

A casi cien años del asesinato del General Álvaro Obregón, ocurrido el 17 de julio de 1928 en el restaurant “La Bombilla” en San Ángel, en la Ciudad de México, mientras la orquesta típica de Esparza Oteo ejecutaba “El Limoncito”, la figura del invicto Divisionario sonorense continúa generando polémica y sentimientos encontrados.
Obregón fue un hombre de luces y sombras, dueño de una inteligencia avezada, así como de talento político y militar, tuvo una visión clara del ejército y del Estado Mexicano que debían surgir tras la lucha armada, destacó por una simpatía y carisma particulares, pero también por un talante férreo e implacable. Lo anterior quedó de manifiesto con la muerte trágica de buena parte de sus adversarios políticos y militares.
Obregón perteneció a esa estirpe de rancheros acomodados del norte del país, herederos de los criollos y distantes del México indígena y mestizo del sur. Que hicieron de los desérticos parajes, en este caso Sonora, un paraíso agrícola. Sin embargo, esto no lo eximió de penurias económicas, Obregón muy dado a los chistes y anécdotas, no perdía oportunidad para compartir que cuando era niño y había queso gruyere en su casa, a él solo le tocaban los agujeros. La agreste vida en los campos sonorenses obligó al joven y bien plantado Álvaro a consolidarse como un talentoso comerciante y agricultor, tareas que lo mantuvieron ocupado, tanto así, que no participó en la lucha maderista. Incluso años más tarde, llegó a declarar que el único pecado de Don Porfirio, fue haber envejecido. El alzamiento Orozquista, fue el punto de partida de una invicta carrera militar, organizó a indios yaquis junto con sus peones para batir con éxito a los rebeldes, el mismo Victoriano Huerta reparó en su personalidad, llegando a asegurar que Obregón era un jefe que prometía.
A partir de ese momento, Obregón fue imparable, sin haber asistido nunca a una academia militar o tener antecedentes castrenses en su familia, se consolidó como la primera espada de la revolución, acogió a Carranza cuando llegó a Sonora, tras proclamar el Plan de Guadalupe para liderar la exitosa Revolución Constitucionalista. Se convirtió en comandante del poderoso Cuerpo de Ejército del Noroeste, pero también se dio tiempo para la política, ganándose el favor del Primer Jefe, asumiendo el liderazgo de los revolucionarios sonorenses, y previsor de que la estrella de Felipe Ángeles lo opacara, lo “grilló” hasta lograr apartarlo de Carranza y literalmente lanzarlo a la División del Norte con Villa.
El Cuerpo de Ejército del Noroeste, combatió en ocho mil kilómetros de campaña, tal como Obregón tituló sus memorias, avanzó imbatible hasta el centro de México, derrotando a las fuerzas federales a su paso. Obregón, representa uno de los raros referentes de grandes capitanes en la historia que jamás perdieron una sola batalla, ni siquiera una escaramuza. Con sus tropas victoriosas alcanzó Teoloyucan, en las goteras de la Ciudad de México, donde obtuvo la rendición del Ejército Federal y el triunfo del Constitucionalismo.
Después de la victoria sobre Huerta, sobrevino el rompimiento de los revolucionarios y la división entre constitucionalistas y convencionistas, Villa parecía imbatible, pero Obregón lo derrotó en las decisivas batallas en el Bajío en 1915. Coronó así su estrella militar, pero a un costo personal muy alto, la pérdida del brazo derecho. De ahí fue secretario de Guerra y Marina con el presidente Carranza, a partir de entonces la historia es conocida, renunció al cargo para ser candidato natural a la presidencia, Don Venustiano no lo apoyó, se rebeló, ocurrió entonces el asesinato de Carranza y su ascenso al poder entre 1920 y 1928.

La relación de Obregón con Cuernavaca es escasa, casi nula, se remite solo a dos momentos, sin embargo, coincidentemente definitorios en su vida y destino, pues los capítulos asociados a la Eterna Primavera fueron la antesala de los episodios de mayor poder en su carrera militar y política. El primero de ellos, el menos recordado, se dio en mayo de 1920, cuando tras huir de la Ciudad de México a Guerrero, fue salvado por Fortunato Maycotte, al darse ya la salida del presidente Carranza hacia Veracruz, Obregón triunfante regresó a la capital, a su paso se detuvo en Cuernavaca, es famosa la fotografía donde se ve al Caudillo arengar desde los balcones del Hotel Bellavista, al pueblo que lo vitorea. Esta jornada fue el preámbulo de la llegada a la presidencia en 1920. Es importante recordar que previamente tras la muerte del Caudillo del Sur, los zapatistas negociaron y se hicieron obregonistas.
El segundo momento, menos heroico y más cruento, se dio en octubre de 1927, cuando Francisco Serrano, antiguo colaborador y cuñado de su hermano mayor, era el adversario junto con Arnulfo R. Gómez, en la campaña presidencial donde Obregón buscaba la reelección para un segundo periodo. Serrano y su primer círculo, llegaron a Cuernavaca, todo indicaba que se preparaban para la rebelión al no existir garantías de una elección imparcial. Entonces fueron apresados en la capital morelense, con la orden de ser conducidos ante el presidente Calles, contrario a lo anterior, los prisioneros fueron ejecutados en Huitzilac por Claudio Fox, quien recibió la orden directamente de Obregón. El asesinato de Serrano constituye una de las páginas negras que los detractores imputan al sonorense y el episodio ha llegado a trascender hasta las letras y el cine. Sin embargo, en ese momento la cruenta acción, allanó a Obregón, el camino sin obstáculo alguno para alcanzar por segunda ocasión la silla presidencial. Lo cual al final no se materializo, pues lo que no lograron los adversarios políticos y militares, lo consumó José de León Toral, el joven fanático católico, que asesinó al presidente electo durante el sonado banquete en La Bombilla.
*Escritor y cronista morelense.

Obregón con Serrano durante la Rebelión Delahuertista. Foto: Archivo Casasola.

