
Alma Karla Sandoval
Primera parte
Cuernavaca, Morelos, 17 de julio de 2025.
Muy querida:
Me preguntas si hay esperanza con una canción que hace temblar los cielos y las calles. Cualquier cosa que sea eso, la esperanza, la vi y la escuché ayer durante dos horas. No fue en el café Tortini de Buenos Aires donde sospeché que escribiría Cartas a una feminista por allá del 2016, sino en el Italian Coffee del centro de Cuernavaca. Había un mini dron sobre la mesa donde esperé a que llegaran tres de las Buscadoras de Morelos. J.J., su líder, apareció casi una hora después con su halo de estrategia y luz característico. Antes, charlé con A.G. de 44 años y B. de 48.
La primera contó que su hijo ya no vivía con ella. “Andaba con una muchacha, decidió hacer su vida así. Pero yo lo metía y sacaba del anexo. Me quedaba en ceros para ayudarlo. Fue muy difícil, en verdad. Trabajaba hasta la madrugada como mesera en banquetes. Él se fue desde muy jovencito. A veces no sabía nada de dónde estaba, pero viendo encendida la bolita verde de su Facebook sabía que estaba conectado, que ahí, en línea, seguía. Hasta que se apagó. Hasta que ya no supe. Hasta me fui a buscarlo”, relata con los ojos redondos, negros, que se enrojecen. Todo su cuerpo robusto, macizo, está apretado por una blusa blanca de manga larga con la imagen del rostro del hijo a quien sigue buscando, sobresale en esa fotografía la ceja cortada de un mirar eterno. El nombre del chico grita con letras rojas, su teléfono en negritas por si alguien sabe algo. A.G. lleva el cabello negro rozándole los hombros, detenido a la mitad con una mariposa de plástico transparente que brilla bajo la luz de un candelabro del lugar y que pareciera cobrar vida para consolarnos en medio de esa historia cargada de angustia.

Mientras habla, recuerdo que justo ese edificio era el hotel Bellavista en tiempos de la Revolución Mexicana, ahí donde una inglesa, la valiente Rose E. King, abrió el primer salón de té donde llegaban todos los coroneles, hasta coronelas como Ángela Carrasco, y se alojaron Francisco I. Madero y Victoriano Huerta. La jodida historia que nos alcanza, nos versiona de diferentes maneras una y otra vez, me digo, y espanto esos pensamientos para concentrarme en A.G.: su hijo desapareció el 11 julio del 2023 en Temixco. Ya nadie le supo decir nada. A los dos o tres meses buscó ayuda. Fue su hija quien la conectó con el colectivo vía redes sociales. Al principio pensaron que J.J. era un hombre. “Yo entré, así cohibida, con mucho temor, la verdad, pero poco a poco me fui integrando hasta que me dediqué al cien por ciento. Hasta perdí una pareja porque no entendió esto, me decía que ya no le pongo atención porque nada más me la paso llorando, porque salimos, andamos de un lado a otro”, enfatiza A.G. con ganas de contar su historia, sin cansancio o desgaste. Orgullosa, enumera todos los lugares a los que la ha llevado la búsqueda: “Ya me fui hasta Tijuana, allá sí está feo también porque también hay bastantes chavos que ya no están bien por su adicción, por eso se quedan en las calles. Muchos de aquí se van para allá buscando trabajo, luego sus padres ya tienen ficha búsqueda. Son muchos, en verdad. Y luego dicen que no hay desparecidos…”
La labor de las buscadoras se estigmatiza no sólo por el dolor que conlleva mirarlas, sino porque al escucharlas ya no puedes seguir indiferente, su llanto mueve a la acción o, al menos, a la indignación. Muchos de esos jóvenes pertenecen a estratos económicos bajos, lo cual crea el prejuicio de que, “si se los llevaron, en algo malo andaban”. La mejor manera de lavarse las manos, ¿no crees? Lo cierto es que eso no falla, la construcción de la indolencia. Vaya que lo sabes bien, cuando trataron de raptarte en el metro de la Ciudad de México me contaste que lo peor de todo fue que la gente de alrededor ni se inmutaba, les parecía “normal” que un hombre violentara a una chica, que la tomara de la cintura con fuerza bruta para tratar de llevársela contra su voluntad. Nadie hace nada, nadie interviene, “de segura pensaron que todo era mi culpa, que yo había hecho algo, que estaba loca”, me escribiste por ahí del 2019.
Volvamos con A.G., su caso resulta ilustrativo porque ella no niega la farmacodependencia de Josué Isaac, “mi hijo sí consumía y siempre dediqué a él, a encerrarlo para que no siguiera, para que no le fuera a pasar nada, para que no se fuera a meter con gente que no, porque una cosa lleva a otra, pero no quiso entender”.
Ese relato es interrumpido por B., quien tomó asiento apurada. No quería entrar sola en la cafetería. Le hicimos señas desde adentro. Ya serena, pidió un capuchino con pana, es decir, crema batida con salsa de chocolate. Cabello lacio, teñido de dorado, frente descubierta. Su historia se parece a la primera en que, cuando desapareció, su hijo de 31 años ya no vivía con ella en el barrio de La Lagunilla: “Hacía trabajos varios, de mecánica, lavaba carros, etc. Seguido se peleaba. Un día fue por un pan y un refresco a la tienda a los abarrotes de la esquina. Fue lo último. Un año antes tuvo un atentado, no sé si fue directamente a él, si fue un accidente. La verdad, desconozco. A él le dieron una bala en su fémur izquierdo y lo tuvieron que operar, yo también estaba recién operada, casi no trabajaba yo, que siempre he sido madre y padre para ellos. En fin, como se pudo, en el hospital no me cobraron la operación, pero sí los injertos de hueso. Por suerte, mi familia me apoyó, me cooperaron. Y todo pasó, mientras mi hijo también se recuperaba, estuvo en casa. Luego se volvió a ir hasta que el 9 de septiembre de 2024, desapareció.” Inmediatamente su otro hijo y ella salieron a buscarlo. Su mujer no quiso ir ni siquiera a levantar la denuncia; no los apoyó.
De eso se quejó B. mientras contaba que tiene 48 años y es diabética, “ya tengo unos añitos”, confesó dando un sorbo al capuchino copeteado de pana que remoja el relato de ese vía crucis: “Me puse bien mal por esa enfermedad al principio de la búsqueda, estaba vomite y vomite. Ni sabía del colectivo, pues nunca me había imaginado cosas así, que fueran a pasar. Ni que existieran estos grupos. Ya cuando pasó todo esto me puse a investigar y pues me uní a las buscadoras. Al principio tuve miedo de integrarme. No sabía si estaba haciendo bien o mal. Yo lo único que quería era encontrarlo, localizarlo. Ahora doy lo más que puedo de mí, hasta donde las fuerzas me lo permiten, mi salud más que nada”, añadió bajando los ojos, cuando los levantó para acomodarlos en un punto fijo, soltó frases que anoté: “Lo que a mí me tortura es si está vivo, cómo lo tienen. Si está muerto, qué le hicieron, cómo le quitaron la vida. He visto, pues bueno, por mala o buena suerte, videos donde se ve cómo acaban con ellos y es algo muy, pero muy fuerte y eso se nos viene a la mente”. Las preguntas son: ¿por qué se los llevaron?, ¿a dónde?, si les querían quitar la vida y así lo hicieron, ¿por qué no nos los dejaron?
Esas dos madres encuentran consuelo en el campo, en los cerros que nunca volveré a ver igual de camino a casa, rumbo a Acapulco o a encontrarme con familiares en este existir cada vez más apurado para pagar deudas, un modo de vida monetariamente romantizado desde una exigencia de consumo y visión burguesa, siempre carente de sentido y, lo que es peor, indolente e indiferente frente a estas historias. El campo, como le llaman o, mejor dicho, los intentos de recuperación del territorio. Les pregunto cómo es salir a esos parajes y esto responde A.G.:
“Ah, pues es bonito y triste a la vez porque en mi caso, si llegamos a encontrar a alguien, eso causa algo que nos satisface un poco, pero al mismo tiempo nos da mucho dolor ver hasta dónde pudieron llegar, ya que ir a campo es ir a cerros, montaña, monte, meternos hasta lo más profundo, cuevas, barrancas, y pues no importa, no nos importa el clima, la calor. A veces se nubla, nos ha caído la lluvia. Pero espérese, nos han echado con balazos al aire en la Unidad Morelos. En otros sitios nos rodean las motos con gente muy rara, nos vigilan”.
Para fortalecer la seguridad, explicaron que su coordinadora antes va a hacer “prospección”, o sea, J.J. revisa si hay condiciones en un predio o terreno para ir a rascar. Ya después van todas juntas. Informan que son más de cien familias nada más en su colectivo quienes se organizan para esas excursiones. Es A.G. quien mejor describió cómo proceden encajando la varilla en esa tierra, “primero picamos”, al sacarla, el olor es inconfundible, “a podrido, peor que perro muerto”. El entrenamiento improvisado que reciben sin serlo, pero siéndolo, perdona este juego de palabras, incluye darles a oler profundamente ese pedazo de metal cuando encuentran osamentas o restos humanos en descomposición, “¿Quiénes son las que no han venido?”, preguntan para darles su bautizo olfativo. Afirmaron que ese aroma no lo olvidas nunca, se queda impregnado, “te eriza la piel”, acotó B. Una vez que encuentran lo que por desgracia andan buscando, hasta ahí llegan. Debe aparecer la fiscalía. Ya el ruido de los drones grandes de la Comisión de Búsqueda, de las autoridades, sigue su curso después de acompañarlas. No pueden ni deben hacer más, ya han conseguido, por poco tiempo, sentir que no están cruzadas de brazos, que están haciendo algo en nombre de sus desaparecidos. En lo que va del 2025, las Buscadoras del Sur de Morelos llevan más de medio centenar de positivos…
** Este texto se encuentra en el libro Nuevas cartas a una joven feminista de la autora publicado en noviembre de 2025.


