
Confusión
Hélène Blocquaux*
El coche gris, igual a muchos más coches grises, cualquiera que sea la marca, se detuvo en el rojo del semáforo. Al volante, Andrés, un hombre vestido de negro, muy seguro de sí mismo, revisó su aplicación guía habitual. Algo inusual había sucedido: había tomado la calle equivocada donde la altura de los inmuebles era parecida, entradas calculadas para que los humanos de corpulencia similar pudieran acceder a sus viviendas semejantes en decoración. Por sí sola, dicha equivocación pudo haber sido solventada. De hecho, es posible que ciertas historias que suceden día con día se parezcan a este escenario tan poco conmovedor como atractivo con su prosa de siempre. Una mujer conoce a un hombre, o viceversa, según el punto de vista de quien se encuentra a cargo del relato. Habría sin embargo que procurar agregar un espacio secreto reservado al azar, algo fuera de moda en nuestra sociedad meticulosa, ansiosa de tener el control de cada aspecto para que todo salga bien o, mejor dicho, sea presentable ante los ojos no nuestros, sino de los demás. Andrés pisó el acelerador y frenó al mismo tiempo. La puerta del pasajero estaba abierta. Una mujer vestida de rojo se subió a bordo arrojando una maleta por detrás en el asiento vacío. Volteó a ver a Andrés y le pidió arrancar. El conductor acató. Esta vez, no vaciló ni un segundo para acelerar. Pasaron por varias calles antes de que Andrés tomara la palabra porque ningún vocablo le venía a la mente. La mujer de ojos grandes tampoco hablaba, pero sí sonreía al extender las piernas. Se quitó los zapatos de tacón, sacó su celular, marcó un número no registrado y dejó la llamada en altavoz. Una voz indefinida dio una serie de instrucciones de índole profesional a una tal Martha. Andrés suspiró. Estaba por fin entendiendo que la mujer que se había subido a su coche podía ser Martha su exsecretaria, Martha su prima política o Martha la mesera. Intentó recordar detalles físicos de las tres mujeres para definir cuál tenía a bordo de su coche. La mujer colgó. Le pidió a Andrés parar para comprar un café con galletas de mantequilla. El hombre giró, esperó el regreso de una de las Marthas quien volvió con dos vasos humeantes acompañados por dos paquetitos de las galletas. Tomó el que le estaban destinando, preguntándose cómo sabía la mujer de su peculiar gusto por aquella marca. Las historias de dos personas se habían cruzado en el semáforo, el punto de encuentro de todos los continuará posibles. La manera en que Martha tomaba su café a sorbos despertó el primer recuerdo en Andrés, quien recorrió su memoria sacudiendo lo más posible cada atisbo de información adicional capaz de aportar una explicación. No tuvo que esperar más tiempo porque Martha se encargó de señalar que todas las historias convergen hasta la misma de ciudad de Roma sin importar el trayecto. Asimismo, Andrés pensó que era tiempo de escribir nuevas historias, buscar las brechas dentro del sistema hecho de historias tejidas con hilos narrativos tentadores que no son más que ilusiones que se desbaratan con la misma facilidad que las telarañas. Envuelto en su propia letanía de confusiones, Andrés se cansó y le pidió a Martha, cualquiera que hubiera sido de las tres, bajarse del vehículo para poder vivir él un final no dictado por lo esperado en esta historia. Cuando la mujer se alejó, el hombre la reconoció, pero siguió su aplicación guía, regresando al mismo semáforo.
Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.
*Escritora, guionista y académica de la UAEM

