

El problema no es lo que decimos, es que lo decimos
“Ya no se puede decir nada”. “Todo es acoso ahora”. “Las mujeres exageran.”
Estas frases las he escuchado más veces de las que quisiera. Desde foros donde se supone que estamos para pensar críticamente, hasta en comentarios de redes sociales cada vez que se visibiliza una situación de violencia. Y no siempre vienen con odio: muchas veces llegan envueltas en un tono de burla, incredulidad o condescendencia.
Vienen frecuentemente de hombres que con toda tranquilidad afirman que el acoso no existe, que somos exageradas.
Pero ¿y si te invitamos a que lo vivas tú? Aunque sea unos minutos. Y luego nos cuentas.
Eso fue lo que hizo un estudio publicado en Scientific Reports en 2025: invitar a un grupo de hombres a encarnar un cuerpo de mujer y caminar por un espacio público donde serían objeto de comentarios, miradas y gestos. Todo esto lo hicieron en una simulación de realidad virtual. Pero el efecto fue tan real como lo que muchas vivimos todos los días que algunos salieron o muy enojados o con náuseas.
Los participantes (36 hombres jóvenes) se pusieron unas gafas y, de pronto, lo que veían no era su cuerpo, sino el de una mujer. Sus manos eran distintas. Sus caderas se movían diferente. Lo interesante es que la simulación no se basó en un caso extremo. Solo palabras, gestos, miradas. Eso que tantas veces nos dicen que “no es para tanto”. Los comentarios no solicitados sobre tu cuerpo, las frases disfrazadas de “piropos”, las miradas que te desnudan no son un malentendido. Es una forma de acoso. Y no una menor.

Este tipo de violencia ha sido estudiado como una microagresión directamente vinculada con la cosificación sexual. No es “solo un comentario”. Es parte de un sistema que opera sobre nuestros cuerpos y que se sostiene en lo cotidiano.
Los resultados del estudio fueron claritos. Aumentaron significativamente las emociones negativas: ira, asco, frustración. También se activó el sistema de defensa del cuerpo como respuesta de amenaza, deseo de evitar, atención elevada al entorno. Al vivirlo (aunque fuera por minutitos) los hombres comenzaron a reconocer lo que antes minimizaban.
Este estudio no es el primero que intenta explorar la empatía desde la neurociencia. Pero sí es uno de los más potentes al hablar de acoso. Porque le puso cuerpo a lo que tantas veces se nos niega cuando lo contamos. Durante años, cuando las mujeres hablamos de acoso verbal, la respuesta no ha sido escucha, ha sido duda. Se cuestiona nuestra percepción, se minimiza lo que nombramos, se nos hace sentir culpables por incomodar al otro al señalarlo.
Este estudio no nos da la razón. Tampoco la necesitamos. Lo que nos da es una herramienta más para mirar el abismo entre quienes cargan con el acoso y quienes ni siquiera han tenido que pensar en él.
Recuerdo que en un taller, una chica me preguntó cómo podía ser que una simple mirada contara como acoso. La respuesta no está en la teoría, está en el cuerpo. No es algo que pienses, es algo que se instala en la piel. La incomodidad llega antes que cualquier análisis. Lo sabes antes de poder explicarlo. La experiencia lo cambia todo: lo que antes parecía inofensivo, ahora duele.
No estamos diciendo que todo el mundo deba pasar por una simulación para entendernos.
Estamos diciendo que, si no lo viviste, tal vez no te toca decir si exageramos o no.
Y no, no estamos siendo demasiado sensibles.Estamos siendo claras. No exageramos.

