cierto que, así como hay libros que son una especie de comunión, respeto y vida en común con el árbol que les ha otorgado existencia, del mismo modo hay otros que podrían hacer llorar de pena al árbol más estoico, por su intrascendencia, superficialidad o falta de humanidad. Por esto es que leer buenos libros es para la mente lo que el ejercicio bien hecho es para los músculos. 

Pero ¿quién elige qué vale la pena leer en este vasto cosmos? ¿Quién tiene el derecho de sancionar lo que merece rescatarse del olvido, y seguirse imprimiendo, para que las futuras generaciones conozcan esos textos? Aunque a muchos no nos guste, siempre existen las leyes del mercado; pero también, a pesar de estas, siempre hay libros que, en las aulas o en las pláticas cotidianas entre familiares y amigos, en medios de comunicación serios, o en otras partes, rompen con esas inercias mercantilistas y, por su poder, se siguen recomendando y leyendo. Esos libros se conocen como clásicos.  

¿Cómo definir un clásico? Otra gran pregunta que han tratado de contestar artistas inigualables en el arte de la escritura, como Jorge Luis Borges o Italo Calvino, por mencionar a un par de estos mismos clásicos. Apoyándose en ellos, es posible decir que nadie parece ser indiferente a un libro como El principito, por poner un ejemplo; mientras todo mundo sigue hablando del Quijote, aunque es probable que la mayoría de los hablantes de español en el mundo no hayan leído este monumento a la lengua castellana y al arte de hacer reír.  

Mas, comenzar por El Quijote podría disuadir a lectores principiantes; sin embargo, hay otros tantos clásicos, ¿por qué no acercarse a esos libros escritos hace más de 50, 100 o más años, y que aún están por todas partes? O aprovechando el ruido fílmico, quizá leer a Emily Brönte. En cualquier caso, se trata de darse la oportunidad para descubrir por qué siguen esos libros entre nosotros. Y los clásicos los hay en todas las áreas del conocimiento humano, aunque aquí sólo hayamos hablado de literatura.  

Otro motivo de alegría, frente al alto costo de los libros nuevos, es que esos clásicos están en todas las bibliotecas públicas o en los puestos de libros usados. Queda otra pregunta nada fácil: ¿A quién leer de los autores y autoras actuales? Es tema de otro artículo. En cualquier caso, volvamos a lo importante: el acto de leer buenos libros puede ser, en sí mismo, un acto que justifique la existencia entera, porque en estos cabe todo lo que hemos sido, lo que somos y, con probabilidad, lo que nos queda aún por ser.  

*Doctor en letras 

Foto: Redes Sociales
La Jornada Morelos