
Este 14F, que fluya lo que tenga que fluir… ¿o no?
“Que fluya lo que tenga que fluyar y se vaya lo que se tenga que vayar”. Seguro a usted le suena la frase. Circuló como meme, como consigna ligera, en conversaciones sexoafectivas donde nadie quiere decir demasiado, pero tampoco irse del todo. Un enunciado breve, aparentemente inofensivo, que este catorce de febrero vale la pena mirar con un poco más de cerca.
Hablar de amor en estas fechas suele sentirse obligatorio. Y casi siempre viene acompañado de sus leyendas fundacionales. El origen del Día de San Valentín se sitúa en la Roma del siglo tercero, cuando el emperador Claudio II prohibió los matrimonios entre jóvenes para asegurar soldados sin “distracciones emocionales”. Un sacerdote llamado Valentín decidió desobedecer: casó parejas en secreto, acompañó a personas presas y terminó ejecutado por ello. Digamos que el amor, desde su mito inaugural, no fluía tanto. Implicaba decisiones, riesgos y consecuencias.
Pero volvamos al presente y a nuestro famoso “que fluya”. En el terreno de las relaciones sexoafectivas, la frase suele aparecer justo cuando alguien —casi siempre nosotras— hace la pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué somos?, ¿qué estamos haciendo?, ¿qué lugar ocupa cada quien aquí? Según mi experiencia, y la de muchas amigas, la escena se repite: preguntamos por límites, acuerdos, por el sí y el no de esta cosa que llamamos relación. Y la respuesta por excelencia llega sin titubeos: “no nos apresuremos”, “mejor dejemos que fluya”.
El problema no es fluir, el problema es fingir que los vínculos ocurren en el vacío.
Ninguna relación nace desprovista de historia, expectativas o aprendizajes previos. Fluir no es ausencia de estructura; es una estructura que se vuelve invisible cuando no se nombra. Y lo que no se nombra, casi siempre, lo termina sosteniendo alguien más.

En muchos vínculos —frecuentemente heterosexuales, aunque no exclusivamente— el “que fluya” opera como una forma sutil de desimplicación emocional: menos palabra, menos decisión. Como una modalidad aprendida de vincularse, cómoda para quien puede retirarse sin dar demasiadas explicaciones.
Del otro lado aparece lo que la socióloga Arlie Hochschild llamó trabajo emocional: esa labor silenciosa de registrar climas, anticipar tensiones, amortiguar silencios, traducir gestos y sostener la continuidad del lazo. Un trabajo que rara vez se reconoce como tal. Se naturaliza como rasgo personal: “es muy sensible”, “le da demasiadas vueltas”, “es intensa”. Y así, lo que mantiene vivo el vínculo deja de verse como un esfuerzo compartido y se convierte en una carga individual, sostenida en ese eco tan conocido y tan conveniente: yo siempre dije que fluyéramos, nunca dije que fuera formal.
No es casual. Estas dinámicas dialogan con formas contemporáneas del amor atravesadas por el narcisismo, la evitación y ciertas patologías afectivas donde todo parece libre, pero nada es realmente recíproco.
Como señala Sara Ahmed, el malestar aparece cuando alguien interrumpe la comodidad de lo establecido. Nombrar necesidades incomoda porque desarma equilibrios que solo funcionaban para algunos.
Tal vez este catorce de febrero no se trate de dejar que todo fluya. Tal vez se trate de preguntarnos quién está pagando el costo de esa supuesta fluidez. La conversación continúa fuera de estas líneas. Este jueves 12 de febrero, 19:00 horas en Chavela MX, nos encontramos en el concierto San Violentín, con Jessica Hamed para cantar, reír y nombrar esas formas de amar que ya no queremos romantizar. Y para quienes prefieren lecturas, café y charla larga, el 14 de febrero nos vemos en Café La Fauna para conversar sobre Bestiario del amor depredador, libro escrito por esta servidora junto con Alma Karla Sandoval, una invitación a mirar de frente las lógicas afectivas que confunden fluir con desaparecer.


