Agua y clima: la adaptación como política pública

 

En los últimos años, fenómenos como frentes fríos más intensos, lluvias concentradas en periodos cada vez más cortos y sequías prolongadas han dejado de ser episodios aislados para convertirse en una constante. La ciencia es clara: estas alteraciones no van a revertirse en el corto plazo. Aun si hoy se lograran reducciones drásticas de emisiones a nivel global, los efectos del cambio climático seguirán manifestándose durante décadas. Frente a esta realidad, el reto ya no es esperar a que el clima “vuelva a la normalidad”, sino aprender a convivir con un clima distinto.

Este reconocimiento obliga a replantear la manera en que poblamos el territorio y gestionamos el agua. Los frentes fríos, por ejemplo, seguirán llegando con mayor intensidad a regiones que antes no estaban expuestas a heladas severas. Las lluvias seguirán cayendo de forma más violenta y menos predecible. Negarlo o minimizarlo solo retrasa decisiones que son urgentes. En cambio, asumirlo abre la puerta a políticas públicas más realistas y eficaces, centradas en la prevención y la resiliencia.

A escala global, los datos confirman esta urgencia. Si bien en los últimos años algunos países han logrado desacelerar el crecimiento de sus emisiones de gases de efecto invernadero, la reducción total está muy lejos de lo necesario. Para cumplir con el objetivo central del Acuerdo de París, que busca limitar el aumento de la temperatura media global a 1.5 °C —o al menos mantenerlo por debajo de 2 °C—, las emisiones deberían reducirse de forma sostenida y acelerada durante esta década. Sin embargo, los compromisos actuales y las reducciones observadas no alcanzan ni de cerca esos límites. El resultado es un desfase estructural entre lo que se ha prometido y lo que realmente se está logrando, lo que explica por qué los impactos climáticos continúan intensificándose aun en un contexto de transición energética incipiente.

Ante este escenario, la adaptación debe convertirse en el eje de la acción pública. En materia hídrica, esto implica diseñar y rehabilitar infraestructura pensando en escenarios extremos, fortalecer la protección de fuentes de abastecimiento, diversificar las opciones de suministro y mejorar la capacidad de respuesta de los organismos operadores. También significa integrar de manera sistemática la información climática y meteorológica en la toma de decisiones, desde la operación cotidiana hasta la planeación de largo plazo.

Un componente clave es la preparación social. La población necesita información clara y oportuna para anticipar riesgos, modificar hábitos y reducir vulnerabilidades. La prevención no solo se construye con obras, sino con conocimiento, coordinación institucional y confianza entre autoridades y ciudadanía. Cuando estos elementos existen, los impactos de un frente frío intenso o de una lluvia extraordinaria pueden reducirse significativamente.

México tiene la oportunidad de dejar atrás la narrativa de la emergencia permanente y transitar hacia una cultura de adaptación. Esto requiere actualizar instrumentos como los atlas de riesgo, fortalecer la coordinación entre protección civil, autoridades del agua y gobiernos locales, y asumir que el clima del pasado ya no es una referencia válida para el futuro. Entender que las alteraciones climáticas llegaron para quedarse no es una mala noticia: es una llamada a planear mejor, anticipar riesgos y construir territorios más resilientes, capaces de proteger a las personas y garantizar el derecho humano al agua en un contexto climático cada vez más exigente.

*Profesor, consultor y gerente general de AQUATOR

Juan Carlos Valencia Vargas