
Bancarrota hídrica: sin retorno
Juan Carlos Valencia Vargas*
En días recientes, la Organización de las Naciones Unidas, a través de su instituto especializado en agua, el Instituto de Naciones Unidas para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud, lanzó una advertencia que debería marcar un antes y un después en la forma en que entendemos la problemática hídrica global: el planeta ha entrado en una etapa de bancarrota hídrica.
No se trata de un nuevo sinónimo de escasez o de una forma más alarmista de describir la crisis del agua; es, en realidad, un cambio conceptual profundo que reconoce que muchos sistemas hídricos ya operan en una condición de insolvencia estructural. En términos simples, estamos gastando agua más rápido de lo que la naturaleza puede reponerla, degradando al mismo tiempo los ecosistemas que permiten su renovación.
La analogía financiera es clara. Una bancarrota ocurre cuando los egresos superan de manera sostenida a los ingresos y se consumen las reservas sin posibilidad real de recuperación. Trasladado al ámbito del agua, significa que la extracción, el consumo y la contaminación han rebasado los límites de recarga natural de ríos, lagos, acuíferos y humedales. Ya no hablamos de crisis cíclicas que podrían resolverse con lluvias extraordinarias o con nuevas obras de infraestructura, sino de un desequilibrio acumulado que compromete la resiliencia misma del ciclo hidrológico.
El informe de la ONU señala que amplias regiones del mundo han cruzado puntos de no retorno. Grandes acuíferos se abaten de forma continua, los caudales ecológicos de muchos ríos han sido sacrificados para sostener usos productivos de corto plazo y la calidad del agua se ha deteriorado al punto de limitar su aprovechamiento futuro. Más de cuatro mil millones de personas experimentan escasez severa de agua al menos durante una parte del año, y cientos de millones dependen de fuentes subterráneas que se extraen muy por encima de su recarga. La bancarrota hídrica, advierte la ONU, no es solo un problema ambiental: es un riesgo directo para la seguridad alimentaria, la salud pública, la estabilidad social y el desarrollo económico.

México encaja de manera preocupante en este diagnóstico. De los más de 650 acuíferos del país, alrededor de un tercio se encuentran oficialmente sobreexplotados, pero muchos más presentan tendencias claras de abatimiento y deterioro de la calidad del agua. En regiones clave para la producción agrícola y el abastecimiento urbano, como el Valle de México, el Bajío, el Altiplano Zacatecano o los valles agrícolas del norte, la extracción subterránea supera desde hace décadas la recarga natural. A ello se suma una fuerte presión sobre las aguas superficiales, con ríos altamente regulados, presas que operan por debajo de sus volúmenes históricos y ecosistemas acuáticos severamente fragmentados.
La bancarrota hídrica también se expresa en la calidad del agua. Más de la mitad de los cuerpos de agua superficiales del país presentan algún grado de contaminación, y una parte significativa de las aguas residuales aún se descarga sin tratamiento adecuado o con tratamientos insuficientes. Esto reduce de manera efectiva la disponibilidad real del recurso y encarece su aprovechamiento futuro. En términos prácticos, México no solo enfrenta escasez física, sino una pérdida progresiva de su capital hídrico.
La advertencia de la ONU es clara: seguir operando como hasta ahora no es una opción. Vivimos por encima de nuestras posibilidades hidrológicas, y cada año que postergamos decisiones estructurales el costo de la recuperación se incrementa. La pregunta ya no es si enfrentamos una crisis del agua, sino si estamos dispuestos a asumir, con responsabilidad y visión de largo plazo, la tarea de salir de la bancarrota hídrica y reconstruir un futuro donde el agua vuelva a ser base de bienestar, equidad y desarrollo.
Para México, este diagnóstico llega en un momento clave. La reciente expedición de la nueva Ley General de Aguas y las reformas a la Ley de Aguas Nacionales abren una ventana de oportunidad para corregir inercias históricas. Sin embargo, el reto no es menor. Revertir la bancarrota hídrica exige fortalecer la autoridad del agua, ordenar las concesiones, depurar padrones, controlar extracciones y descargas, invertir de manera decidida en saneamiento y reúso, y restaurar cuencas y acuíferos como infraestructura estratégica del país.
*Profesor, Consultor y Gerente General de AQUATOR

Foto: Cortesía / UN News

