

En México, cuando se habla de niñas, niños y adolescentes en migración, suele activarse el mismo reflejo: compasión inmediata. El gesto puede ser bienintencionado, pero arrastra un efecto doble. Por un lado, abre puertas de ayuda humanitaria. Por otro, cierra el debate político: si la infancia queda reducida a vulnerabilidad, su movilidad se vuelve un asunto técnico de asistencia, administración y control. Aquí algunas notas.
Así se instala una lógica conocida. Protocolos que deciden por ellos, burocracias que clasifican trayectorias, ventanillas que filtran derechos y tiempos de espera que funcionan como castigo. La protección termina siendo, muchas veces, la justificación perfecta para vigilar, contener o inmovilizar.
No se trata de negar los riesgos reales. Nadie puede hacerlo. Lo que vale la pena discutir es el lente con el que se mira. Cuando la infancia migrante aparece como pasividad, silencio o incompletud, se pierde algo esencial: la densidad de sus decisiones y la inteligencia práctica que despliegan para sostenerse en movimiento.
Basta escuchar con cuidado para que aparezca otro paisaje. Muchas trayectorias no son impulsivas ni caóticas. Hay decisiones informadas sobre cuándo salir, con quién viajar, dónde detenerse, cómo conseguir información, cómo reducir riesgos. Hay proyectos de vida, a veces frágiles, a veces interrumpidos, pero proyectos al fin. Y hay una producción intensa de mundo: rutas, acuerdos, redes de apoyo, aprendizajes, formas de cuidar y de cuidarse.
Por eso es clave mover la mirada. Niñas, niños y adolescentes en movilidad no son sólo víctimas por rescatar ni amenazas a contener. Son sujetos sociales y políticos en movimiento, situados en relaciones de desigualdad, sí, pero capaces de actuar, evaluar, negociar, sostener vínculos y tomar decisiones estratégicas en lo cotidiano.
Ese cambio también obliga a revisar cómo se construyen las imágenes públicas sobre la infancia migrante. No es un detalle menor. Las representaciones organizan emociones, definen prioridades y justifican políticas. Si la infancia aparece sólo como fragilidad, la respuesta típica es el tutelaje. Si aparece como riesgo, la respuesta se vuelve securitaria. En ambos casos, se borra su capacidad de agencia y se desplaza su voz hacia expedientes, diagnósticos y discursos institucionales.

Por eso importa abrir espacios donde las infancias se muestren desde sus propios lenguajes: dibujos, mapas, relatos, materiales audiovisuales y narrativas producidas en contextos de movilidad. Esos materiales no son adornos. Son conocimiento. Sus mapas son memoria y orientación. Sus dibujos son mirada social. Sus relatos son lectura crítica del entorno. Ahí se ve cómo se vive el tránsito, cómo se evalúa el peligro, cómo se construye confianza, cómo se organiza la espera.
Y aquí aparece el punto ético de fondo. Investigar y escribir sobre infancias en movilidad no debería convertirse en un ejercicio de extracción de historias dolorosas para consumo público o académico. Escuchar exige cuidado. Cuidado para no exponer, para no revictimizar, para no convertir la protección en control. También exige reciprocidad: devolver algo a quienes compartieron su experiencia y reconocerlos como interlocutores competentes, no como objetos de intervención.
Todo esto importa hoy por una razón concreta: la migración infantil en México se vive en un terreno donde tutela y control se mezclan todo el tiempo. México es país de origen, tránsito, destino y retorno. Las rutas se alargan y se vuelven más peligrosas cuando se endurecen políticas de contención. Las esperas se administran como rutina. Y aunque existan marcos legales que buscan evitar la detención de niñas y niños, persisten prácticas de encierro de facto, estancias prolongadas en espacios cerrados o inadecuados y separaciones familiares que no se explican con el lenguaje administrativo.
En ese contexto, insistir en la agencia infantil no es un capricho teórico. Es una forma de disputar el sentido de la política pública. Si sólo se ve vulnerabilidad, la respuesta será encierro por su bien, separación para proteger, institucionalización para cuidar. Si se reconoce a sujetos en movimiento, la pregunta cambia: qué condiciones materiales, jurídicas y comunitarias hacen posible que sus derechos sean efectivos, sin convertir la protección en vigilancia.
Mirar así también incomoda al mundo adulto. Porque obliga a reconocer que niñas, niños y adolescentes no son únicamente futuro. Son presente. Presentes en la construcción de rutas, en la economía cotidiana del tránsito, en el sostenimiento de vínculos, en la producción de información. Presentes también en formas pequeñas de deliberación: con quién confiar, dónde dormir, cuándo pedir ayuda, cuándo esperar, cuándo avanzar.
La apuesta no es romantizar el tránsito. Es dejar de convertir el riesgo en identidad. Cambiar la mirada de la carencia hacia la producción social de la infancia. Cambiar del tutelaje hacia la deliberación. Eso no resuelve todo, pero abre un horizonte: categorías menos adultocéntricas, políticas menos punitivas, respuestas más ajustadas a realidades locales.
En tiempos en que la migración se administra como crisis permanente, la tarea es simple y difícil: resistirse a las imágenes prefabricadas. Pensar y escribir con las infancias, no únicamente sobre ellas. Y aceptar algo elemental: si se quiere hablar de derechos, hay que empezar por reconocer a niñas, niños y adolescentes migrantes como sujetos que se mueven, deciden, cuidan, crean, narran y disputan su lugar en el mundo.
*Momoxca, internacionalista, escritor y migrantólogo.

Imagen: Cortesía del autor

