Gonzalo Lira Galván

Hay actores que persiguen la juventud como si fuera un papel más. Y hay otros —pocos— que entienden que el tiempo, bien llevado, es el mejor guionista. George Clooney pertenece, sin discusión, al segundo grupo.

Clooney no corre: camina. No grita: mira. No insiste: espera. Y en esa espera hay una forma de poder que el cine contemporáneo ha ido olvidando.

En Jay Kelly, su más reciente película como actor, bajo la dirección de Noah Baumbach, Clooney no necesita reinventarse ni demostrar nada. Su sola presencia basta para poner orden en el plano. Es el tipo de actor que entiende que el silencio y las miradas también actúan, que un gesto mínimo puede decir más que un monólogo completo.

“El personaje se parece mucho a mí. Principalmente en la estatura y el peinado”, bromea Clooney en entrevista. “Pero la realidad es que hay otras cosas en las que no tenemos similitudes. Yo no vivo una vida alejada del resto de la humanidad o de la gente. Tengo una buena relación con mi padre y soy muy cariñoso con mi esposa. Además, mis hijos todavía me ponen atención”, continúa.

En Jay Kelly, el actor interpreta a un actor sumamente exitoso, cuya vida parece haber empezado a desviarse del camino que originalmente lo llevó a involucrarse con la profesión y las personas que habitan su día a día.

Con el pretexto de la entrega de un premio por su trayectoria, y la necesidad de mejorar la relación fracturada con su hija, Jay Kelly emprende un viaje de re conexión consigo mismo. Aunque, como suele suceder con las grandes estrellas del cine mundial, el personaje de Clooney debe hacer el viaje acompañado por su séquito de colaboradores, encabezado por su manager, interpretado por Adam Sandler.

“La película terminó siendo un ejercicio de auto reflexión similar al que hace Jay Kelly”, explica Clooney. “A lo largo de mi vida tuve experiencias similares a las de la película. Yo también fui a clases de actuación en las que había tipos mejores que yo que nunca lograron tener una carrera como la mía. Me los encuentro de vez en cuando y recuerdo lo afortunado que soy”.

Jay Kelly no es una película sobre el héroe clásico; es, más bien, una historia donde se prioriza la experiencia por encima de la fuerza y donde el pasado no se niega, se administra.

Bajo la dirección de Noah Baumbach, el Jay Kelly de Clooney es un personaje lleno de contradicciones. Reconocido por una infinidad de personajes y personalidades ficticias, el protagonista sufre de una enorme dificultad para reconocer su propia identidad. Pero Clooney, siempre aplaudido por su carisma, aquí hace uso de una herramienta aún más poderosa: su empatía.

“Soy el hijo de un periodista, un hombre dedicado a las noticias”, explica el actor y director. “Escribí la película ‘Goodnight and good luck’ sobre el periodista Eduardo R. Murrow y después la llevé al teatro. Tengo una fundación que se dedica a sacar de prisión a periodistas encarcelados. Tengo mucho respeto y admiración por la gente que escribe historias. Siempre me han resultado interesantes. Por eso siempre intento darles respuestas que sean interesantes, no aburrir a la prensa. Quizá porque crecí en una ambiente familia muy saludable que me hace estar consciente de lo afortunado que soy”, explica.

Y es que Clooney siempre ha sido eso: administración del carisma. Desde que dejó atrás el brillo televisivo para entrar al cine entendió que la verdadera sofisticación no está en el exceso, sino en la medida justa. En Jay Kelly esa idea se vuelve central. El personaje —marcado por decisiones antiguas y lealtades ambiguas— no busca una redención espectacular. Busca coherencia. Y eso, en tiempos de personajes histéricos y narrativas aceleradas, es casi un acto de rebeldía.

Hay algo profundamente clásico en Clooney, pero no en el sentido nostálgico. Es clásico como lo es un buen traje: porque sigue funcionando hoy. Mientras muchos actores se esfuerzan por ser “relevantes”, Clooney se permite ser constante. Y la constancia, paradójicamente, es lo que lo mantiene vigente.

“Llevaba muchos años sin tener un personaje realmente bueno”, confiesa sonriente. “Por eso me emociona mucho poder estar aquí hablando de esta película. Me emociona tener 64 años y seguir teniendo este tipo de emociones en mi vida. A diferencia de Jay Kelly, a mí la fama no me llegó a una edad temprana. Yo sí pude aprender a conectar con la gente. Él no tuvo ese privilegio”.

No en vano Jay Kelly se siente como una conversación nocturna: sin prisas, con pausas incómodas y verdades que no se dicen del todo. Clooney encaja ahí cómo encaja alguien que ya no necesita explicar quién es. Su cine reciente no busca likes ni titulares; busca sustancia. Y la sustancia, aunque no siempre sea popular, deja huella.

Al final, ver a George Clooney actuar es recordar que el estilo no se compra ni se aprende rápido. Se construye con decisiones, con renuncias y con el valor de no estar en todas partes. Clooney no está en todas partes. Está justo donde tiene que estar. Y eso, hoy, es un lujo.

“Esta película habla menos sobre la vida de una estrella que sobre el balance entre el trabajo y la familia. En eso, sin importar quiénes somos, todos tenemos fallas”, comenta Clooney. “Todos hacemos sacrificios para llegar al lugar en el que estamos y todas esas decisiones nos alcanzan como fantasmas más tarde en nuestras vidas. Por eso siempre he procurado que esas decisiones prioricen mantener a mi familia y amigos cerca. Porque no importa qué errores o dificultades enfrentemos en la vida, son la familia y nuestros amigos quienes finalmente estarán ahí para apoyarnos”, concluye.

Foto: Netfilix

Foto: Netflix

Imagen:; Netflix

La Jornada Morelos