
La economía tiene un motor fundamentalmente humano. Así que resulta indispensable que quienes realizan cualquier inversión, de tiempo, trabajo, capital, tengan la confianza suficiente de que eventualmente no solo recuperarán lo invertido, sino también podrán tener mejores condiciones de vida.
Esta norma fundamental refleja la importancia de escenarios que brinden y fortalezcan la confianza, y esa es una tarea fundamentalmente de los gobiernos, que deben garantizar las condiciones de seguridad, acceso a infraestructura y justicia suficientes para generar la esperanza en quienes invierten su trabajo, dinero, o tierras.
El campo en Morelos había sido ejemplo histórico del efecto que tiene la desconfianza sobre la actividad económica. La falta de garantías de seguridad, riego, retorno, oportunidades, comercialización provocó durante muchas décadas la pérdida paulatina de la superficie productiva. Las generaciones jóvenes decidieron emigrar a las ciudades o a los Estados Unidos debido a que los enormes sacrificios que significa el trabajo agrícola no garantizaban una mejor vida, si acaso ofrecían un estado de supervivencia en condiciones poco dignas de marginación. Así el campo no solo fue reduciendo su superficie y capacidad productiva, también fue viendo envejecer su mano de obra.
Este escenario se planteaba aún con las enormes oportunidades potenciales del campo morelense cuyos productos emblema como la caña, el arroz, las hierbas finas, las plantas de ornato, los frutales, son de altísima calidad y pueden encontrar buenos mercados. Las investigaciones científicas sobre el potencial agrícola de Morelos concluían básicamente lo mismo: con inversión y coordinación podría ser altamente rentable.
Pero el conocimiento científico no había sido incorporado sino en proyectos experimentales y eventualmente en capacitaciones aisladas sobre agroindustrias y agroecología. Tampoco había inversión del estado en infraestructura de riego y caminos de saca. Los productores se encontraban aislados entre sí y de gobiernos que los percibían como sus enemigos, adversarios, o quejosos molestos.
Paradójicamente, Morelos tenía el conocimiento, la riqueza de la tierra, el talento y experiencia de los productores, el clima, y los mercados potenciales para impulsar la producción agrícola, lo que hacía falta era un gobierno que entendiera el negocio del campo y se pudiera a trabajar en ello.

Con la llegada de la gobernadora Margarita González Saravia empezó un esquema de coordinación en que participan no solo los productores y el área especializada de gobierno (la Secretaría de Desarrollo Agropecuario), también la de Infraestructura (para atender los caminos de saca y obras locales en canales; la Comisión Estatal del Agua, para ampliar la tecnificación del riego y mejorar su aprovechamiento; la Secretaría de Desarrollo Económico y Trabajo, para impulsar proyectos productivos de agroindustria y promover rutas de distribución de los productos; la de Turismo para fortalecer el atractivo del campo morelense entre los visitantes del estado; el Consejo de Ciencia y Tecnología, que coordina el aprovechamiento del conocimiento científico; la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, que ofrece conocimiento y capacitación para los productores.
Se trata de un equipo enorme que trabaja hace un año y poco a poco logra resultados en términos de rentabilidad de la producción, un objetivo que probablemente tarde algunos años para explotar todo el potencial. Pero por lo pronto ha generado el componente económico más importante para la producción: la esperanza de que, en el corto plazo, el campo vuelva a ser un negocio para todos.

