
Roberto Abe Camil
Nunca será trillado abundar sobre el enorme compromiso que entraña la salvaguarda del patrimonio monumental en Morelos. La tarea es compleja, pues a los daños por omisión, comisión, indiferencia, así como a los intereses de funcionarios que por debajo del agua buscan un lucro personal, se suman los embates de la naturaleza, tal como ocurrió durante los sismos de 2017. Se debe reconocer lo restaurado y rescatado, pero también hay que tener en cuenta que el cuidado del patrimonio cultural es constante y que nunca da tregua.
Es oportuno atender las asignaturas inconclusas en los inmuebles todavía dañados, o en los trámites que el personal del Centro INAH-Morelos ha empantanado, tal como es el caso de las obras de restauración pendientes en la histórica Capilla de Guadalupe en Jojutla, donde por dos largos años y a pesar de haber cumplido en tiempo y forma con todos los requisitos de ley, se han negado a dar curso al trámite de licencia solicitado por un profesional en la materia, por el mero hecho, de no pertenecer a la selecta cofradía de restauradores consentidos por los funcionarios de la dependencia federal en Morelos. El director del Centro INAH-Morelos, Víctor Hugo Valencia Valera, es un perfil con experiencia y comprometido con el patrimonio cultural en la Entidad, su reciente colaboración en el número 46 de Plaza de La Jornada Morelos, da cuenta de ello. De ahí que será oportuna su intervención al respecto, antes de que pueda estallar un conflicto social, en medio de una comunidad, que con justa razón desea ver terminadas las obras en su templo, ocho años después del terremoto.
La tarea de protección del patrimonio monumental es tan ardua, que la sola intervención de las autoridades de la Secretaría de Cultura Federal no es suficiente. Se deben involucrar al Gobierno del Estado, a los municipios, comunidades e iniciativas exitosas como el Programa Nacional de Reconstrucción (PNR), y por supuesto también, a la Sociedad Civil.
Lo anterior viene a colación, en virtud del reciente anuncio de que el emblemático “Castillito” aledaño al puente Porfirio Díaz, ha sido cedido por el Gobierno del Estado al Municipio de Cuernavaca. Esto con la finalidad de que el inmueble recupere su uso como museo. La pequeña casa de ladrillo que fue también conocida durante un largo tiempo como el “Castillo de las Brujas”, fue construida en 1897. Su edificación se dio en el marco de las obras de la llegada del ferrocarril a Cuernavaca, junto con la estación de trenes, la calzada Leandro Valle y el propio puente Porfirio Díaz. Sin duda alguna, las primeras obras de infraestructura moderna en la capital morelense. Existen dos versiones sobre el uso para el cual fue levantado el “Castillito”, la primera de ellas se dice que, como alojamiento del encargado del parque público aledaño al lugar, la segunda para que el presidente Porfirio Díaz, tuviera un lugar digno donde firmar el acta de inauguración de la obra que lleva su nombre.
Juan Dubernad Chaveau, hombre que dedicó una vida, no solo a investigar el pasado milenario de Morelos, sino a rescatar su patrimonio, por muchos años bregó por recuperar el “Castillito”. El inmueble estuvo por décadas en posesión de una familia, que sin acreditarlo se ostentaba como propietaria de la histórica casita. En 1986, el Ingeniero Dubernard era presidente del Consejo Consultivo de la Ciudad y del Capítulo Morelos de la Sociedad Defensora del Tesoro Artístico de México (SODETAM). Ese mismo año, con el apoyo del presidente Municipal de Cuernavaca, el recientemente fallecido Juan Salgado Brito, el Ingeniero Dubernard pudo recuperar el “Castillito”, trás 53 años de estar invadido por particulares. Entonces Salgado Brito y Dubernard, acordaron destinar la construcción para sede del consejo y como museo de fotografías antiguas de Cuernavaca, aportadas por Sergio Estrada Cajigal Barrera y el propio Dubernard. Un par de notas, una de “Excélsior” del domingo 26 de octubre de 1986 y la otra de “Novedades” del martes 28 de octubre del mismo año, dan cuenta del rescate de la casa porfiriana. En las fotografías aparecen muy jóvenes en la escalinata de “Castillito”: Juan Dubernard Chaveau, Juan Salgado Brito, Sergio Estrada Cajigal Barrera, Felipe García Beraza, quien fue uno de los fundadores de SODETAM en 1964 y dos personajes no identificados.

Como es del dominio público, el “Castillito” funcionó como oficina del consejo, así como museo de fotografía, hasta que cayó en el abandono y cerró sus puertas. A lo anterior se añade, que trás el sismo de 2017, el muro medianero que comparte con la propiedad vecina, está en peligro de colapsar, representando un riesgo para los visitantes. Hoy que el inmueble ha sido rescatado de nueva cuenta, es importante tomar en consideración que una “manita de gato” no es suficiente, se requiere una restauración integral en los ladrillos, la ebanistería, el papel tapiz que cubre los muros interiores, la instalación eléctrica, tuberías, el baño para los visitantes, así como los muebles que se hayan salvado.
De cualquier forma, la buena nueva en cuanto a la recuperación del “Castillito” entraña varias lecturas: respetar la vocación cultural de la casa, tener presente la fórmula exitosa que se traduce en la alianza entre sociedad civil y autoridades, tal como lo hicieron Salgado Brito y Dubernard, el compromiso de preservar un monumento rescatado, el imperio del Estado de Derecho al no permitir a particulares apropiarse de un bien público y finalmente refrendar la vocación histórica, artística y cultural de Cuernavaca, una de las ciudades vivas, más antiguas de tierra firme americana.
*Escritor y cronista morelense.


