
Febrero loco
Juan Carlos Valencia Vargas *
“Febrero loco y marzo otro poco”, dice el refrán. Y en México lo comprobamos cada año: una semana estamos sacando el abrigo por la mañana y a los pocos días ya buscamos la manga corta al mediodía. Este mes es, por naturaleza, una etapa de transición. Todavía nos alcanzan los frentes fríos que bajan desde el norte del continente, pero al mismo tiempo el sol empieza a ganar fuerza y las tardes se sienten cada vez más cálidas.
Los datos lo muestran con claridad. En el altiplano central no es raro que, durante febrero, las temperaturas mínimas bajen a 0 °C o incluso a valores negativos en zonas altas de estados como Puebla, Hidalgo o el Estado de México, mientras que en las mismas fechas las máximas pueden superar los 28 o 30 °C en ciudades del Bajío o del occidente. En el norte del país, algunas madrugadas registran heladas con temperaturas por debajo de -5 °C en zonas serranas, y días después se presentan máximas por arriba de 32 °C. Esa amplitud térmica, de más de 20 grados en cuestión de horas, es parte de lo que hace que febrero tenga fama de impredecible.
Sin embargo, hoy esos contrastes parecen más marcados. El Servicio Meteorológico Nacional ha reportado en años recientes episodios en los que, aun dentro de la temporada invernal, varias regiones del país registran temperaturas máximas por encima del promedio histórico. A nivel global, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha documentado que la temperatura media del planeta ha aumentado alrededor de 1.1 °C respecto a la era preindustrial. Puede parecer poco, pero ese incremento significa más energía en la atmósfera y, por tanto, mayor intensidad en los extremos: fríos más abruptos cuando llegan las masas polares, y calores más tempranos y prolongados cuando el sistema atmosférico se estabiliza.
En términos prácticos, esto se traduce en febreros con récords de calor en algunas ciudades, seguidos de descensos bruscos asociados a nuevos frentes fríos. La sensación de que “el clima está descontrolado” no es solo percepción social; es una manifestación local de un fenómeno global.

Para el agua, estos vaivenes no son anecdóticos. Febrero es un mes estratégico para el almacenamiento en presas y la recarga de acuíferos antes del estiaje. Si las lluvias invernales son escasas o se concentran en eventos muy intensos y breves, la infiltración disminuye. Si el calor se adelanta y las máximas superan los 30 °C en el centro del país, la evaporación aumenta y la demanda urbana se incrementa antes de lo previsto. Todo ocurre más rápido y con menos margen de maniobra.
“Febrero loco” siempre ha sido parte de nuestra cultura climática. La diferencia es que ahora esa variabilidad está amplificada por el cambio climático. No podemos evitar que febrero sea variable, pero sí podemos reconocer que los extremos serán más frecuentes y prepararnos mejor. Adaptar nuestra gestión del agua, fortalecer la información climática y planear con escenarios más exigentes ya no es opcional. Es, simplemente, sentido común frente a un clima que claramente ya no es el mismo de hace treinta años.
* Profesor, consultor y gerente general de AQUATOR.

