El Día del Amor y la Amistad suele evocar imágenes de besos apasionados, abrazos prolongados y promesas susurradas al oído. El beso ese gesto aparentemente simple es, en realidad, una compleja sinfonía biológica: intercambio hormonal, activación neuronal, estimulación inmunológica y hasta diálogo microscópico entre bacterias. 

El beso, en suma, es biología y cultura entrelazadas. Es placer, pero también es intercambio. Y ahí que resulte anticlimático -y anti romántico- recordar que mientras celebramos el amor, México enfrenta un repunte significativo de sarampión. De acuerdo con el Sistema Especial para la Vigilancia Epidemiológica de las Enfermedades Febriles Exantemáticas, en su reporte del pasado 12 de febrero, entre 2025 y lo que va de 2026 se han confirmado más de nueve mil casos acumulados, con presencia en las 32 entidades federativas y 28 defunciones en siete entidades, aunque, por fortuna, todavía no en nuestro estado. La enfermedad afecta sobre todo a niñas y niños de 1 a 4 años, y presenta la tasa de incidencia más alta en menores de un año. 

El sarampión no es un mal del pasado. Es un virus extremadamente contagioso que puede permanecer activo en el aire hasta por dos horas. Basta compartir un espacio cerrado con una persona infectada para que la transmisión ocurra. No distingue entre celebraciones ni fechas simbólicas. 

La celebración del Día del Amor y la Amistad, uno de los más populares, de 2026 será sui generis, aunque nos recordará los mismos Días del Amor y la Amistad que celebramos -de lejecitos- durante la pandemia del COVID. 

El romanticismo no está reñido con la ciencia, al contrario, la información fortalece el vínculo. Saber que el beso implica intercambio de microorganismos no lo vuelve menos poético; lo hace más consciente. Saber que una vacuna puede evitar complicaciones graves —neumonía, encefalitis, incluso la muerte— transforma la prevención en un acto de amor tangible. 

Entre tanta violencia e inseguridad, las manifestaciones de cariño pueden ser un bálsamo, y, sin renunciar al afecto, debemos entender que el amor también es prevención. Vacunar a un hijo es un gesto de amor quizá más profundo como besarlo en la frente. Completar el esquema de inmunización es una forma concreta de proteger a quienes amamos, especialmente a los menores de un año que presentan las tasas más altas de incidencia. 

En Morelos, la comunidad universitaria ha vuelto a poner el ejemplo con la extensión de un mes en su campaña de vacunación contra sarampión. Escuchemos su mensaje: el cuidado individual tiene impacto colectivo. La salud pública no es un asunto abstracto; es la suma de decisiones cotidianas. 

Este 14 de febrero —y todos los días— conviene recordar que amar es proteger. Que el beso es vínculo, pero la vacuna es resguardo. Que la ternura y la responsabilidad no compiten: se complementan. 

Porque en tiempos de brotes epidémicos, el gesto más romántico puede no ser una flor ni un poema, sino acudir al módulo de vacunación y asegurarse de que quienes amamos estén protegidos. Celebrar el amor también implica proteger la vida. 

La Jornada Morelos