
H. Alexander Mejía García *
Cada vez que desde Washington se anuncia un nuevo paquete de sanciones, en Cuba no tiembla un gobierno, lo que tiembla es la vida cotidiana. Tiembla la libreta de abastecimiento, el hospital que espera una pieza para reparar un equipo, la termoeléctrica que funciona al límite, la familia que depende de una remesa. El reciente recrudecimiento de medidas impulsado por Donald Trump no es un episodio aislado ni una excentricidad electoral, es la reafirmación de una política de castigo que lleva más de sesenta años intentando doblegar a un pueblo por la vía del hambre y el aislamiento.
Se le llama “embargo” con una asepsia burocrática que pretende ocultar su naturaleza real. Pero lo que existe es un entramado de sanciones financieras, comerciales y tecnológicas de alcance extraterritorial que persigue bancos, navieras y empresas de terceros países si comercian con la isla. No es una disputa bilateral; es un cerco que condiciona el acceso a medicinas, combustibles y créditos. Y cada vez que se endurece, el mensaje es el mismo: la política se impone sobre la vida.
La retórica oficial en Estados Unidos habla de democracia y derechos humanos. Sin embargo, resulta difícil conciliar esos principios con medidas que afectan a once millones de personas sin distinguir entre gobierno y sociedad. Las sanciones amplias no han producido el cambio político que prometen; sí han producido escasez, inflación y una migración forzada por la precariedad. La experiencia histórica muestra que el asedio externo tiende a cerrar filas internas y a reforzar las posturas más rígidas. La presión no abre, clausura.
La solidaridad con Cuba no es un acto de fe ni una adhesión acrítica. Es, ante todo, una posición ética frente a las medidas coercitivas unilaterales. Se puede y se debe debatir sobre los problemas estructurales de la economía cubana, sobre sus reformas pendientes, sobre las tensiones entre Estado y sociedad. Pero ese debate pierde honestidad cuando se omite el peso del bloqueo en la ecuación. No hay análisis serio de la realidad cubana que pueda abstraerse de un cerco que condiciona cada transacción internacional.
En América Latina sabemos lo que significa que desde el norte se decidan los márgenes de nuestra soberanía. Nuestra historia está atravesada por intervenciones abiertas y presiones encubiertas. Por eso, cada nueva vuelta de tuerca contra Cuba resuena más allá del Caribe, interpela a toda la región.

No es la primera vez que la isla es castigada por atreverse a decidir su propio destino. En los días posteriores a la invasión de Playa Girón, en 1961, patrocinada por la CIA, Fidel Castro lo formuló con una claridad que todavía incomoda: “Eso es lo que no pueden perdonarnos, que estemos ahí en sus narices ¡y que hayamos hecho una Revolución Socialista en las propias narices de Estados Unidos! ¡Y que esa Revolución Socialista la defendamos con estos fusiles! ¡Y que esa Revolución socialista la defendamos con el valor con que ayer nuestros artilleros antiaéreos acribillaron a balazos a los aviones agresores!”.
Más allá de la épica y del contexto bélico de aquel momento, la frase desnuda el núcleo del conflicto, lo imperdonable no fue un modelo económico específico, sino la desobediencia. La existencia de un proyecto soberano en el espacio que Washington consideró históricamente su patio trasero. Hoy los fusiles han sido sustituidos por sanciones financieras, listas negras y persecución bancaria, pero la lógica permanece intacta, castigar el ejemplo.
Defender el levantamiento de las sanciones no es “tomar partido” por un gobierno; es tomar partido por el derecho internacional, por la autodeterminación y por la dignidad de los pueblos. La solidaridad puede y debe traducirse en hechos: cooperación médica y científica, intercambios culturales, comercio regional, respaldo diplomático en foros multilaterales. También en la crítica honesta y fraterna cuando sea necesaria. Porque la verdadera amistad entre pueblos no se construye desde la complacencia, sino desde el respeto.
En un mundo donde los mercados pretenden erigirse como árbitros morales y donde la geopolítica se disfraza de cruzada ética, Cuba vuelve a ser laboratorio de la coerción. Resistir esa normalización del castigo es una tarea continental. No se trata de idealizar ni de negar contradicciones; se trata de afirmar que ningún pueblo debe ser rehén de disputas imperiales.
Hoy, más que nunca, la solidaridad con Cuba es una defensa del principio básico de la convivencia internacional: los conflictos políticos se resuelven con diálogo y diplomacia, no con asfixia económica. Y en esa defensa, América Latina no puede permanecer en silencio.
* Historiador


