
Producir comida: la lección que olvidamos
José Antonio Gómez Espinoza
México importa alrededor del 60 por ciento de productos estratégicos como trigo, maíz, arroz y soya, lo que revela una alta vulnerabilidad alimentaria. Un campesino de Morelos me dijo: “Un país que no produce su alimento es un país condenado a vivir de rodillas”. Hoy, la comida se ha convertido en un tema de seguridad nacional.
En las próximas décadas, la población mundial alcanzará los 10 mil millones de habitantes. Sin embargo, el modelo agroindustrial dominante, basado en monocultivos extensivos, fertilizantes y pesticidas químicos, y una dependencia energética, muestra señales claras de agotamiento.
A esto se suma el cambio climático, con sequías prolongadas, lluvias torrenciales, heladas fuera de temporada y cosechas perdidas. Edgar Morin advirtió que la crisis contemporánea es, ante todo, una crisis de la relación entre la humanidad y la naturaleza. Hemos construido una civilización que consume como si los límites no existieran.
Por otro lado, la geopolítica ha utilizado el alimento como estrategia de poder. Por ejemplo, la guerra en Ucrania demostró que bloquear el flujo de granos puede desestabilizar economías enteras y provocar hambre a miles de kilómetros del campo de batalla. El alimento se ha convertido en un instrumento estratégico.

A todo esto, se suma el hecho de que las ciudades invaden y crecen sobre los suelos fértiles que por siglos alimentaron a las poblaciones. La urbanización avanza, pero no produce comida. La humanidad nunca había estado tan desconectada del origen de su alimento.
Frente a esta realidad, la soberanía alimentaria no puede seguir siendo solo un discurso político. Debe convertirse en una política educativa. En la escuela se enseña matemáticas, historia y tecnologías, pero no se enseña cómo producir alimentos. Esta omisión es una fractura cultural.
Durante milenios, producir comida fue el conocimiento más importante de la humanidad. No obstante, en apenas dos generaciones, ese conocimiento casi ha desaparecido del horizonte educativo. Hoy se forman profesionistas que no solo no saben sembrar, sino que desconocen el origen de lo que comen y son incapaces de alimentarse sin acudir al “super”.
Algunos países han comprendido esta urgencia. Por ejemplo, Japón incorporó la educación alimentaria a su sistema escolar mediante la ley Shokuiku, enseñando a los estudiantes el valor cultural, ecológico y nutricional de la comida. En Francia, los jardines pedagógicos forman parte de la educación básica. Estas iniciativas no buscan formar campesinos, sino ciudadanos conscientes de su relación con la vida.
Incorporar la producción de alimentos a la currícula escolar no sería retroceder al pasado. Es avanzar hacia el futuro con inteligencia. Al sembrar se aprende biología, química, ecología, responsabilidad y cooperación. Pero, sobre todo, se aprende que la vida depende de equilibrios frágiles que debemos comprender y respetar.
La educación del siglo XXI no puede limitarse a preparar individuos para el mercado laboral. Debe prepararlos para la realidad. Y la realidad es que la humanidad enfrenta el desafío de garantizar su alimento en un planeta con recursos finitos.
México posee una de las mayores herencias agrícolas del mundo. Aquí se domesticó el maíz, un cultivo que transformó la historia humana. Recuperar la capacidad de producir nuestro propio alimento no es una nostalgia romántica; es una estrategia de supervivencia.
Tal vez la revolución educativa más importante no ocurra frente a una pantalla, sino frente a una superficie de tierra. Porque quien aprende a sembrar, aprende algo más que producir alimento, aprende a sostener la vida. ¿Usted qué piensa?

